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Fecha de publicación: Enero de 2007 |
Un dandy en la corte de Leuvucó |
Un vistazo sobre "Una excursión a los indios ranqueles" obra de Lucio V. Mansilla. |
A comienzos del otoño de 1870, Lucio Mansilla, comandante del sector de la frontera contra los indios que tenía su centro en Río Cuarto, Córdoba, hizo un viaje a Leuvucó (o Leubucó) asiento de la toldería del cacique supremo de la tribu de los ranqueles, para negociar de igual a igual un tratado de paz. El relato de este viaje, "Una excursión a los indios ranqueles", es una de las glorias de la literatura argentina, a la vez que una invitación a la tolerancia (si bien no inocente de paternalismo) y una demostración de que el exterminio y despojo de los pueblos nativos no era ningún imperativo histórico fatal. Mal que esto les pese a sus defensores incluso en pleno siglo XXI. "El verdadero fin de la travesía no es cambiar de paisajes, sino cambiar de ojos". Marcel Proust EL AUTOR
Mansilla participó activamente en la vida pública argentina: fue periodista, dramaturgo, diputado nacional, diplomático y oficial del Ejército. Peleó en Pavón del lado porteño y en la Guerra del Paraguay (fue herido en la desastrosa batalla de Curupaytí) y por voluntad de su amigo, el entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento, fue designado comandante de la frontera contra los indios en Río Cuarto, al sur de Córdoba, entre 1869 y 1870. Entre el 19 de marzo y el 6 de abril de 1870 viajaría a la laguna de Leuvucó, a las tolderías del cacique de los ranqueles, Mariano Rosas, con el que negociaría un tratado de paz y amistad. Mansilla era partidario de la incorporación pacífica de los indígenas a la vida civilizada, y por ello chocaría con el ministro Gainza, quien finalmente lo destituyó. El pacto que firmó no sería ratificado nunca. Durante ese mismo año, ya en Buenos Aires, redactaría en forma de cartas a su amigo Santiago Arcos sus experiencias en la frontera. Estas cartas serían publicadas en el periódico "La Tribuna" y posteriormente reunidas para integrar su obra "Una excursión a los indios ranqueles", traducida al inglés, francés, alemán e italiano, y premiada en el Congreso Geográfico Internacional de París de 1875. Miembro de la masonería como casi todas las figuras importantes de su generación, fue separado de la misma tras matar en duelo a Pantaleón Gómez en 1880, por una discusión originada en la actuación de ambos en la gobernación del entonces Territorio Nacional del Chaco. Su vejez fue dura, debido a repetidas pérdidas familiares (padre, esposa, todos sus hijos) y a su mala fortuna para los negocios. Para cumplir diversas misiones diplomáticas, se radicó en Europa en 1896, donde se volvió a casar con una rica y joven heredera, Mónica Torromé. Murió en París, ciego y octogenario, el 8 de octubre de 1913. Su obra literaria es despareja, carente de orden, pero siempre entretenida y vivaz: reflejo de una personalidad de hombre de mundo, aventurera y galante. Además de "Una excursión...", es autor de una par de obras teatrales, de "Entre nos" (de 1890, una colección de sus artículos para el periódico "Sud América"), de un ensayo histórico sobre el gobierno de su tío ("Rosas") y de "Mis memorias". Fuentes: Todo Argentina y Olimpíadas Nacionales de Contenidos Educativos en Internet. "Una excursión a los indios ranqueles" puede leerse completa aquí. QUIÉNES SON LOS RANQUELES "Ranquel" es una corrupción española de la palabra compuesta mapuche rankül-che, que quiere decir "pueblo de las cañas". (La mapuche- a veces llamada araucana, palabra que consideran despectiva - era entonces la cultura indígena predominante en los vastos territorios que iban desde el río Salado al Comahue). Los ranqueles no eran de origen mapuche: estaban relacionados tanto con los het (o pampas) como con otros pueblos que los españoles llamaban patagones y los mapuches, tehuelches ("gente valerosa") y que según la región se daban a sí mismos diversos nombres: en la región pampeana, por ejemplo, gennaken o gününa këna. A su vez, la abundancia de cautivas en su seno había hecho que tuvieran un importante aporte genético europeo. En la época de "Una excursión...", eran unos diez mil, y habitaban el territorio ubicado entre la Laguna del Cuervo, el río Salado y la pampa al este, lo que hoy es decir el sur de la provincia de Córdoba, el norte de la de La Pampa, y el este de la de San Luis. DE LOS GRIEGOS A LOS RANQUELES
