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Sección: Especiales (Lecturas: 685)
Fecha de publicación: Mayo de 2012

Cuentos para psicoanalistas

Pequeño pack de tres historias perturbadoras, raras, no aptas para personas impresionables, acerca de aquellos profesionales que deben lidiar con los confines de la mente de sus pacientes.
por Patricio Flores y Darío Lavia

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A veces, cuando la mente nos está por estallar, necesitamos desahogarnos. Cuando cualquier desahogo es insuficiente para vaciar el torrente que inunda nuestro cauce interior, es que generamos nuevos mecanismos para alivar la desazón que produce afrontar las aristas inexplicables de la vida. Algunos de estos casos son los que recopilamos en estos... Cuentos para Psicoanalistas


El Arbol Sangriento

- Adelante, Pereyra, póngase cómodo - dijo el Dr. Zanitto.

- Zanitto - dijo el profesor Enrique Pereyra, antes de sentarse - ¿sabe qué? Quería decirle que valoro mucho estas reuniones. La semana pasada se presentó un trabajo en el norte y voy a estar un par de meses allá. Hay que hacer una excavación de una cultura preincaica y está todo patrocinado por National Geographic.

- Enrique, esa es una muy buena noticia. Ojalá yo tuviera pacientes en otros lugares, así cambiaría un poco de lugar de trabajo, usted sabe, la monotonía...

- De todos modos, hoy es la última reunión antes de mi partida, y quería comentarle algo muy personal acerca mío.

- Adelante Pereyra - dijo Zanitto, y ambos se sentaron.

- Desde hace muchos años, a través de los sucesos que fueron marcando mi vida, tanto personal como laboral, me di cuenta de que soy una persona sumamente mediocre. Pero no cualquier mediocre, sino alguien de una mediocridad supina. Lo mío no es falta de cultura, desgano, depresión, ni ningún problema pasajero. Es una convicción. Soy un tipo terriblemente mediocre. Esa es la razón de varias cosas que me pasaron y que me pasan. Por ejemplo, recuerda que una vez le conté acerca de ese recuerdo borroso de la infancia, el del árbol...

- Es verdad...

- No se, al principio era una memoria borrosa, pero a lo largo de los años, creo que le fui agregando cosas, de manera inconciente. ¿Es posible crear recuerdos?

- Yo siempre creí recordar que mi abuela hacía polenta con pajaritos, en mi Rosario natal, pero eso nunca fue así, según mi madre... así que todo es posible.

- Yo pasé mi infancia en una localidad muy pobre del interior de la provincia de Santa Fe. Mi familia era muy humilde y como la comida escaseaba, había que rebuscárselas para conseguir alimento y no pasar hambre. Mi hermano más chico, que se dedicaba a deambular por las calles, algunas veces traía monedas. Obviamente eso no alcanzaba para satisfacer el apetito de nadie, pero... así es la vida.

«Imagínese, el rugido del estómago te nublaba la vista. Había veces que no se podía caminar, uno no tenía fuerzas. Entonces era mejor ahorrarse las energías, y tirarse ahí mismo, donde fuera. Era una época muy dura, durante meses padecimos de desnutrición.

- ¿Qué pasó con su hermano, Pereyra?

- Esa tarde de abril salimos juntos. Recorrimos algunas calles y luego, por esas cosas de chicos, sin razón o motivo aparente, nos desviamos por un descampado. Anduvimos cuadras hasta que me clavé una ramita en la planta del pie. Nos sentamos en el suelo y contemplamos a nuestro alrededor. A lo lejos mi hermano vio un árbol. Era un árbol grande, muy grande. Tenía unos frutos color escarlata en sus ramas. Se levantó y se fue caminando hacia el árbol. Cuando se paró enfrente lo miró, lo estudió un rato en silencio. Se ve que tenía puestos los ojos en esos frutos grandes que tenían las ramas superiores. Mientras yo me curaba la herida, se trepó como pudo a las ramas inferiores. Pero aún no llegaba al nivel de los frutos, así que siguió esforzándose. Tenía la ilusión de volver a casa con una bolsa llena de fruta.

«Cuando me paró la sangre del pie, me puse de pie. Podía caminar bien, al menos, el camino de vuelta a casa. Cuando busqué con la vista a mi hermano, me sorprendí de lo alto que había llegado. Estaba erguido encima del extremo de la rama donde había una cantidad incontable de esos frutos. Atolondrado, se aproximó. Una fuerte pisada hizo que parte de la rama que quebrara. Trozos de corteza cayeron al suelo y yo me acerqué al pie, para recibir a mi hermano en el caso que decidiera arrojarse.

