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Sección: Especiales (Lecturas: 1047)
Fecha de publicación: Julio de 2010

El Cacique Yoquinta

¿Por qué la historia de este olvidado cacique de la época de la Conquista no ha sido recogida por los grandes historiadores españoles? ¿Qué disuadió a los propaladores de las gestas de los "pueblos originarios" de recopilar el sangriento relato del Cacique Yoquinta?
por Patricio Flores

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YOQUINTATodavía hay gente que no entiende que ser indio (estoy hablando de los buenos tiempos; cuando ser "indio" era "ser alguien" y  no "ser algo") no está emparentado con medianía, salvajismo o pobreza de espíritu. Habría indios así seguramente, pero también indudablemente había de los otros: de los pensantes, agudos, profundos, creativos, estrategas, artistas y políticos.

Hoy voy a escribir sobre uno que seguramente no quedó en la historia por hazañas notables, pero que en verdad me supera en cuanto campo de comparación pueda establecerse; lo que no es mucho, pero al menos sí lo es para mi.

Yoquinta supo llamarse. Su fama se debió, más que a ninguna otra cosa, a un tremendo desprecio por los conquistadores, desprecio solo superado por el que sentía por aquellos grupos de nativos que, de algún modo, se adaptaban a las cuestiones contaminantes del invasor.

A Yoquinta no le alcanzaba con no ser molestado. La sola presencia de españoles en las cercanías de sus linderos lo tornaba desafiante e inquieto. Matarlos era como una necesidad visceral. La sangre de sus víctimas era parte del tributo que se rendía a si mismo y a sus dioses. Sus pieles eran  el resto.

Pero Yoquinta no los mataba de un modo convencional. Nunca mataría a un español con las mismas armas o argumentos con los que el invasor mataba a los nativos.

No.

Yoquinta buscaba dar a cada cacería un tono distinto a la anterior; él era un perfeccionista, buscando superarse en cada ataque, o en cada celada. Propiamente, su arte era el de matar; y el refinamiento, su constante búsqueda.

Su fama no se hizo esperar entre los españoles. A poco de perpetrados sus primeros golpes, buscaron afanosamente darle alcance y muerte; pero esa tarea no estaría terminada hasta la histórica Cacería. Fue la recompensa en oros y en títulos nobiliarios y el enceguecimiento generalizado,  lo que derivó en la inmortal "Cacería de Yoquinta", cuya leyenda no es necesario relatar en estas páginas pero que invito a algún investigador capaz de tomar el desafío.

Creo que el factor determinante para que se iniciara tal cacería fue la última estocada de Yoquinta; su "mejor golpe", del cual resultaron heridos unos cincuenta españoles y que extrañamente no dejara muertos salvo uno solo.

Yoquinta rondaba los 45 años, y sabía que no tenía ya mucho más por decir ni hacer en este mundo. Su sed de sangre estaba satisfecha de hace tiempo, pero sentía en su pecho que su obra, aún no estaba terminada.

Fue por entonces cuando, dejando la tranquilidad de sus tierras, se lanzó a buscar españoles por todo el Chaco Salteño. Los encontró construyendo algo así como un fuerte pero más pequeño, en plena faena.

"Esta vez –pensó- van a aprender y a entender que nunca debieron haber dejado sus tierras para aventurarse a llenarse de gloria y honores a costa nuestra".

Desde lo alto de una lomada Yoquinta lo calculó todo. Le tomó un par de días. Bajaría al asentamiento, y se presentaría diciendo que iba de parte de Serrudo, nombre conocido entre los españoles por ser el tal Serrudo un buen proveedor de mujeres y de pequeños negocios, a cambio de bebidas y bagatelas.

A poco de hacerlo, logró captar el inmediato interés de todos, menos del de Don Joaquín Menéndez y Amadís, quien oficiaba como Supremo en su carácter de Adelantado.

"Si lo desean –desafió el falso enviado- pueden seguirme y escoger por ustedes mismos cuantas mujeres les alcancen". No fue necesaria más invitación que ésta y al instante, quince españoles se emprolijaron y salieron junto a Yoquinta por entre la espesa noche chaqueña, en busca de sosiego y de compañía femenina.