Al igual que su amigo Sarmiento en esa obra polémica y capital que sigue siendo "Facundo", Mansilla demostrará en sentidos párrafos su fascinación con el mundo de la pampa, o como se llamaba entonces, Tierra Adentro (notablemente, también se asombrará por el carácter casi mágico de la sapiencia de los paisanos rastreadores). Pero a diferencia del sanjuanino, y quizás por sus raíces federales, no está preso de la supuestamente inconciliable dicotomía civilización europea / barbarie hispanoamericana. Como veremos, esto no quiere decir que no crea en la superioridad de la civilización del Rémington y el ferrocarril sobre un pueblo seminómade y que desconoce la escritura, pero esto no le impide señalar, citando a "un historiador famoso" que escribe sobre la conquista británica de la India, que "no hay peor mal que la civilización, sin clemencia". Sus lecturas no le impiden percibir que "Yo he aprendido más de mi tierra yendo a los indios ranqueles, que en diez años de despestañarme...". Y precediendo en unos pocos años al "Martín Fierro" de José Hernández, se hará eco de la voz del criollaje sometido a las injusticias del juez, del patrón, del comisario: "Oyendo a los paisanos referir sus aventuras he sabido cómo se administra la justicia, cómo se gobierna, qué piensan nuestros criollos de nuestros mandatarios y de nuestras leyes". LA OBRA "Una excursión..." tiene un doble carácter literario: es tanto un relato de viajes (parangonable, por ejemplo, a los de su contemporáneo el inefable escritor inglés Sir Richard Burton) como una obra de un género típico del siglo XIX: el epistolar. En su primera versión, consistía en una serie de cartas dirigidas a su amigo Santiago Arcos, luego publicadas en el periódico porteño "La Tribuna" entre el 20 de mayo y el 7 de noviembre de 1870. Es también un folletín: hasta se permitía jugar con el suspenso hasta la próxima entrega. El texto está escrito en amable lenguaje coloquial y es notorio su carácter digresivo: la narración del periplo es interrumpida con frecuencia con opiniones sobre la política a seguir con los nativos; con descripciones del atardecer, el paisaje o la fauna; o con recuerdos de la Guerra del Paraguay (en especial la historia del cabo Gómez, quien antes de ser fusilado por un crimen dirá al sacerdote que lo va a confesar: "Padre, la muerte es un salto que uno da a oscuras sin saber dónde va a caer"). Leuvucó (o Leubucó, como la escribe Mansilla) está en territorio de la actual provincia de La Pampa, cerca del límite con San Luis, 25 kilómetros al norte de la ciudad de Victorica, fundada en 1882, o sea doce años después de los hechos comentados en esta nota. El viaje de Río Cuarto a Leuvucó comprende unos 400 kilómetros.
Decíamos que abundan las disgresiones. He aquí algunos ejemplos muy interesantes y característicos del estilo de Mansilla, a quien pareciera que (y prefigurando en varias décadas la frase de Proust del epígrafe) la posibilidad de mirar con ojos extranjeros la cultura ranquel le dio la capacidad de extrañar la mirada sobre la propia: * "La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en varias cosas. En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol y guantes de cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos, muchos abogados y muchos pleitos, muchos soldados y muchas guerras, muchos ricos y muchos pobres. En que se impriman muchos periódicos y se publiquen muchas mentiras. En que se edifiquen muchas casas con muchas piezas y muy pocas comodidades. En que funcione un gobierno compuesto de muchas personas como presidente, ministros, congresales, y en que se gobierne lo menos posible". * "Tenemos grandes empíricos de la política, que todos los días nos prueban que el dolor puede ser no sólo un anestésico, sino un remedio; que las tiranías y la guerra civil son necesarias, porque su consecuencia inevitable, fatal, es la libertad. Esto te lo demuestran en cuatro palabras y con espantosa claridad, al extremo que nuestra juventud tiene ya sus axiomas políticos de los que no apea, creyendo en ellos a pie juntillas (...)". * "Lo digo ingenuamente, prefiero el aire libre del desierto, su cielo, su sublime y poética soledad a estas calles encajonadas, a este hormiguero de gente atareada, a estos horizontes circunscriptos que no me permiten ver el firmamento cubierto de estrellas, sin levantar la cabeza, ni gozar del espectáculo imponente de la tempestad cuando serpentean los relámpagos luminosos y ruge el trueno". * "La monomanía de la imitación quiere despojarnos de todo: de nuestra fisonomía nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición". Mansilla afirma que la mítica Argentina fundada por próceres del panteón liberal como Sarmiento o Mitre avanza copiando acríticamente los modos de organización social europeos. "Pero ¿no habríamos avanzado más estudiando con otro criterio los problemas de nuestra organización e inspirándonos en las necesidades reales de la tierra?" COSTUMBRES RANQUELES Este es un tema en el que el autor se detiene con frecuencia, seguro de que es del interés de sus lectores. Pero Mansilla va más allá de la mera recolección de curiosidades: en no pocos pasajes, las costumbres nativas le sirven para contraponerlas a las de la civilización. Y no siempre la civilización sale ganando en la comparación.
