|
||||||||||||||||
![]() | ![]() | ![]() | ![]() |
|
|
Fecha de publicación: Febrero de 2012 |
Gautama Rishi (alias, "Ricardo, el Tragasables") |
Tanto como el delito, el fakirismo también puede ser un arte y quien mejor para establecer la simetría que nuestro estimado Gautama Rishi... por Patricio Flores y Darío Lavia |
“Ricardo, vengo a terminar lo suyo; a Don Tomé se le acabaron la paciencia y los buenos modos.”
El hombre que detenía las balas, el que tragaba floretes, y vomitaba fuego, no era seguramente un hombre de barrio, común y corriente. Pero lo que a Don Tomé y su lugarteniente lo hacía exasperar no eran estos dones. Mientras Ricardo se colocaba mecánicamente su viejo turbante, lanzó una respuesta de compromiso con una intención tranquilizadora. “Mire Salvatti, yo ahora tengo que salir y presentar mi número, no puedo atenderlo. Tenga la amabilidad de aguardarme. Serán 10 minutos como mucho. Vuelvo enseguida.” “Ricardo, se lo advierto, no volveremos nunca más a esta pocilga de circo, esquivando charcos de bosta de elefante o imbéciles que caminan mirando al cielo y haciendo malabares. Don Tomé quiere terminar definitivamente este asunto, y no está dispuesto a esperar un día más.” A pesar de esa evidente amenaza, Ricardo tomó sus espadas y otros trucos, y se dispuso a salir a la arena, para dar su ya acostumbrado espectáculo vespertino. Salvatti se interpuso con su humanidad intimidatoria e intentó forzar la situación: claro, lo vio tan flaquito, tan delgado al indio que habrá pensado en apretarle el cuello para obligarlo... La acción tomó unos segundos y Salvatti cayó de rodillas con uno de los floretes atravesándole el cuello, de abajo hacia arriba. Intentó respirar, pero unos grumos de saliva y sangre se le atragantaron. Ensanchó las comisuras de los labios, como intentando absorber el preciado gas, pero no había caso. Antes de desmayarse, creyó conveniente dedicar una última palabra a su matador; pero fue solo eso; un intento. El actor tenía que salir, y salió. Salvatti tenía que quedarse en el camerino, y... se quedó. Los aplausos de la gente rebotaban bajo la carpa y luego del quinto sable, Ricardo se sacó todo el metal de su interior y agradeció a su público. Por el rabillo del ojo, alcanzó a notar la presencia de Don Tomé. A la izquierda del mafioso había una butaca vacía (la de Salvatti). Don Tomé sonreía de manera ambigüa, como la Mona Lisa. Ricardo conocía esa sonrisa. Lo mejor era ir preparándose para lo que vendría. “Siempre hay algún modo de evitar lo inevitable”... pero para eso, hay que pensar, y no tenía más tiempo que el que durase su acto. “Damas y caballeros, atención, atención. Ahora verán algo que no estaba programado. El gerente del circo me pidió que haga algo porque mi acto ha caído bastante, así que ahora voy a intentar algo que nunca antes había hecho. Para ello voy a pedir el más riguroso silencio al estimado público, reitero esta es una prueba muy difícil, y aún nunca ha sido intentada.” Ricardo hizo una pequeña pausa y miró a Don Tomé. Aspiró profundamente. Los músicos cambiaron el marco sonoro y optaron por unos acordes menores, sombríos y tensionantes. El redoblante puso en vilo a más de uno. “Y ahora voy a llamar a alguien del público, a ver... sí, usted, señor, usted es el indicado, acérquese si es tan amable...” Don Tomé, mirando a su nietita (unos diez años) quien estaba fascinada sentada a su diestra, comprendió que una negativa heriría la infantil e inocente sensibilidad del único ser que le despertara algo parecido a “sentimientos”. Don Tomé se acercó al faquir y, le dijo al oído, torciendo la boca y en voz baja, “no sé que vas a inventar; pero nada de lo que hagas te va a salvar esta vez”. Sonrió mirando a su nieta, y se dispuso a ser parte del