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Sección: Especiales (Lecturas: 5507)
Fecha de publicación: Julio de 2013

Quispe

Con ustedes, el gran Ramón Quispe, una figura popular en peñas y festivales que tiene una historia espeluznante aguardando la generosidad de un vaso de vino... o una jarra entera.
por Patricio Flores y Darío Lavia

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“Que bellos paisajes... – hizo el ademán de inspirar profundamente como si aspirase aire puro y no el ambiente generoso en humo de cigarrillos y otras yerbas que flotaba en esa peña-. Ustedes ni se imaginan la belleza que encierran esos cerros tucumanos, que tan pintorescamente retratara nuestro vate mayor... es como mirar a Dios mismo a los ojos; sus verde aceituna, sus marrones almendrados, su aroma fresco a... a... cabras, sí... cabritos pequeños que juegan alrededor de su madre laboriosa... en fín... Con ustedes y para ustedes, y recién llegado del Tucumán, canta:

¡Ramón Quispe!

¡Fuerte esos aplausos!”

Para mí que lo estaba mirando, no había nada extraño. Ir a una peña folklórica y encontrarse con un “Ramón Quispe”, un auténtico personaje del interior del país, era lo mismo que ver a un Indio Corvalán o a un Chango Sestero, a un Zamba Brizuela o una Mercedes Faustina, la ‘Voz del Interior’.

Este Ramón Quispe tenía expresión de espanto. Su única ceja (que le recorría la cara de sien a sien) estaba curvada como un meandro. Su boca, en algún momento una rajadura lisa, casi sin labios, era ahora un pozo sin fondo (ni péndulo). Un pozo profundamente negro, tan negro y abismal como sus ojos, crispados entre arrugas y patas de gallo. Tal vez esa era su cara de combate, ante públicos apáticos o fríos...en fin.

Lo cierto es que, terminada la cálida recepción, Ramón tanteó la banqueta donde debía apoyar el pié, y se sentó. El público se quedó en silencio, expectante. Puso su cara entre sus manos, y se largó a llorar.

Lloró a gritos.

Primero, pensé que eso sería la interpretación de alguna baguala que me era desconocida; luego, que estaba haciendo un “pequeño numero”, pero, luego de varios minutos, me di cuenta que estaba llorando nomás. La gente comenzó a murmurar y luego a hablar un poco más fuerte. De una mesa pidieron un choripán y el animador puso un disco de fondo.

Nunca pude permanecer indiferente ante el sufrimiento. Le pedí a la moza otra botella de semillón, y le dije al artista:

- Venga Ramón, venga, siéntese conmigo, y tómese algo livianito, que le va a hacer bien.

Le ofrecí mi plato con empanadas, y lo miró con ganas. Eran de carne cortada a cuchillo. Un placer. Me miró en gesto de gratitud y se comió unas cuantas rápidamente. Luego agarró el micrófono y, sin levantarse de mi mesa, comenzó lo que podríamos denominar

--

“Las Desventuras de Don Ramón Quispe”. (Lo grande que es Buenos Aires, pensaba; las incontables peñas que hay aquí y allá, millones y millones de oídos interesados; el Ejército de Salvación,  y justo Quispe tenía que contarme su historia nada menos que a mí...me lo merezco; si yo estoy para un “0 800 BOLUDO...Hola? En que puedo servirle?”. Bueno, vamos nomás Quispe, Quispe...nuestro vate mayor... ¿cómo carajo será el aroma a cabras frescas?

- Usted no sabe joven lo que yo he sufrido para llegar hasta acá. En realidad, no sé tocar la guitarra ni cantar... se ve que el patrón de este lugar me vio cara conocida y me invitó a actuar... le dije “deme unos pesos de adelanto Patrón”, y me dijo “a donde te creés que vas a cantar, en el Festival de San Remo? Acá no cobra nadie Quispe; pero puedo ofrecerte comida y un lugar para dormir...” tan bueno el Patrón!!!... él pone la comida y yo el canto...ya me dijeron que en Buenos Aires la gente no era tan desgraciada...