Los ranqueles domaban a los caballos sin maltratarlo, de a poco. (2) "Hasta en eso, dije para mis adentros, los bárbaros pueden darles lecciones de humanidad a los que les desprecian". Tampoco degollaban a las vacas para carnearlas, sino que las mataban con un balazo en la cabeza. Cuando preguntó por la razón de esta actitud, le respondieron: "Para que no brame, hermano. ¿No ve que da lástima matarla así?" Concluye Mansilla: "Que la civilización haga sus comentarios y se conteste a sí misma, si bárbaros que tienen el sentimiento de la bondad para con los animales son susceptibles o no de una generosa redención. Ah, esta civilización nuestra puede jactarse de todo, hasta de ser cruel y exterminadora consigo misma. Hay, sin embargo, un título modesto que no puede reivindicar todavía: es haber cumplido con los indígenas los deberes del más fuerte. Ni siquiera clementes hemos sido. Es el peor de los males". Más adelante, elabora estas observaciones en conceptos como los que siguen: * "La suerte de las instituciones libres, el porvenir de la democracia y de la libertad serán siempre inseguros mientras las masas populares permanezcan en la ignorancia y el atraso". * "Siguiendo la ruta que llevamos, elevaremos los andamios del templo; pero al levantar la bóveda, el edificio se desplomará con estrépito y aplastará con sus escombros a todos". * "Los artífices desaparecerán y el desaliento de los que contemplaban su obra conducirá a la anarquía. Por eso el primer deber de los hombres de Estado es conocer su país". (3) * "Quejarnos de que los indios nos asuelen, es lo mismo que quejarnos de que los gauchos sean ignorantes, viciosos, atrasados. ¿A quién la culpa, sino a nosotros mismos? ¿Les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa, humanitaria, cristiana, de los gobernantes que rigen los destinos sociales?" * "Meditaba sobre esas existencias argentinas, sobre esos tipos rudos, medio primitivos, que tanto abundan en nuestro país, que se sacrifican o mueren por una opinión prestada. Porque nos sobran instituciones y leyes y nos falta la eterna justicia, la justicia que, cual genio tutelar, lo mismo debe velar el hogar de los desvalidos que la mansión suntuosa del rico potentado". Mansilla señala que el gaucho es un ser ideal para los que no lo conocen. También lo contrapone con el paisano asentado en una finca propia: éste tiene hogar, familia, hábitos de trabajo, respeto por autoridad "de cuyo lado estará siempre, aún contra su sentir". Sus instintos son civilizados, pero por desgracia para los mandantes de Buenos Aires, es federal. El gaucho es chúcaro: errante, jugador, pendenciero, enemigo de toda disciplina, desertor, y a menudo prefiere irse a vivir con los indios. A diferencia del paisano, no tiene opiniones políticas. Resume su teoría del gaucho en este pasaje sobre las montoneras: "era la ausencia completa del sentimiento del deber, el horror de toda disciplina". VIDA EN LAS TOLDERÍAS Otras observaciones que hace Mansilla y que iluminan rincones de la cultura del "pueblo de las cañas". * Los parlamentos tribales parecen los Congresos de hoy: se respeta la elocuencia de los buenos oradores, pero los debates los gana una la mayoría que siempre se conoce de antemano. * Si algún ranquel no tenía para comer, pedía ayuda a un vecino más rico, que nunca la negaba. Se daba por sobreentendido que el favorecido, cuando pudiera, devolvería el préstamo o a él o a su familia. No se conocía caso alguno de indio que se hubiera negado a cancelar una deuda. * Las viudas eran más codiciadas que las solteras; a menudo incluso eran ricas. Las costumbres sexuales de las solteras eran tan liberales que llamaron la atención de alguien tan poco mojigato como Mansilla. Esta liberalidad se acababa con el casamiento: las casadas eran poco más que esclavas del esposo. * "Mientras no hubo cristianos entre los indios, no hubo ejemplo de que se violaran las tumbas sagradas". Por si no hubiera quedado claro, creo que estas líneas resumen lo que pensaba Mansilla del problema de la relación de