espectáculo, poniéndose en manos del oriental. El faquir continuó con su declamación. “Este, será un número memorable. Este digno caballero dejará su impronta en la historia de éste circo. Pido un gran aplauso para...” Y el propio Tomé completó la frase: “Don Tomás.” “Fuerte ese aplauso para Don Tomás...” Y los aplausos no faltaron. El público actuó de modo condescendiente. El faquir se puso a estirar los miembros y se quitó el turbante. Se sacó también la camisola y se quedó en cuero. Solo se dejó una especie de pañal que le cubría sus partes impúdicas. Su cuerpo estaba surcado de venas gruesas como rieles. Los músculos eran los durmientes, y la sangre (que hasta el momento no era visible), era el ferrocarril. El faquir sacó un espectacular florete de una especie de bolsa blanca; el arma era digna de un mosquetero. Se notaba que era distinto a los que solía ingerir, el metal, la empuñadura, la tensión de la hoja... “Don Tomás, por favor, tome esto; eso, eso, cuidado que pesa un poco, así... muy bien.” El faquir se agarró con sus manos de una vara y quedó suspendido, colgado, a unos centímetros del suelo. El silencio del público era total. La nieta de Don Tomé miraba con atención. “¿Podría sostener, estimado Tomás, el extremo de esta espada contra mi abdomen? Eso, así, por favor, por acá, eso muy bien; eso es.” El faquir comenzó a inspirar y expirar sonoramente. Cuando hubo tensado todos sus músculos, ordenó: “Tomás, por favor, vaya haciendo presión con la mano, hasta que la espada comience a ingresar en mi cuerpo.” Don Tomé miró a su ocasional víctima directo a los ojos. Tenía la impresión que intentaría algo para escapar, pero era realmente desconcertante. Aún así se dispuso a seguirle el juego, ya que, ante cualquier artilugio, sus guardaespaldas estaban listos para reaccionar. Y comenzó a hundir ese florete en el abdomen del asiático. Al principio encontró una resistencia, y el florete era como que no quería lascerar el cuero de Ricardo. Don Tomé pensó para sí, “este indio tiene cáscara dura,” y como no quería que el público creyera que era manito de manteca, imprimió más fuerza a través del antebrazo, hasta que sintió que algo cedía. Claro, ahí ya no había trucos. El florete estaba ingresando en el organismo del “tragasables”. ¿Era eso suficiente? “Por favor, buen hombre, no se detenga,” dijo Ricardo, sin abrir los ojos y sin relajar sus músculos. Sí, ese Hijo del Punjab era un demente. Don Tomé siguió perforando su abdomen hasta llegar a otro obstáculo. ¿Qué era aquello? ¿Un órgano? No, nada de eso. Era la piel de la espalda. Un último tirón, y habría atravesado al indio de lado a lado. Los guardaespaldas estaban maravillados, viendo al jefe ensartando al tragasables. La niña estaba sorprendida, asustada y eufórica a la vez. Hubo un sutil chasquido. El extremo del florete, manchado de sangre, emergió por la espalda del faquir y Tomé soltó la empuñadura. “Y ahora, estimado Tomás, tome el segundo florete de la bolsa y sosténgalo contra mi abdomen, de la misma manera que el anterior, pero un poco más abajo, no en el mismo lugar...” La voz del faquir seguí fuerte y no parecía dar evidencia de dolor alguno o desgaste. El público seguía en completo silencio. “Vamos, Don Tomás, con confianza, no tenga miedo.” Esta vez Don Tomé hizo presión de entrada. El florete se hizo camino entre el bosque de vísceras y salió rápidamente por el otro lado, a la altura del punto en que la espalda ya cambia su nombre. ¿Le había tomado el gusto? “Don Tomás, falta una, y terminamos. Vamos, ¿no me va a dejar solo ahora?” Tomé tomó el florete sin más dubitaciones. Estaba ante un muñeco de estopa, y no se iba a perder de ensartarlo nuevamente. Quien sabe, tal vez era un truco, tal vez no, pero lo cierto era que le