«Pero al fin y al cabo, le cuento el porqué de mi presencia aquí. Yo era un chango que vivía en un ranchito, en la estancia más rica de Tafí del Valle. Claro, pero los que conozcan Tucumán, no se comiencen a preguntar, donde, donde, porque estaba en un ‘lau’ medio escondido de Tafí. No es en la parte turística, claro, no, mis patrones no querían saber nada con el turismo. El ranchito que vivía yo estaba enclavado en la punta norte de la estancia, me encargaba de cuidar las ovejas  y, cuando los patrones no estaban, les cuidaba también toda la propiedad. Ellos eran gente rica de la capital, y se quedaban en la estancia seis meses al año. Durante esos meses venían más changos y elaboraban el queso tafinisto (el nuestro lo hacíamos con leche de cabra).

«El resto del año estaba yo solo... solo, con las ovejas. Imagínense viviendo seis meses al año en la mejor casa que pudieran soñar, con horno a microondas, baño con ‘yacuzi’, televisión satelital... sí señor, trabajar en esa estancia era un lujo para mí. Pero claro, como todos los lujos, a veces causan sus dolores. ¿No lo aburro, no? “Por favor Quispe...usted me ofende”, dije en tono indignado.

«Estaba casi siempre solo. Muy de vez en cuando venía alguna parejita o algún viajero solitario. Siempre los recibía y les daba algo para llenar la panza. Tenía permiso de la patrona para ofrecerles queso y bueno, que decir que muchos que venían se querían quedar a dormir, pero claro, eso no se podía. Igualmente eso era raro, podían pasar semanas enteras sin un solo visitante. A veces venían con un camión a buscar los quesos, y era que se los llevaban a la capital o a Buenos Aires.

«El patrón Héctor y el patrón Lépido eran hermanos, y la patrona Clelia era la esposa del patrón Héctor. El patrón Lépido era el menor y a mí siempre me trataba bien, en cambio al patrón Héctor lo veía poco y era más duro de carácter. Uno de esos tipos que se diría que cortan la ligustrina de la casa con la mirada. Ja! La patrona Clelia era un monumento a la mujer, una de esas mujeres que uno se las queda mirando y pensando miles de cosas, pero que al final concluye que habrá sido una “lusión órtica”, así era la patrona. De más está decir que conmigo siempre se portó muy bien, y eso era lo más raro. Uno dice “esta mujer no me da ni la hora,” pero la patrona no solo te daba la hora sino que te preguntaba por el tiempo, te invitaba a tomar mate...

«”Ramón,” me decía con esa sonrisa tan amable, “si en nuestra ausencia recibe gente, no deje de convidarle los quesos. Seamos buenos anfitriones de nuestros huéspedes, y ellos serán buenos anfitriones nuestros”, decía. Pobrecita, parece que la ‘stoy viendo nomás, ahí va ella caminando. Pero que mala suerte que tuvo pobrecita, que mala suerte, señores.

«Y usted dirá, “¿qué caranchos le pasó a Ña Clelia para que ’l Quispe se quede tan nostálgico?” ¿No? En fin... Una temporada el patrón Lépido comenzó a traerse mujeres a la estancia. Lo hacía durante los fines de semana. En la semana me llamaba y me decía “Quispe, este viernes me tiene ahí, prepare todo.” Y yo “sí patron Lépido, quédese tranquilo.” Esa era la señal entre nosotros, para que lo le preparara el yacuzi, y la habitación de huéspedes. Bueno, el patrón Lépido era un... como es que le dicen, un ‘plaiboi’. Ese fin de semana si venía algún visitante yo no tenía permiso de hacerlos pasar, usted se imagina. Y bueno... estando en la flor de su juventud, el patrón Lépido se podía dar esos gustos, y más teniendo la estancia para él solo...

