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Sección: Cine y Series (Lecturas: 67189)
Fecha de publicación: Abril de 2003

Porcel y Olmedo: los años felices

Repaso en la trayectoria del dúo cómico más importante de las últimas décadas del cine argentino.
por Pablo Martín Cerone

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En los últimos años, dos videos (más explícitamente "Los piratas", de Los Auténticos Decadentes; más desde el aspecto visual, "Loco un poco", de Turf) rindieron un homenaje a las películas que protagonizaran Alberto Olmedo y Jorge Porcel. En los roles de dos perdedores consuetudinarios que se negaban a reconocer que el arquetipo de porteño piola y ganador con las mujeres les quedaba grande, alternaron películas rematadamente malas con otras divertidas y hasta alguna francamente desopilante. Aquí va una temeraria reivindicación de este dúo, junto con algunos apuntes de sociología de cafetín.

HUBO UN TIEMPO QUE FUE HERMOSO

Un dúo cómico para recordar: Alberto Olmedo y Jorge PorcelPara el imaginario de buena parte de la clase media argentina, los '70 son años felices en los que había dinero en los bolsillos (cuando uno viene en caída libre, siempre estuvo más arriba en el pasado...). Cierto es que este curioso concepto de lo que es el Edén requiere, como condición necesaria, haber vivido dentro de un frasco en una de las épocas más sangrientas de nuestra historia, pero ese autismo es una característica congénita de lo que San Arturo Jauretche llamaba "el medio pelo".

El retorno del peronismo al poder en 1973 representó, entre otros cambios, una marcada redistribución de la riqueza, con aumentos de los salarios reales y pleno empleo. Cualquier obrero calificado (que entonces pertenecía a la clase media tanto como los comerciantes, profesionales y empleados de oficina) podía mandar a sus hijos a la universidad, tener casa y auto y veranear en Mar del Plata, en los hoteles de las entonces poderosas organizaciones sindicales. Y un obrero no calificado podía vivir dignamente y pensar que sus hijos seguramente tendrían una infancia mejor que la suya propia. Esto no significaba que no hubiera problemas: los había, y graves, pero todavía el peso de la crisis no recaía sobre las espaldas de las clases populares.

Esto no duró, porque entre el Rodrigazo de 1975 (un violento ajuste ideado por el Ministro de Economía de Isabel Perón, Celestino Rodrigo) y el golpe de estado de 1976 se borraron de un plumazo gran parte de las conquistas de las clases trabajadoras. Pero entre 1978 y 1981 la dictadura implementó una política de dólar artificialmente bajo, mantenida gracias al endeudamiento externo (cualquier semejanza con la convertibilidad revela que los argentinos podemos tropezar varias veces con la misma piedra). Fueron años de bonanza para el medio pelo: años en los que se podía ir a Miami o Brasil y consumir como desaforados, mientras la industria argentina se caía a pedazos, víctima de las importaciones baratas. Sólo bastaba con cruzar el espejo del que habla Charly García en "Canción de Alicia", de 1980, para ver una realidad de desaparecidos, presos políticos, torturas, censura y corrupciones mayúsculas, pero todavía pocos se animaban a hacerlo.

QUE SE PUEDE HACER SALVO VER PELÍCULAS

Alberto Olmedo como RucucuNo sorprende a nadie, entonces, que si la gente tiene plata decida gastarla, y el cine es un buen lugar para hacerlo. Fue una gran época para el cine comercial argentino (Sandro, los Superagentes, Palito Ortega, el Leonardo Favio de NAZARENO CRUZ Y EL LOBO) y aún el cine más abiertamente político alcanzó impresionantes éxitos de taquilla (LA PATAGONIA REBELDE y la menos explícita JUAN MOREIRA, del propio Favio). Pero, salvo durante la breve primavera de 1972-73, fueron años de censura férrea. Cuando uno ve finales forzados o giros incoherentes en películas o series televisivas de la época debería tener en cuenta, por ejemplo, que no podía presentarse un adulterio con final feliz: el adúltero debía volver manso al redil conyugal, o sufrir el justo castigo (usualmente, una muerte accidental, que se interpretaba como un juicio moral acerca de su infidelidad).

Así las cosas, en 1973 los hermanos Gerardo y Hugo Sofovich, que ya llevaban diez años de éxito en la TV con "Operación Ja Ja" y "Polémica en el bar", decidieron dar el salto a la pantalla grande con dos de las estrellas que habían surgido de sus programas: Jorge Porcel y Alberto Olmedo.