la joven República con los nativos: "Tanto que declamamos sobre nuestra sabiduría, tanto que leemos y estudiamos ¿y para qué? "Para despreciar a un pobre indio, llamándole bárbaro, salvaje; para pedir su exterminio, porque su sangre, su raza, sus instintos, sus aptitudes no son susceptibles de asimilarse con nuestra civilización empírica, que se dice humanitaria, recta y justiciera y se ensangrienta por cuestión de amor propio, de avaricia, de engrandecimiento, de orgullo, que para todo nos presenta en nombre del derecho el filo de una espada (...) que en definitiva, lo que más respeta es la fuerza. ¡Ah! Mientras tanto, el bárbaro, el salvaje, el indio ése que rechazamos y despreciamos, como si todos nos derivásemos de un tronco común, como si la planta hombre no fuese única en su especie, el día menos pensado nos prueba que somos muy altaneros, que vivimos en la ignorancia, de una vanidad descomunal, irritante..." EPÍLOGO
El cacique Mariano Rosas (imagen) había pasado muchos años entre los cristianos, y no se hacía ilusiones. De hecho, en realidad se llamaba Paghitruz Güor ("zorro cazador de leones"): su otro nombre le había sido impuesto al ser bautizado, luego de que Juan Manuel de Rosas lo tomara prisionero en 1834. Tenía muy claro que sus tierras eran codiciadas porque estaban en el camino de la traza más conveniente para el ferrocarril al oeste: cuando Mansilla quiso desmentirle esa idea, Rosas le respondió sacando de un cajón recortes de "La Tribuna" de Buenos Aires donde se exponían esos argumentos... En 1879-80, el Ejército argentino acabaría con el "problema indio" a su propia y cruenta manera. El cuerpo del cacique (muerto en 1877) sería un ejemplo del destino que la "civilización" le dio a la "barbarie": sus despojos estuvieron hasta 2001 en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, cuando, tras más de un siglo de luchas, sus descendientes lograron que por fin se los devolvieran. CODA El director Derlis Beccaglia intentó filmar la obra dos veces, con dos elencos diferentes, en 1963 y 1965. En ambos casos, no pudo terminar la película. En el intento de 1963 estaba apoyado nada menos que por Mario Soffici, y los actores elegidos merecen todo respeto: Alfredo Alcón, Graciela Borges, Gilda Lousek, Ignacio Quirós, Lydia Lamaison, entre otros. En la película abortada de 1965 actuaban, entre otros, Juan José Míguez, Luis Medina Castro, Elizabeth Killian y Carlos Carella. Fuente: sitio Cinenacional.com. NOTAS (1) De hecho, entre los ranqueles había muchos refugiados federales. Entre ellos, un negro desertor, pésimo músico, al que Mansilla detesta cordialmente. En un momento este desertor afirma: "Y no he de salir de aquí hasta que no venga el Restaurador, que ha de ser pronto, porque don Juan Saá nos ha escrito que él lo va a mandar buscar". (Saá era un caudillo federal de San Luis, antepasado de la dinastía de los Rodríguez Saá de hoy). Ha sido frecuente trazar paralelismos (muchas veces forzados) entre Rosas y Juan Domingo Perón: esta rima de que también en el caso de Rosas hubiera seguidores que soñaban con su regreso del exilio europeo no creo que haya sido señalada frecuentemente. He aquí una llamativa indirecta contra los antiguos unitarios, aliados con potencias extranjeras para derrocar a Rosas, y ahora en el poder: "Ésa es nuestra tierra: como nuestra política, suele consistir en hacer de los amigos enemigos, parias de los hijos del país, secretarios, ministros, embajadores, de los que nos han combatido". (2) Dicho sea de paso, este noble animal era tan importante para su cultura que las fórmulas del saludo incluían una consulta ritual sobre el estado de las cabalgaduras. El caballo estaba tan integrado en su modo de vida que los ranqueles creían que Mansilla mentía cuando les contó que los habían traído los españoles hacía unos pocos siglos, y que no estaban en la pampa desde la creación, como ellos creían. (3) ¡No es de extrañar que Mansilla haya despertado las iras del gabinete de Sarmiento!
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