«Pero fue hace cosa de tres años que el ‘caráter’ le cambió al patrón Lépido. Con esto no quiero decir que hubiera madurado o sentado cabeza... no, las jodas del fin de semana se las seguía mandando, pero su expresión ya no era la misma. Su trato ya no era el mismo. Antes, cuando entraba con el coche, él y la acompañante (usualmente una señorita joven), me saludaban y me dejaban un paquete con tamales, torta frita o humita y un buen patero, de Amaicha del Valle. Desde la ventanilla, cuando enfilaba pa’ la estancia, el patrón me hacía un signo con el pulgar levantado y me guiñaba el ojo, como que estaba todo bien.

«Pero en los últimos tiempos, el patrón ya no era el mismo. Antes, venía el viernes y se iba el domingo tarde, luego de todo un fin de semana de locura. Luego en vez de irse el domingo a la noche, se iban el domingo a la mañana y las caras no eran de felicidad precisamente. Más tarde, comenzaron a irse los sábados a la tarde, y el último año ya se iban el sábado temprano a la mañana. Cuando pasaba esto, el patrón Lépido llevaba a la chica de turno en coche y no volvía hasta la semana siguiente (con otra chica distinta). El signo del pulgar levantado ya no me lo hacía más y si me guiñaba el ojo era por un tic nervioso que había comenzado a tener. No señor, el patrón Lépido ya no era el mismo. Usted podrá decir que los años, que la fatiga, que la rutina, pero la verdad era esa, el patrón ya no era el mismo. Andaba como decirle...desganado.

«Y fue una noche que, de buenas a primeras, me trajo no uno sino seis tubitos de vino, y un locro que... estaba una pinturita. Esa noche el patrón estaba raro. Con decir que se quedó en el ranchito conmigo. “Mire Ramón, hace una temporada que vengo mal con las mujeres,” dijo, yo había pensado que había discusiones, pero... ¿qué discusiones puede haber si cada semana era una distinta? Luego pensé que tenía problemas con los padres de las chicas, pero claro, que me iba a esperar yo que fuera lo que fue.

«“Y la verdad es que... hace rato que la espada ya no clava,” me dijo el patrón Lépido, y luego aclaró: “Sí, la bomba no bombea. No se exactamente lo que me pasa, tal vez la rutina...” Ahí entendí todo, pero todo, eh, sí señor. Y ni una palabra más.

«Con el patrón nos miramos y fue como que nos entendimos en el acto. Después de varios vinos, el patrón me dijo: “Ramón, ¿usted, cómo hace?” Que me preguntara a mí, la verdad, me hizo sentir bien en cierto modo, aunque no dejara de incomodarme el hecho de tener que revelar como yo, a mis cincuenta y tantos, seguía activo y pujante.Y sume usted los vinos que teníamos encima, que ya me habían hecho perder todo tapujo, así que sin más le expliqué mi historia secreta... con las llamas... pero ahora no viene a cuento.

«Como veo que hay gurises entre el público no voy a ahondar en el tema, solo que el patrón, que también había perdido toda vergüenza, se quedó mirándome con los ojos abiertos como faroles, y diciendo cosas raras... Sí, nunca había visto al patrón con esa expresión, pero la verdad, que tampoco nunca nos habíamos bajado un locro con media docena de vinos entre los dos.

«Esa noche, luego de la cena, me agarró una pesadez tal, que ni bien me senté en la cama, me quedé tieso hasta el día siguiente. Al otro día el patrón ya no estaba, ni en mi ranchito ni en la estancia. Las ovejas no estaban todas dentro del corral... dejando ese detalle de lado, esa semana me llamó por teléfono y me dijo: “Quispe, este viernes me tiene por ahí.” Era el viejo patroncito Lépido, ya había rejuvenecido diez años, se le escuchaba como un gurí nomás. “Sí patrón, quédese tranquilo.”