- "Todo lo sólido se desvanece en el aire" - recordó Zanitto, y Pereyra hizo un segundo de silencio, para luego continuar.

- El chico tuvo que salir de la rama quebrada y buscó hacer pie en otro lugar, pero todas las ramas que había estaban demasiado empinadas como para mantenerse y  las que había confluían en un nudo que tenía una impresionante grieta, llena de un líquido pegajoso que chorreaba hasta el suelo. Se quedó quieto para mantener el equilibrio, pero al cabo de un rato comenzó a notar que iba descendiendo. La grieta era lo suficientemente grande como para atrapar a un adulto, así que si mi hermano no quería saltar, debería resignarse a caer en esa pavorosa grieta.

- ¿Y qué hicieron en ese momento?

- Yo me asusté mucho, le pedí que salte, pero dijo que tenía miedo de romperse los huesos. Le dije que yo lo iba a atajar, pero se negó, porque dijo que se iba a reventar. Así que le dije que espere un rato, que iba a ir a casa por ayuda y que le avisaría a nuestros hermanos mayores, sin decirle nada a nuestro padre, ya que, de enterarse, se habría enojado mucho... Usted sabe como es la mente del niño: a veces cree razonar de manera lógica, y en verdad lo hace de manera errónea.

«Al llegar a casa no encontré a ninguno de mis hermanos mayores. Mi padre estaba cerca, así que no avisé nada, ni de mi pie lastimado ni de mi hermano. A medida que pasaban los minutos, me mordía la lengua para hablar. Pero no fui capaz de decir nada, ¿se imagina? No pude ni siquiera hablar, tenía un miedo atroz. Con la noche, comenzaron a buscarlo. Me preguntaron si lo había visto y mentí: tal era el miedo que tenía. Me acosté y me puse a pensar que al encontrarlo, mi hermano se llevaría una paliza de novela, por treparse al árbol, y si hablaba y me acusaba, yo tendría mi castigo. Estuve toda la noche en vela torturándome con esa idea. Pero, por no haber podido decirlo al primer momento, tenía cada vez más miedo de hablar. ¿Recuerda cuando hablamos de las culpas y los castigos? Viví ese calvario a los diez años.

- ¿Y qué pasó? ¿Lo encontraron al final? - preguntó sumamente intrigado el Dr. Zanitto.

- La verdad... no. En la madrugada mi padre y mis hermanos volvieron a casa, sin novedades. Yo, que estaba despierto, pero que me hacía el dormido, pensé que no habían buscado en el árbol. Así que me calmé pensando que podría ir a buscarlo al otro día, sin que mi padre se entere. Ni bien salió el sol, me vestí y salí rumbo al árbol. Decidido a terminar la travesura sin que se enterase ninguno de mis hermanos, llevé una soga. Al llegar, llamé a mi hermano, pero no hubo respuesta. Di vueltas alrededor del árbol, pero no estaba. Trepé. Vi la grieta (aunque no me acerqué mucho). ¿Sabe lo que llegué a pensar?

- Dígame.

- Qué ese árbol se tragó a mi hermano. Me puse nervioso, lloré, recorrí toda la zona. No había rastros, ni de que se había caído en la grieta ni que hubiera saltado. Pero se me ocurrió una idea. Qué mi hermano quería vengarse por haberlo abandonado, que había saltado y que iba a regresar a casa durante el día, diciendo quizás alguna mentira.

- ¿Y fue así?

- En lo absoluto. Nunca más regresó, nunca lo encontraron, ¿se da cuenta? Y nunca conté la verdad a nadie. Mi padre falleció y nos despidió en el lecho de muerte a todos. Pidió perdón por ser tan severo. Yo lo escuché en silencio. Mis hermanos, todos profesionales, salvo la Marta, ama de casa, nunca supieron nada. Nunca dije nada a nadie. Salvo a usted, que no es familiar. Y tampoco me pude sacar de la cabeza la idea que el árbol se lo tragó. ¿Sabe las veces que soñé que talaban el árbol y dentro encontraban cuerpos de niños y animales? Todos empastados en esa resina...

- Supongo que hoy en día no piensa eso, ¿verdad?

- La verdad que no estoy seguro. Igualmente, de todo lo que le conté, no estoy seguro que parte es realidad y que parte agregado inconsciente de los años de pensar y soñar esta parte de mi infancia. Incluso, hace algunos años me revisé puntillosamente ambos pies, en busca de alguna cicatriz, sin resultados por cierto.

- ¿Tampoco piensa que alguien hubiera pasado por el árbol, rescatado a su hermano, y se lo hubiera llevado consigo, tal vez adoptándolo en una familia distinta?

- No, nunca creí en los cuentos de hadas.