En las películas que coprotagonizaron no se notan tanto las grandes diferencias que había entre los dos (aparte de la obvia asimetría física gordo - flaco). La razón principal es que la comicidad de Olmedo era básicamente televisiva. Habiendo trabajado varios años como técnico antes de aparecer frente a una cámara, el rosarino conocía todos los trucos, los ángulos de las tomas, las posturas. Su humor dependía de su capacidad de improvisación, de su conocimiento de qué cámara lo estaba tomando, de qué se veía y qué no se veía: jugaba con los límites de la TV, y muchas veces se burlaba del medio mismo, mostrando los bastidores, las costuras rotosas, los efectos visuales lamentables, la incompetencia de algunos de sus partenaires. En el cine, en cambio, se lo veía encorsetado, y lucía menos que Porcel, que pese a tener menos talento tenía un gran oficio y sabía hacer uso (y abuso) cómico de su obesa figura.

La línea argumental de sus películas es bastante tenue: en realidad es una excusa para enhebrar un gag tras otro, con mayor o menor fortuna según el filme. Hay una ley de antagonismo básico: hombres voraces versus mujeres físicamente exuberantes y bastante tontas. Los hombres están delineados en trazo grueso sobre el modelo de Isidoro Cañones: piolas que busca vivir bien sin trabajar, a menudo sacando tajada de la buena fe o la inocencia de los demás (visto hoy, resulta muy sugestivo ver cómo, en esa época, la cumbre de la viveza era tener whisky y cigarrillos entrados de contrabando). Las mujeres, por su parte, están a la caza de un millonario que les solucione de un golpe de tarjeta de crédito todas sus preocupaciones. El humor surge de la ineptitud de los personajes de Porcel y Olmedo para actuar como vivos de verdad: son dos perdedores que se niegan a reconocerse como tales. De modo que casi nunca hay consumación del sexo: un poco por la censura y otro poco porque el efecto cómico del fracaso es mayor.

Y el trasfondo de las películas es (salvo en "Las mujeres son cosa de guapos", que es un filme de época) una Buenos Aires nocturna donde los teatros de revistas, los restaurantes, los bares, los cafés, las discotecas están siempre a full. Donde los desvelos de uno no pasan por andar contando las monedas para el colectivo sino por conquistar a la vedette de cara de ángel y cuerpo infernal a la salida del teatro. En el fondo, lo que hacen estas películas es abrirnos una ventana nostálgica a una época que cada vez parece más lejana.

LA HISTORIA ESTA

La primera película del dúo, LOS CABALLEROS DE LA CAMA REDONDA, se estrenó el 22 de marzo de 1973. El libro era de los hermanos Sofovich, la dirección de Gerardo, y fue un éxito enorme - tanto que aún estaba en cartel cuando se estrenó la segunda, LOS DOCTORES LAS PREFIEREN DESNUDAS, el 13 de setiembre de ese año.

Entre 1974 y 1978, Olmedo y Porcel dejaron de trabajar con los Sofovich. Las películas se hicieron rutinarias, obvias, y ni siquiera se salvaban a base de oficio (salvo la muy buena MI NOVIA, ÉL..., de 1975, guión de Oscar Viale, con Olmedo solo, y con Susana Giménez haciendo de una mujer que debe disfrazarse de hombre para trabajar en un espectáculo nocturno).

En 1979 ambos vuelven con Hugo Sofovich y empieza la mejor época del dúo. Hugo (recientemente fallecido) era el libretista de Alberto Olmedo en la TV, y la persona que mejor supo sacarle el jugo a su talento. El regreso fue con EXPERTOS EN PINCHAZOS, y con ellos estaba una entonces infartante Moria Casán.

En 1980 actúa por primera vez el cuarteto Porcel - Olmedo - Susana Giménez - Moria. La obra es A LOS CIRUJANOS SE LES VA LA MANO y contiene la inmortal línea de diálogo "soy el doctor, que vengan las guachas".

La diferencia entre Porcel y Olmedo se ve en las películas que filmaron por separado en esa misma época (aunque siempre aparecía el otro haciendo un pequeño papel). Porcel hizo la obvia ASí NO HAY CAMA QUE AGUANTE y TE ROMPO EL RÁTING, una sátira de la TV con momentos brillantes (el mejor libro de Hugo Sofovich). Olmedo hizo dos películas a dúo con Tato Bores, DEPARTAMENTO COMPARTIDO y AMANTE PARA DOS, apuntando a un estilo de comedia más depurado, como las que hacía Ugo Tognazzi en Italia. El resultado no fue memorable, y uno se quedó con las ganas de ver a Olmedo exigiéndose un poco más. Talento le sobraba.