«Durante los siguientes días le pegué un lampazo a la estancia y preparé todo de lujo. La noche del viernes vino el patrón en su auto; llevaba una mujer. Esta vez no me dieron ni paquetito ni vino. El patrón mismo me trató muy fríamente, si bien me saludó, no hubo gesto de ‘todo bien’ ni guiño (a no ser el mentado tic de los nervios). Y otra cosa muy pero muy rara fue que la mujer que iba con él no solo que no me saludó, sino que se cubrió la cara con anteojos ahumados muy grandes y una boina oscura. Esa noche, por las dudas, cerré bien el corral de las ovejas, a ver si se escapaba alguna y me echaban la culpa a mí.

«A la mitad de la noche, me despertó una bocina. Era un automóvil que me pareció conocido. Quería entrar en la estancia y me desesperé un poco, así que agarré la pistola y me la puse en la cintura. Me asomé por la ventana y traté de ver al conductor, pero como tenía prendidas las luces altas, no podía distinguir nada. Cuál fue mi sorpresa cuando vi que era el patrón Héctor. Tenía una cara terrible y venía solo. “Hola patrón Héctor, ¿cómo dice que le va?” le pregunté para romper el hielo, y un silencio seco como salina fue la respuesta. Luego de un momento de azoramiento, sacó la cabeza por la ventanilla y gritó: “Quispe, abrime, ¿querés?”, “sí, patrón, ¿cómo no?” Le abrí la tranquera y le pregunté: “¿todo bien patrón?” y volvió al silencio. Me metí al ranchito y, siempre con la pistola al cinto, me calcé, no fuera cosa que me llamaran para salir urgente. En años nunca se había dado que el patrón Héctor viniera en los meses que no solía quedarse en la estancia, y menos a la madrugada.

«Ya estaba desvela’o, así que me hice unos mates y me dispuse a esperar si al amanecer había novedades. Habría pasado tres cuartos de hora que sonó mi teléfono. “¡Quispe!” Era la voz del patrón Héctor. Quien sabe que había pasado en esa casa. “Sí patrón Héctor, ‘usté’ dirá.” Se lo notaba distinto, ya no era la voz autoritaria y severa de hacía una hora atrás. “Veníte para la casa de inmediato.” Me ‘tantié’ el chumbo en el cinto, y salí del ranchito, me subí al Donato, mi fiel alazán que la gloria del Señor lo tenga en el Cielo de los ‘Aquinos’, y me fui al galope para la casa. “Por la gran pucha, que no le haya pasado nada al patrón Lépido”, decía para mís adentros. ¿Y si lo había sorprendido con alguna gurisa? ¿Y sí me iban a echar la culpa a mí? Juro que se me salieron algunos lagrimones en el camino, de desesperación nomás.

«Al llegar parecía todo tranquilo. Los dos autos estacionados en la puerta; dejé al Donato por ahí nomás y toqué la puerta. El patrón Héctor me abrió la puerta. “Quispe, ¿a quién viste entrar acá?” me dijo ni bien entré. La gran pucha digo, que se venía de interrogatorio la mano... “A naides, patrón Héctor, solo al patrón Lépido,” le dije, pero no quedó satisfecho. “Quispe, si mi hermano y la gran puta que lo parió en pelotas entró, tendría que estar en la casa, ¿verdad?” dijo, dándome la impresión de que en cualquier momento estallaba o se desmoronaba. “Sí, patrón Héctor,” hasta ahora íbamos bien, no había nada que temer, pero... ¿y la gurisa? “Haceme un favor, Quispe. Buscá a mi hermano, buscalo, yo lo acabo de buscar acá dentro, pero la casa está vacía.” El asunto era más oscuro de lo que pensaba, pero en ese momento me vino el instinto de madre que no quiere que a su hijo lo rete el padre. Mandé a la misma mierda ese instinto, lo reemplacé por el de autoconservación, y dije: “Patrón Héctor, ¿ya buscó en la habitación de huéspedes?”

