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Sección: Heródoto (Lecturas: 9686)
Fecha de publicación: Diciembre de 2011

33 viñetas sobre Jesús de Nazaret

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Este artículo intenta dar una idea del conocimiento histórico actual sobre un campesino galileo de comienzos de nuestra era llamado Jesús de Nazaret. La nota se compone de 33 viñetas que reflejan otras tantas afirmaciones que se pueden hacer hoy, con razonable certeza, acerca de una de las figuras más importantes de la historia de la Humanidad.
por Pablo Martín Cerone

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 “Ahora vemos como reflejo en un espejo, veladamente” (San Pablo, I Corintios 13:12).

 

Comencemos por algunas aclaraciones necesarias. En primer lugar, la nota se ocupa de un personaje histórico, no de la Segunda Persona de la Trinidad cristiana: aquí no se leerán aseveraciones sobre la validez o invalidez de una fe, sino sobre circunstancias de la vida de una persona, al menos hasta el punto en que las disciplinas históricas nos lo permiten hacer hoy. Es importante entender que la Historia no puede recuperar para nosotros la existencia real de Jesús, tarea del todo imposible: nos ofrece, en cambio, un debate entre diferentes reconstrucciones razonablemente fundadas (y ¡ay! necesariamente imperfectas) de la vida de Jesús a partir  de la evidencia existente. Porque, como dice al final de “El Jesús histórico” mi principal fuente para la redacción de esta nota, el historiador John Dominic Crossan, “solamente existe la reconstrucción”.

También es importante entender que las afirmaciones aquí incluidas se realizan en base al conocimiento histórico presente. Nada impide que, mañana mismo, un arqueólogo descubra en el desierto egipcio o en una cueva palestina un texto que haga que una, algunas, varias, todas las afirmaciones que aquí se presentan pierdan toda validez. El conocimiento histórico está permanentemente sujeto a debate, sometido a prueba constante.

La fundamentación detallada de cada afirmación requeriría, cada una, un artículo más extenso que el presente. Disculpe el lector, entonces, que lo remita a la bibliografía que se cita al pie si cree que un punto necesita mayor aclaración.  

(Para una mayor discusión de los problemas metodológicos, léase “El Jesús histórico y los 4 evangelios: memoria, credo y canon para una reforma de la Iglesia” de Pablo Richard).

1 La vida de Jesús como problema de crítica textual: la reconstrucción de la vida de Jesús es básicamente una tarea de lectura crítica de textos. Un primer aspecto que debería llamar la atención es que existan tantas narraciones de la vida de un personaje que no fue ni un gobernante, ni un noble, ni un militar destacado: en la Antigüedad, realmente muy pocas personas sabían leer y escribir (tal vez una cada diez, o aún menos) y la escritura en pergamino o papiro era un proceso muy lento y muy caro. La cultura que reflejan los textos escritos de la Antigüedad es, entonces, básicamente una cultura de clase alta. ¿Qué habrá hecho de particular este campesino de provincias para escapar a su destino de olvido?

También debe tenerse en cuenta que, por la naturaleza perecedera del soporte, era altamente probable que un texto antiguo se perdiera: sólo el esfuerzo continuado de varias generaciones de copistas (con el concurso del omnipresente azar) ha permitido que los textos con que contamos hayan llegado a nosotros. Pero dado que la mayoría de los copistas medievales eran monjes cristianos, sería muy peligroso asumir que todo texto antiguo sobre Jesús es copia fiel del original, y no sólo por la existencia de erratas: se han detectado varias interpolaciones en escritos tempranos.

Limitándonos al canon cristiano, tenemos cuatro narraciones, las tradicionalmente atribuidas a Marcos, Mateo, Lucas y Juan, y algunas referencias en las cartas de Pablo. Hay unos pocos relatos apócrifos (1) que han merecido lectura especialmente atenta, los llamados Evangelios de Tomás y de Pedro, y algunas pocas referencias en autores judíos (Flavio Josefo) y paganos (Suetonio, Tácito, Plinio el Joven) que escribieron durante el siglo I y comienzos del siglo II de nuestra era. Más allá de sus limitaciones y sus lagunas, es una masa de material muy importante.