había comenzado a sacar el gusto. Esta vez Tomé le atravesó en tiempo record, casi a la altura de la ingle. La sangre derramada, la mínima indispensable, lo salpicó un poco. Pero eso no le importaba mucho. Estaba enceguecido, y luego de ese tercer florete, buscó en la bolsa, pero ya no había nada. Quería repetir la experiencia, y se puso a buscar lo que sea, como para ensartar al indio. En ese momento Ricardo se soltó de la vara y se largó a trotar, con los tres sables en su cuerpo, los que se movían acompasadamente al movimiento de su cuerpo. Tomé creyó que el indio quería escapar, así que hizo un gesto. Al instante sus diez guardaespaldas habían invadido la pista tratando de agarrar al aparente prófugo. El indio siguió trotando y dio una vuelta de exhibición a la pista. El público no sabía si reir o si asustarse, pero decididamente aplaudieron, hasta casi acalambrarse las manos. El acto había sido un éxito. Rishi regresó a su lugar y se volvió a asir de la vara. Era hora de liberarse de sus insertos metálicos. Tomé llamó al orden a sus hombres, que habían inundado la arena y estaban deambulando tratando de pasar desapercibidos. Uno de ellos tropezó con una bola y se cayó encima de un oasis de excremento de camélido. “Y ahora, lo mejor. No se vayan, ahora Don Tomás va a quitar uno por uno los floretes. Como veo que hay muchos niños pequeño en la platea voy a impedir que salga sangre.” Tomé se arremangó y tomó la empuñadura del sable. La retiró con fuerza, como con malicia. Rishi se resintió levemente, pero siguió con el cuerpo firme, tieso, inalterable como mausoleo. La segunda pareció ser una tortura para el faquir, y sirvió para que Don Tomé se regodeara con tanto sufrimiento. Su rostro se había transfigurado y era una profunda y contenida oda al dolor. La tercera fue trágica, Rishi, ya libre de hierros en su cuerpo, se soltó de las varas y pareció querer dar una caminata, para mostrar que no estaba herido. Dio dos pasos, puso los ojos en blanco y cayó. Don Tomé no sabía si eso era normal, y se puso a mirar a los costados, en busca de asistencia. Un médico entró a la arena y tuvo que abrirse paso entre las personas que ya habían inundado la pista. “Está en coma, llamen a una ambulancia,” inquirió con suma premura. El animador del circo pidió disculpas a la platea y avisó por un micrófono que “aquí no pasaba nada malo”, que el faquir se iba a recuperar y que el show iba continuar en breves minutos. Dos camilleros llevaron al herido hacia el exterior por una de las salidas laterales. El show continuó con Ras Kabulba, un etíope que explotaba bolsas de agua caliente y partía guías telefónicas, entre otras proezas. “Atención, busquen a Salvatti, y no le pierdan el ojo al indio,” ordenó Don Tomé a sus hombres. Afuera, la ambulancia había cargado a Rishi y lo había conducido quien sabe a donde. Dos policías entraron en la carpa y se acercaron a Don Tomé, luego de hablar con el presentador y un par de testigos. “¿Quién agredió al indio?” preguntaron, con cara de poca paciencia. Dos horas después Rishi despertó de su coma autoinducido y se tapó los orificios con vendas y un poco de hipoglós. Guardó sus pertenencias y se marchó de la guardia del hospital, rumbo a... ¿otro circo? ¿otro país? ¿un pozo bajo tierra? Tal vez ni el mismo lo sabía. A Don Tomé se le complicó la cosa, porque le quisieron cargar el asesinato de Salvatti (el hampón tenía pedido de captura), además de atribuirle la desaparición del faquir, intento de asesinato, conspiración... y del disgusto se le desató una úlcera. |
| Arriba | Atrás | Comentarios | Recomendar |
| Home
| Archivo
| Cine & Series
| Comics
| Dadá
| Especiales
| Figuritas
| Herodoto
| Libros & Revistas
|
© 2013 Televicio Webzine
Sitio hosteado por Quinta Dimension