- ¿Será lo único cierto que tuvo un hermano menor?

Un silencio incómodo inundó la habitación. Ninguno de los dos lo evidenció al otro, pero un escalofrío recorrió la espalda de Pereyra y uno similar la de Zanitto.

- En verdad, no estoy seguro - reconoció finalmente Pereyra.

- A mí me parece que usted se acusa de mediocre por haber pasado una infancia a la sombra de la rígida disciplina paterna. Usted podría dar una conferencia en las principales universidades del mundo, hablar sobre culturas precolombinas así como yo me como un plato de pollo con puré o mi señora se arregla las uñas. Yo no creo que eso sea mediocridad. Mediocridad es adquirir la convicción de ser perfecto, no creo que sea su caso, aunque usted tiene la última palabra sobre usted.

- Oh, mire como pasó la hora, Dr. Zanitto - exclamó Pereyra, al tiempo que se levantaba y se ponía el abrigo -. Es que si no salgo ahora, pierdo el avión y no quería dejar de venir a verlo. Creo que estoy más tranquilo, y no es mérito mío por haber sacado fuera el lastre de 35 años. A mí vuelta lo llamo tranquilo para arreglar la cita. Ojalá podamos seguir todos los martes.

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Una vez que Pereyra, el caso más difícil de su carrera, se retiró del consultorio, el Dr. Zanitto, llamó al Dr. Olarra, también psiconanalista.

- Hola Dr. Olarra, le habla el Dr. Zanitto...

- ¿Cómo le va, Zanitto? - preguntó amablemente el Dr. Olarra, al otro lado de la línea.

- Bien, no me puedo quejar; ¿esta semana tendrá un espacio para mí?

- Por supuesto amigo, ¿algún problema? - preguntó Olarra.

- Resulta que mi paciente, E., se marcha por unos meses por cuestiones laborales. Creo que, felizmente, resolvió su problema. Afloró su conflicto y se convenció que fue una mistificación. Ahora el problema lo tengo yo, que no le dije la verdad.

- ¿O sea, que se calló la boca? - el tono de Olarra se agravó.

- Si le hubiera dicho que yo era su hermano, habría provocado una crisis muy severa, que le habría hecho retroceder.

- Lo espero mañana, de 14 a 15 horas, así iniciamos un tratamiento.

El tic y LOpez

- Que pase López.

- Naturalmente, Doctor.

López ingresó al consultorio y se sentó en el sillón. Su tic era singularmente patético. Los músculos faciales se le contraían formando caras reconocibles, generalmente de cómicos famosos. También lograba, sin particular esmero, rostros desencajados que al instante deshacía para volver al suyo habitual, al rostro de López.

- Bueno, López, estuve leyendo atentamente sus progresos y creo que está casi listo para abandonar el sanatorio. Su temita nervioso está encaminado. Aún le queda el detalle del tic.

- Estoy muy agradecido, doctor, sabe que desde que me internaron siempre supe que podía confiar en usted. Justamente antes de entrar a su consultorio me quedé adormilado en el sofá de la sala de espera y, ¿sabe usted lo que soñé?

El silencio del galeno invitó a la confesión.

- Soñé que venía a su despacho y hacía un desastre...

- Prosiga.

- Su secretaria tenía prendido el televisor con el programa de la tarde, ¿vio ese de los chimentos? Estaban discutiendo si Yanina Nannis estaba o no embarazada del joven Lavalle Perette. Al cerrar los ojos, automáticamente, me vi entrando en su despacho, saludándolo como recién; sólo que en vez de sentarme en el sillón, levanté la lámpara de pie esa que tiene ahí y rompí las vitrinas, incluso el cristal de su escritorio, y cuando ud. buscaba apacigüarme yo le daba un lamparazo en la cabeza... lo agarré de lleno... y al desmayarse encima del canto de un trozo de cristal se le desgarraba la piel del cuello. Un enchastre de novela. Entre los vidrios rotos, la sangre pegajosa... una cosa de locos. Yo creo que incorporé al sueño la discusión de los panelistas y armé toda esa escena, ¿ud. cree esto posible? Tal vez como forma de proyectar mi desprecio por ese mundo televisivo que... es el que me espera cuando retome mi empleo en el canal, si es que me lo conservaron como me vinieron diciendo todos estos meses.

Las dudas ahora estaban animadas por la sincopada quijada de López que iniciaba la danza de uno de sus tics. El galeno rehuyó a esa música y tomó control del cuadro.

- Le decía, López, luego de constatar progresos sólidos, que ud. está preparado para unos pocos exámenes finales, nada del otro mundo- hablaba buscando distraer la atención del paciente mientras pulsaba el botón de "emergencias".