El último aspecto a tener en cuenta es la datación de los escritos. El consenso de los estudiosos, por razones que sería largo de explicar, considera que los primeros textos cristianos son las cartas de Pablo (la primera carta a los tesalonicenses, la más antigua, data del invierno del año 51 de nuestra era). Los evangelios son posteriores: al que parece ser más antiguo, el de Marcos, se le asigna una fecha de composición entre los años 65 y 80. El rango de fechas es, para el de Mateo, entre los años 80 y 100; el de Lucas, entre 80 y 130; y el de Juan, entre 90 y 120. En todos los casos, hay un lapso de décadas entre la vida pública de Jesús (hacia el año 30) y el relato de la misma, por lo cual tampoco parece ser adecuado asumir acríticamente todo lo que afirmen los escritos cristianos.

2 Jesús existió: varios autores, a lo largo de los siglos, han deslizado la idea de que Jesús es un mito y que nunca existió. Esta postura enfrenta dos problemas. En primer lugar, la abundancia de testimonios acerca de su existencia física: hay emperadores romanos de los que se sabe mucho menos que de Jesús, y a nadie se le ocurrió negar su existencia. En segundo lugar, la ausencia de cuestionamientos a su existencia en fecha temprana: los autores anticristianos más cercanos cronológicamente a Jesús, de Tácito a Celso, hacen referencia a Jesús como a una persona, no como a un mito. De haber tenido la posibilidad de negar su existencia, es difícil de entender por qué no lo habrían hecho.    

3 Nació en la villa galilea de Nazaret y no en Belén: Juan I-45 dice de Jesús que es “el hijo de José, el de Nazaret”. Juan VII-41/42 presenta a los escépticos afirmando “¿acaso el Mesías puede venir de Galilea? ¿No dice la Escritura que del linaje de David y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Mesías?” Marcos I-24, X-47 y XIV-67 lo llaman “Jesús de Nazaret”. La historia del capítulo IV de Lucas se desarrolla en “Nazaret, donde se había criado”. En aquellos años remotos, la mayoría del campesinado apenas se alejaba unos kilómetros de su lugar de nacimiento en toda su vida. La referencia a que el censo dispuesto durante la gobernación de Quirino (capítulo II de Lucas) obligaba a que toda persona se empadronara en su lugar de nacimiento (de allí el viaje de José y María a Belén) no tiene confirmación en ningún otro texto, y va contra el sentido común: ¿no es más lógico empadronar a la gente en su lugar de residencia? ¿Para qué obligar a miles de personas a interrumpir sus tareas durante días sólo para ir a empadronarse a su tierra natal? En el intento del autor de la fuente común utilizada tanto por Mateo como por Lucas (conocida en el ámbito de los estudios cristianos como Q) de dar por cumplida la profecía de Miqueas V-1 y 2 está la razón de la alusión a Belén como lugar de nacimiento de Jesús.

3 La concepción virginal es una afirmación teológica y política, no un hecho histórico: cito textualmente a John D. Crossan en “Jesús desenterrado” (ver bibliografía): “en la tradición bíblica los ni­ños predestinados, los niños marcados por un destino previsto por Dios, nacían de padres ancianos y/o estériles, y no de madres jóvenes y virginales. El modelo clásico era Isaac, nacido de Abraham y Sara, estériles y de edad provecta”. La concepción virginal revela un poder divino aún mayor, y se contrapone conscientemente a una larga tradición grecorromana de personajes importantes engendrados por dioses. Sigue Crossan: “en Mateo, Lucas, e incluso antes de ellos, Jesús es Señor, Salvador e Hijo de Dios y ha usurpado los títulos de Augusto (2). Pero Acia [la madre del emperador] no era virgen; había tenido ya una hija casi seis años antes de que naciera Octaviano. Por eso, aunque Isaías, VII-14 resultara útil, lo más probable es que el criterio determinante fuera la exaltación de Jesús por encima de Augusto. La María virginal era su­perior a la Acia maternal”.