El 18 de junio de 1981 se estrenó LAS MUJERES SON COSA DE GUAPOS: la obra cumbre, el must. Porcel y Olmedo son dos peones que son reclutados por el caudillo Ignacio Malatesta (Javier Portales) para servirle de guapos. Estamos en 1930, era de fraude electoral, ollas populares y prostíbulos que son propiedad del comisario y el intendente. Susana Giménez es la novia de un político opositor que es asesinado por el matón del caudillo, y Moria Casán es la hija de un viñatero que sufre la usura de don Ignacio. Moria y Susana se meten en el cabaret del caudillo para tratar de resolver sus casos desde adentro, y deciden usar a los dos guapos para lograr sus fines. Los gags son a menudo brillantes y la película se pasa de un tirón. Hay una enorme cantidad de diálogos hilarantes; aquí va una lista no exhaustiva:

OLMEDO (después de que cuatro personas los trataran de cobardes): ¿Hasta cuándo vamos a dejar que nos traten así?

PORCEL: Yo hasta la sexta vez aguanto; más, no.

COMISARIO (después de que los guapos balearan en la oscuridad a una persona que estaba a punto de confesar que le habían dado cuatro documentos para que votara otras tantas veces): ¡Está muerto!

OLMEDO: ¡Qué barbaridad! ¡Seguramente un infarto!

COMISARIO: ¿Y el agujero?

PORCEL: ¡Y, un infarto con orificio de salida!

COMISARIO: ¿Y el ruido?

PORCEL: ¡Reventó la aorta!

FISCAL DEL OTRO PARTIDO: ¡Comisario, hay que hacer algo!

OLMEDO: ¡Eso! Hagamos un minuto de silencio.

DON IGNACIO (pidiéndole que le dé el pésame a la madre del político muerto): Decile algo.

PORCEL: Estee... ¿Hay algo pa' comer, señora?

(En una escena anterior, una de las mujeres que trabajan para otro de los guapos de Don Ignacio, El Chileno, le entregó a su fiolo ciento veintidós pesos. El Chileno le pregunta "¿Quién te dio dos pesos?" y la mujer responde "Uno que no tenía plata y me engañó". Luego Porcel y Olmedo se consiguen una prostituta que trabaja para ellos - Divina Gloria en su primer trabajo con Olmedo - y ella les trae lo que recaudó).

OLMEDO: acá está la plata. A ver... Ochenta con 50. Para la primera noche no está mal.

PORCEL: ¿Y quién le dio 50?

OLMEDO: Todos.

PORCEL (esperando turno en un prostíbulo): ¿Y vos, cuánto hace que no…?

OLMEDO: ¿Hoy qué es?

PORCEL: Martes.

OLMEDO: Mm... Catorce años.

PORCEL: ¿Catorce años? ¡Yo no sé cómo pudiste aguantar tanto!

OLMEDO: ¿Y vos?

PORCEL: Nueve años. (Pone cara de ensueño). Fue un sábado...

A esto podemos sumar que cambian las urnas de una votación y el partido de ellos gana 5715 a 0... O que, cuando en una vuelta de tuerca ambos terminan integrando una fórmula para la gobernación, Porcel hace un discurso en el que propone "cerrar las escuelas y dignificar las cárceles". Cuando le piden que explique semejante desatino, responde: "porque a la escuela no vamos a volver, pero a la cárcel vamos de cabeza..."

En 1982 Porcel se peleó con Hugo Sofovich y, a partir de ese momento, las películas del dúo contaron con el guión de Juan Carlos Mesa y la dirección de Enrique Carreras, probablemente el autor de la mayor cantidad de bodrios de la historia del cine mundial. Los argumentos se vuelven repetidos, sin sorpresa, y sólo algunos chispazos de tanto en tanto recuerdan antiguas glorias. La Argentina tampoco era la misma, 40 mil millones de dólares de deuda externa y una guerra perdida después. Tras unos primeros años de ilusión democrática, la primavera de Alfonsín se disuelve en un caos de obediencias debidas, sublevaciones militares, hiperinflación y patillas riojanas. Olmedo no vivió para ver la viveza criolla elevada a método de gobierno: había muerto el 6 de marzo de 1988 en Mar del Plata. Porcel también se murió pero todavía no le avisaron: se fue a vivir entre los gusanos de Miami y se convirtió al evangelismo.



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