Cabe destacar a este punto que cuando don Joaquín Menéndez y Amadís se levantó prohibiendo tal excursión so pena de castigar a los incontinentes, fue cuando el arcabuzaso de un anónimo amotinado le atravesó la cabeza, dando fin a sus días de Adelantado, y constituyendo el único muerto de toda esta increíble historia. A efectos de ubicar al lector en el momento histórico, señalaremos que don Domingo de Iriarte tomó el honroso lugar de don Joaquín y ya veremos con qué resultados.

La pequeña caravana siguió a Yoquinta por entre la espesura de la selva chaqueña durante menos de una hora. Cuando el cansancio de la noche, sumadas a la impaciencia de los españoles se hizo sentir fue ahí que Yoquinta propuso un descanso, admitiendo que, entre tanta conversación, se había desviado involuntariamente del camino principal, demorándose la expedición y los afanes de todos.

Pero que si le tomaban como muestra del aprecio de su amo Serrudo unos pequeños cigarros que son los de consumo personal del Gran Rey, él se sentiría disculpado y aliviado por tanta tardanza; y los ánimos generales mejorarían. Nadie dudó y nadie quiso mostrarse ingrato con el enviado de Serrudo.

Acabados los cigarros en pleno descanso, fue al reiniciar la marcha cuando descubrieron que ni un solo músculo de su cuerpo respondía a las órdenes de su cerebro; y que un estado soñoliento se había apoderado de todos ellos, al tiempo que la inmovilidad era inevitable.

Yoquinta, sin pérdida de tiempo, tomó su navaja española y, uno por uno, cortó sus lenguas, mientras su hijo Caledón cauterizaba las heridas con otra navaja que posaba sobre un pequeño e improvisado fuego. Es interesante destacar que, durante la operación, ninguno de los españoles gritó ni dio muestras de horror alguno lo que da un poco la noción del poder de la droga empleada por el astuto indio.

Con la misma naturalidad con que cortara quince lenguas tomó de las alforjas de su caballo unas prendas nativas que llevaba, y procedió a transformar a los españoles en nativos. Para dar término a la tarea de transformación, Yoquinta y Caledón embadurnaron los rostros de los pobres españoles con lodo y tinturas, al mismo modo de su propia usanza. Como para terminar con lo planificado tomaron todas las espadas y dagas, y las enterraron en el lodazal ya seleccionado por él, simplemente para no tener que cargar con ellas al momento de la vuelta, pero para disponer de ellas cuando llegare la oportunidad.

Hecho y concluido todo esto Yoquinta silbó tres veces y por entre las espesuras aparecieron Maíta y Silia, dos de sus esposas más jóvenes, que serían de gran utilidad para lo que vendría. Traían ambas bellas mujeres unos pequeños cestos con piedras de colores y pequeños ornamentos de poco valor. Como en realidad no estaban muy lejos del asentamiento ya que los había hecho caminar en círculos, Yoquinta, haciéndoles oler de un fuerte preparado de su especialidad, los hizo levantarse y caminar por sus propios medios en dirección hacia el pequeño fuerte.

Parecía un pequeño grupo de nativos cazadores perdidos y alcoholizados que marchaba sin rumbo, el grupo que se acababa de allegar al portón cerrado del fuerte.

Don Domingo, al ver semejante grupo harapiento y ebrio, y sin reconocer en ellos a ninguno de sus compañeros de armas, pensó en que provecho podrían obtener, en el caso de entablar alguna conversación con los viajeros. Pero mientras pensaba en estos temas, reconoció al "falso enviado" de Serrudo, a quien le preguntó desenvainando su espada, por el paradero de sus soldados y camaradas.

"Han decidido no volver, Señor –mintió-, pero me han pedido que le diga a Usted que acepte a estos 'esclavos' solo en carácter de muestra de lo que han encontrado, a estas prendas humildes –dijo arrojando los cestos con amatistas y algunas piedras vistosas- y a estas hembras".

"Insistieron que le diga –seguía Yoquinta ante un azorado don Domingo- que esto es una parte de todo lo que podrían obtener en el caso de que fueran todos hacia nuestras tiendas".