La Matanza de los Inocentes
La Matanza de los Inocentes (1590) de Van Haarlem

4 Ni la estrella de Belén, ni la masacre de los Santos Inocentes, ni la adoración de los Reyes Magos, ni la huida a Egipto existieron: los historiadores del cristianismo asumen que el autor del Evangelio de Mateo intenta enmarcar los hechos de la vida de Jesús en la historia del pueblo hebreo tal como es contada en el Antiguo Testamento. En Números XIV-14 puede leerse “una estrella se alza desde Jacob, un cetro surge de Israel”; la masacre de los Inocentes tiene un paralelo en la muerte de los bebés varones de los hebreos dispuesta por el Faraón de Egipto, tal como se relata en el Libro del Éxodo; la historia de la Adoración ya está delineada sumariamente en el Libro de Isaías (LX-6); la huida a Egipto recapitula la historia de los hijos de Jacob. El creyente puede asumir que se trata de profecías; el historiador no, sin con ello dejar de serlo.

5 Nació en la pobreza: la referencia a que Jesús era “hijo del carpintero” (Mateo XIII-54) debe ser interpretada a la luz de la estructura socioeconómica de Galilea en el siglo I de nuestra era, como caso particular de la estructura socioeconómica de los imperios de base agraria. Los artesanos no eran pequeños comerciantes, como podríamos pensar hoy: se reclutaban entre los hijos de los campesinos pobres que no recibían tierras en herencia, y a menudo vagaban de villa en villa ofreciendo sus servicios. Por ende, pertenecían al escalón más bajo del campesinado, apenas por encima de mineros, curtidores, prostitutas y otros miembros despreciados de la sociedad.

6 Tenía hermanos: Jacobo (o Santiago) es llamado “hermano de Jesús” cuando Flavio Josefo describe su ejecución en el año 62, cuando Jacobo era el líder de la pequeña comunidad cristiana de Jerusalén. Lo mismo sucede en los evangelios canónicos: Marcos VI-3 dice de Jesús que es “hijo de María, hermano de Jacobo [Santiago], de José, de Judas y de Simón” y agrega “¿no están también aquí con nosotros sus hermanas?”. La interpretación católica tradicional es que en tales pasajes “hermano” debe leerse como “primo”, dado que no existe ni en hebreo ni en arameo un término equivalente, y se usaba “hermano” por extensión.

Judas sólo aparece en una muy breve mención de Hegesipo, escritor cristiano del siglo II, recogida en una historia de la Iglesia escrita por el obispo Eusebio de Cesarea en el siglo IV: Hegesipo afirma que dos de sus hijos fueron llevados ante el emperador Diocleciano, a fines del siglo I. Y Simón suele ser identificado como el segundo obispo de Jerusalén, sucesor de su hermano Jacobo. Nada se sabe de cierto ni de José ni de las innominadas “hermanas” de Jesús.

7 Nunca estuvo en Qumran: los esenios eran miembros de un movimiento minoritario dentro del judaísmo, practicante del ascetismo y el monaquismo, y con una muy elaborada teología mesiánica. Su principal centro era la escuela religiosa de Qumran, cerca del Mar Muerto. Sus enseñanzas guardan tantas semejanzas como diferencias con respecto a las de Jesús, y dados los humildes orígenes galileos de éste, es altamente improbable que haya estado en la escuela, como afirman algunos estudiosos.

Bautismo de Jesús8 Integró el círculo de Juan el Bautista: la idea de que el Mesías cristiano pudiera aparecer como discípulo de otra persona, en una situación de inferioridad aparente, sería notablemente incómoda para cualquier evangelista. Es por ello que se considera la participación de Jesús en el círculo de seguidores de Juan como muy segura: los evangelistas sólo harían referencia a ella si fuera un recuerdo firmemente establecido en la comunidad cristiana original, seguramente originado en el propio Jesús.