López sintió deseos irrefrenables por toser. Sudaba. La transformación era algo inminente. Cubrió su rostro con las dos manos y sin lograr contener los empujes irrefrenables que le llegaban desde el diafragma anarquizado y furioso, al descubrirlo, su rostro ya no era suyo sino... el de Carlitos Balá. Se ahogaba, al tiempo que entendía cabalmente que aquello que pretendiera ser una broma en confianza con su médico de siempre, una pequeña muestra de lucidez y de dominio de sus propias pulsiones hasta los excesos que solo permite el humor bien entendido, terminaría irremediablemente mal. "Eaeaeaeapepé doc-c-c-ctor, le estaba haciendo un q-q-q-chiste", lamentaba López en idioma tartamudo, mientras dos forzudos enfermeros respetuosamente le colocaban una camisa del todo inapropiada para quienes estaban en condiciones de recibir el alta.

En la nueva soledad de su despacho, el doctor se dijo a si mismo: "el chiste vaya y pase, pero eso de autodiagnosticarse es muy irritante".

El Feto y la Joven

- Imagínese - dijo el paciente en tono antiséptico que guardaba también un trato habitual -, la primera cita, un bar muy pintoresco, todo perfecto, salvo que la susodicha no paraba de hablar de sí misma...

- Ahá, pero... ¿Ud. no intentó ahondar en su personalidad, gustos, etc.? - preguntó la voz del supuesto profesional.

- Imposible. Su tema de conversación era exclusivamente el laboral. No hablaba de otra cosa.

- ¿Y de qué trabajaba?

- Atendía el teléfono en una empresa, ¿qué se yo? Por mi cabeza solo pasaba el deseo de arrebatarla de ese lugar y llevarla directamente a hacer la cosa non sancta.

- Pero ud. sabe... hay que sobrepasar ciertas instancias previas. No se puede comer el postre antes del primer plato.

- De acuerdo, pero en este caso, ni siquiera habíamos entrado en la instancia del primer plato. En un momento se me ocurrió que su boca era una bocina que no podía parar de emitir sonidos desarticulados.

- Oiga. ¿Usted no llevaba sus pastillitas consigo?

- No, dado que había tomado mi dosis al mediodía, como siempre.

- ¿Y qué pasó después?

- Cerré los ojos con fuerza (tal era la intensidad de la imagen); cuando los volví a abrir era peor. Sus ojos eran como faroles de un camión.

- Una alucinación...

- Lo mismo pensé, el problema es que los volví a cerrar, como para borrar la imagen. Y al abrirlos de nuevo... las orejas eran espejos retrovisores, y ya no tenía pecho, sino que era el capot de un auto.

- ¿Seguía hablando?

- Supongo que sí, pero ahora ya no entendía una sola palabra. Era como el ruido de un motor.

- ¿Y cómo terminó? ¿Le habrá querido cambiar el aceite?

- Algo así... porque cuando miré a mi alrededor, donde estaba la cucharita del café, ya era una varilla para medir el aceite... así que levanté el capot y le inserté la varilla. Después ya no escuché más el motor, así que me volví a pie.

- Hmmm... ¿pero ella se dejó clavarse la cucharita?

- No lo se, lo que sí, es que de ese bar salí solo y alucinado. Incluso hoy al despertarme todavía seguía con la vista obnubilada.

- Vamos, si ud. hubiera matado a una persona, habría salido en las noticias... le habrían perseguido y arrestado.

- Estoy de acuerdo, pero entonces, ¿cuál es su interpretación?

- Creo que cuando uno se siente agredido por el egocentrismo del otro, proyecta una capa de irrealidad, no solo para tolerar, sino para generar un cambio de culpas. Ud. claramente cambió su categoría de víctima por la de victimario. Dejó de ser el receptor de las experiencias laborales de esa joven, para convertirse en un asesino imaginario. Su caso es raro, en general se da al revés y se quita el papel de agresor para tomar el de agredido.

- Entiendo lo que dice, de manera que lo mío fue una alucinación...

- Ni más ni menos, caballero.

- Ese es mi problema, que no se cuando comenzó e ignoro si aún continúa. Por lo pronto, aún tengo la cuchara en la mano y el aceite me manchó la manga de la camisa. Es más... ahora que me doy cuenta, tengo la mano atascada en el carburador, justo a la altura de la boca del estómago. ¿Y si también generé un psiquiatra de diván para descomprimir el drama de haber matado a alguien? ¿Y si esta chica no fuera una cita sino mi hija? ¿Y si yo no fuera mayor, y en verdad fuera mi madre? ¿Y si todo esto ocurre en un sueño durante mi estadía en el útero materno? ¿O será una imagen que busca una mente que la piense?



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