"Ninguno de ellos quiso acompañarnos de regreso a vuestra fortaleza -remató-, entretenidos por las mujeres que les sirven, pero que usted , don Domingo de Iriarte, entendería esto, y partiría de inmediato con nosotros, dejando a los esclavos con una pequeña custodia en el fuerte".

Don Domingo tuvo la sensación de estar siendo engañado, pero fue solo una sensación.

Lo que si le afectaba era el hecho de tener que aceptar condiciones de un desconocido en nombre de sus flamantes subordinados. Así que rápidamente pensó en algo que le permitiera obtener todo lo que ofrecían pero sin hacer lo que le estaban pidiendo. Y encontrando una idea de su agrado, contestó cortésmente  a Yoquinta: "Haremos más bien lo siguiente. Llévate tus presentes, y vuelve a tus tiendas. Luego, volverás a nuestro fuerte sin falta con todos mis hombres que yo sabré arreglar cuentas con ellos".

"Pero Señor –repuso un suplicante y astuto Yoquinta-, ¿con que fuerza he yo de obligarlos a tal cosa? Pensarán que los estoy provocando y pelearemos inútilmente, dándonos muertes seguras, cuando solo queremos complacerlos".

"Tienes razón, enviado –repuso Don Domingo. Por tal motivo volverás a tus tiendas con mis veinte mejores hombres para que, llegado el caso, sean ellos quienes sometan a los desobedientes y todo este tema termine de la mejor manera posible. Si lo prefieres, deja tus presentes en el fuerte, para que no tengas que cargar con ellos todos estos viajes", dijo don Diego, pensando en dar uso inmediato a un par de estos regalos. En el acto, dio orden a otros veinte a que se vistieran y salieran con el Enviado.

Si bien esto pudo haber generado alguna insurrección indeseada por don Domingo, en realidad era tanto el afán por ver el resto de los tesoros de los que las muestras hablaban elocuentemente, que tuvo don Domingo que hacer esfuerzo supremo para que no se vayan todos y lo dejen solo con el fuerte vacío.

Usted comprenderá, lector, que lo que ocurrió fue lo mismo que lo ya relatado, casi sin sombra de variación.

Solo que esta vez, no hubo regreso.

Al cabo de dos días de no tener noticias, un importunado don Domingo salió personalmente con el resto de sus hombres a buscar a los soldados rebeldes y anárquicos pensando en que clase de penas les haría sufrir por semejante desaire.

Yoquinta se encargó de que encontrara las tiendas sin necesidad de pérdida de tiempo, dejando aquí y allá rastros inequívocos de la caravana de dos noches atrás.

Solo que, al llegar, encontró las tiendas vacías, y ni rastro de soldados ni mujeres ni piedras preciosas. Y allí fue cuando don Domingo tuvo una premonición, que terminara siendo exacta. Apurando el paso y con toda la determinación de que era capaz, decidió volver al fuerte antes de que otros lo hicieran en su ausencia. Pero era tarde.

Los falsos esclavos y las piedras preciosas –los únicos presentes que no figuraban en el inventario eran las hembras-, estaban depositados esperando en las puertas del fuerte con una actitud atónita, estúpida y enceguecida.

Don Domingo gritó que abrieran las puertas. Yoquinta lo invitó solo si deponía sus armas y si accedía a pasar sin custodio alguno. Al ver don Domingo que la cosa estaba fuera de su alcance –unos cien indios fuertemente armados con sus propias armas españolas, más arcos y hachas lo testimoniaban claramente. No puso objeción, y entró.

La conversación fue breve. La humillación; eterna.

Don Domingo y sus mutilados españoles pasaron a formar parte de la historia de Yoquinta, y no al revés, como fue en todos los otros casos conocidos.

De Yoquinta, solo agregar que murió en paz, en su fortaleza inexpugnable del chaco salteño.

(Texto adaptado con extracciones literales del "Memorias y enseñanzas de los nativos alejados de Dios y su Justicia, más no así de toda razón" de Fray Bernardino de Loprestes, Ed. Madrileña, 1645)

ESTATUA DEL INCA
De conocerse mejor las increíbles historias de nuestros indios, seguramente
esta famosa estatua del Guerrero Inca frente a la Catedral de Lima sería
reemplazada por una del Cacique Yoquinta (foto gentileza Life, 1945)



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