9 Su mensaje no se identificaba totalmente con el del Bautista: no debe asumirse una continuidad absoluta entre las ideas de Juan y de Jesús. El mensaje de Juan acerca de la espera de un apocalipsis inminente en Mateo III-7/10 (“raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que llega? / Ya el hacha está puesta a la raíz del árbol; todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego”) se contrapone con el mensaje de Jesús de que el Reino de Dios ya está presente y ya no hay nada que aguardar: acerca del Reino de Dios “no se va a decir 'aquí está', o 'allí está'; porque el Reino de Dios ya está entre ustedes” (Lucas XVII-21). Jesús mismo se encarga de declarar, además, que el menor de sus seguidores es preferible a Juan (al final de Mateo XI-11) y que no comparte el ascetismo del Bautista (Lucas VII-33/34), si bien mantiene un elevado concepto del profeta asesinado por Herodes Antipas: “en verdad os digo que entre los nacidos de mujer no ha aparecido uno más grande que Juan el Bautista” (al comienzo de Mateo XI-11).

10 Era un taumaturgo y efectuó varias curaciones: hay varios relatos de curaciones de Jesús en los evangelios, y son consistentes con lo que se sabe sobre profetas, santones y sanadores. Cabe una aclaración importante acerca del tipo de curación realizada, y para ello es necesario entender la diferencia entre “enfermedad” y “mal”: dice Arthur Kleinmann en “Patients and healers in the context of culture” que “la enfermedad hace referencia a una disfunción de los procesos biológicos o psicológicos, mientras que el término ‘mal’ se refiere a la experiencia psicosocial y el significado percibido de la enfermedad”. Un taumaturgo (“persona que hace milagros”) puede llegar a actuar eficazmente sobre una enfermedad si cuenta con algún conocimiento de medicina tradicional, pero su verdadero campo de acción es la experiencia de la enfermedad: la manera en que un enfermo percibe su dolencia (a veces, psicosomática) y lleva adelante su vida, y la manera en que los demás se relacionan con ese enfermo. La imposibilidad de tratar la mayoría de las enfermedades hacía que la gente de la época temiera a los enfermos crónicos y los marginara: sobre esa cisura actuaba Jesús (ver Lucas IV-31/37).

11 Sus discípulos eran tanto hombres como mujeres: si bien los evangelios canónicos (aún con llamativas diferencias entre ellos) sólo listan a doce apóstoles como los discípulos de Jesús, la existencia de un grupo de mujeres entre los seguidores del Crucificado parece indiscutible. Marcos incluso nos da a conocer al menos algunos de sus nombres en un pasaje (XV-40/41): “María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José [¿y de Jesús?] y Salomé”. Marcos preserva indirectamente la tradición de la existencia de los dos grupos, al presentar paralelamente la falta de fe de ambos: los discípulos varones huyen en la noche del jueves cuando su líder es apresado, las discípulas marchan en la mañana del domingo a ungir un cadáver cuando se les ha dicho que Jesús resucitará.

A esas discípulas debemos el conocimiento de la crucifixión: en el pasaje antedicho, las mujeres miran “desde lejos” el cruel final de Jesús mientras, reitero, sus discípulos varones han huido.

Hay algún rastro de que esta convivencia bajo Jesús se deterioró luego por las concesiones del grupo dirigente al sexismo dominante en la sociedad: concretamente, la polémica que se esboza en el apócrifo Evangelio de Tomás, 114.  

 

 

 

NOTAS

(1) Etimológicamente, “apócrifo” quiere decir “oculto”, no “falso”. La mayoría de los evangelios apócrifos parecen ser muy tardíos (de mitad del siglo II en adelante) y tomarse demasiadas libertades al momento de narrar los hechos, pero algunos pocos parecen contener materiales que pueden remontarse a épocas tempranas el cristianismo, y por lo tanto merecen atención.  

(2) “Señor”, “Salvador” e “Hijo de Dios” eran epítetos aplicables al Emperador de Roma en vida de Jesús. Lo que hicieron los primeros cristianos fue negarle el carácter divino al emperador y atribuírselo a Jesús, una actitud cuyo impacto crudamente político es difícil de subestimar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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