«El patrón Héctor subió las escaleras corriendo y entró como una tromba en la habitación. Se ve que nomás había buscado en los lugares habituales... Estuvo unos minutos y luego salió. “¡Quispe!” me gritó, “estuvieron acá, pero ahora ya no están.” Salí de la casa y me fui con el Donato al corral de las ovejas. En el camino me volvió el instinto de madre, y me imaginé encontrarme al patrón Lépido, avisarle todo a tiempo. Siempre era mejor que lo encontrase la madre sobreprotectora que el padre severo.

«Llegué al corral y estaba todo intacto. Las ovejas todas tranquilas y sin novedad. La tranquera cerrada tal y como la había dejado esa misma tarde. ¡Que alivio! Yo ya estaba pensando cualquier cosa...y eso por haberle contado mi secreto. Volví a la casa al tiempo que las primeras luces despuntaban el alba (¡qué frase te mandaste Quispe, sos un león!). El patrón Héctor estaba entre desconsolado y furioso, pero sin llegar a definirse por ninguna de esos dos estados de ánimos.

«“Quispe” me dijo al llegar, “¿me puede decir si el Lépido vino solo o acompañado?” Era la hora de la verdad, ya la aventura se le había ido de las manos y si quería cuidar mi puesto, era mejor cantar, como la Mercedes Faustina. “Sí patrón Héctor. Entró con una mujer, viene siempre con mujeres, perdón.” Y el patrón Héctor se puso como loco, “¿con ‘mujeres’? ¿Todas distintas?” Y sí, ya no había nada que ocultar, así que... “sí patrón Héctor, perdóneme.” Y pareció tranquilizarse un poco, pero solo un poco. “¿O sea que siempre mujeres distintas?”

«El patrón Héctor ya estaba pensando lo peor. Volvimos a salir, esta vez en su coche, y nos fuimos a mi ranchito. Claro, pensó que yo los estaba ocultando. Mientras íbamos por el camino de tierra, se me ocurrió pensar que pasaría si el patrón Lépido se había escapado de la casa en pelotas con la gurisa y se habían escondido en mi rancho. Traté de alejar esos pensamientos lo más posible, pero cada vez que el patrón pisaba el acelerador, volvían.

«Y como resoplé de alivio cuando nos metimos en el ranchito y estaba vacío. ¿Y si estaban entre los yuyos, esperando que el patrón Héctor se fuera? Pero el patrón Héctor era tan porfiado como el patrón Lépido aventurero. Así que volvimos a la casa, una vez más (el patrón Héctor no parecía querer separarse de mí en ningún momento). Desde ahí llamó al Comando Radioeléctrico, para denunciar la desaparición del patrón Lépido. De vuelta volvió el fantasma de la persecución: ¿Y si querían acusarme a mí? ¿Cómo podría probarlo? ‘Vean, vean que estuve toda la noche durmiendo o tomando mate’, no, no, ese argumento no va, en las películas era como confesar el crimen.

«A la hora y media llegaron dos camionetas con el comesareo Lezcano y varios oficiales. Rastrillaron toda la estancia. Al patrón Lépido me lo encontraron, tal y como pensé, en pelotas. Pero estaba muerto. Se había desangrado y le habían arrancado el miembro. Pobre patrón Lépido. Y la gurisa resultó ser la patrona Clelia. Estaba en la bodega de maduración del queso, detrás de la casa. Desnuda nomás (como me habría gustado encontrarla) y... muerta. Se había asfixiado. A Lezcano le sonó raro, retiraron los cuerpos y el patrón Héctor fue con ellos a declarar. A mí también me tomaron la declaración.

«”Quispe, vos sabés que acá hubo un crimen pasional, pero no tengo nada, nada de nada,” me dijo una tarde Lezcano. Yo era medio amigo de él, ya que de chicos fuimos compañeros de conscripción.  “Pero Lezcano, ¿estás seguro?” y su respuesta fue un balazo: “Quispe, Lépido venía a la estancia todos los fines de semana con chicas distintas. Durante la semana aprovechaba que su hermano Héctor viajaba a Buenos Aires y se encontraba con Clelia. Esa semana Héctor no iba a viajar a Buenos Aires sino hasta el viernes, y se aguantaron de verse en la semana, y claro, el viernes se encontraron y enfilaron a la estancia. Claro, era una trampa de Héctor, que se mandó como flecha para sorprenderlos in fraganti.” Entonces la cosa era pior de lo que imaginaba. “Héctor dice que al llegar a la casa buscó por todos lados y no encontró nada. Que luego te llamó. A mí me parece que descojonó al hermano, y asfixió a la esposa y que tendió los cuerpos... pero claro, por el tiempo, no me cierra que hubiera dejado el cuerpo de la esposa en el depósito del queso y el del hermano a un kilómetro de distancia, en el medio del campo. Eso ya no es lógico, además las horas de muerte no coinciden. El hermano habría muerto mucho antes que la mujer...”

«Yo por supuesto no dije nada. Pero pude trabajar dos semanas más en la estancia antes de que la cerraran para siempre y que me dieran una patada tan grande que me mandaron directo a Buenos Aires. Lezcano encontró huellas del patrón Héctor en el cuerpo de la patrona y le alcanzó para mandarlo a la sombra, pero siempre quedó el misterio de cómo murió el patrón Lépido. El patrón Héctor dijo que cuando llegó él ya no estaba, y de hecho, Lezcano nunca pudo adosar esa muerte al patrón Héctor.

«Por mi parte, en esas dos semanas, entre peritajes de la policía, tuve tiempo de llevar a cabo mi propia investigación. Y esto fue lo que descubrí...»

En ese momento Quispe sacó un frasquito de vidrio, como de mermelada, que tenía algo negruzco en su interior. Un líquido agrio y ardiente me subió hasta la garganta, y tuve que tragar saliva para contenerlo en mi interior. Quispe siguió hablando.

- El patrón Lépido había estado con la patrona Clelia y, vaya uno a saber que pasó, a la madrugada se fue de la casa caminando. Pero no fue a donde las ovejas, sino a donde estaban mis “Niñitas”, dos llamas, la “Vero” y la “Irene”.

«Cuando las ví... no sé como decirle... la Vero me miró, y se puso a llorar, mire vea... la acaricié, le pregunté qué le había ‘pasau’, cuando se me dio vuelta, y ahí nomás le vi colgando del hoyo esto que traigo en el frasco... a simple viste, pensé “la Vero se me estriñó...” Pero cuando me acerqué comprobé que eso que colgaba era la “espada” de Don Lépido. Se vé que me la atrancó a la Pobrecita contra la pared y entró a darle... vaya a saber uno, que movimiento habrá hecho mi Vero (ella suele estornudar de noche, es alérgica...) lo que haya sido, el resultado fue que le arrancó el miembro y el patrón Lépido se fue en sangre. Habría intentado regresar a la casa para curarse o al menos, parar la herida y llamar una ambulancia, pero se desmayó a mitad de camino, en el lugar donde luego lo encontró la policía. ¿Y cuál es la prueba? Lo que tengo en este frasquito era lo que colgaba del culo de mi llama... ¡La gran siete que no somos nada!»

Cuando terminó de hablar ni yo ni nadie podía decir palabra. Estábamos todos medio sugestionados con lo macabro del relato. Claro, en una de esas, toda la historia era puro cuento para comer algo de arriba y chuparse toda la botella de semillón. Siempre se decía que los tucumanos eran un poco exagerados... si fue así, Ramón Quispe bien se lo ganó. En cualquier caso, esa noche terminó el show con unas zambas y una baguala. Después de eso, volví a buscar su nombre anunciado en peñas o en festivales. Pero fue inútil, nunca jamás lo volví a ver.



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