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Sección: Libros y Revistas (Lecturas: 72619)
Fecha de publicación: Diciembre de 2004

Ficciones literarias sobre piratas y corsarios

Una nota sobre las huellas que piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros han dejado en nuestras bibliotecas. Para leer bebiendo ron y dando vuelta las páginas con un garfio. ¡Por las barbas de Satanás!
por Pablo Martín Cerone

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"De Ilion llevóme al país de los cicones, en Imaro. Entré a saco en la ciudad y maté a sus moradores. Repartimos las mujeres y el cuantioso botín equitativamente, sin que nadie se quedara sin su parte".
(La Odisea, novena rapsodia)

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE PIRATAS

Puede decirse casi sin lugar a dudas que la piratería existe desde que existe la navegación. Si nos circunscribimos al Mediterráneo Oriental encontramos que, como se puede comprobar unas líneas más arriba, ya hay referencias en los primeros monumentos literarios de Occidente, la Ilíada y la Odisea: estamos hablando de hace alrededor de tres mil años.

Hasta donde sabemos, la palabra pirata (peirato) fue usada por primera vez en el año 140 A. C. por el historiador Polibio. Plutarco, hacia el 100 de nuestra era, da la primera definición que podemos reputar clara: los piratas son aquellos marinos que atacan sin autorización legal no sólo barcos, sino también ciudades costeras.

Esta definición es tan útil que incluso permite caracterizar qué es un corsario con la simple operación de obtener una autorización legal: un documento llamado patente de corso, otorgado por un estado, que autoriza a un particular o particulares a atacar barcos y puertos enemigos, usualmente compartiendo el botín. (Para más datos, ver la nota "El corsario albiceleste: Hipólito Bouchard")

Para las víctimas, está claro que la importancia de estas distinciones terminológicas fue siempre bastante relativa. Empero, todavía nos quedan bucaneros y filibusteros. Ambas palabras pueden ser usadas como sinónimos de pirata pero solamente en el ámbito del Caribe; no hay bucaneros del Mar de la China Meridional o filibusteros de Argel.

En una imaginaria biblioteca de historias marinas, hospitalaria con obras tan diferentes como la Odisea, "Robinson Crusoe" y "El barco ebrio", habría sin duda vastos anaqueles destinados a las ficciones literarias sobre piratas y corsarios, que son el objeto de este informe. Ésta no pretende ser una lista exhaustiva, ni se extiende tanto como para considerar, por ejemplo, las historias sobre corsarios berberiscos incluidas en el Quijote, ni las space-operas sobre piratas del espacio interplanetario.

LA DRAGONTEA (LOPE DE VEGA, 1598).

La primera vez que la piratería americana aparece en la ficción es en el primer y menos conocido poema heroico del escritor español y antiguo voluntario de la Armada Invencible, Lope de Vega (1562-1635). A pesar de ser una obra de ficción, el protagonista del poema no lo es, y no es otro que el corsario inglés Sir Francis Drake. "La Dragontea" es la fantástica historia en verso de la última y fatal expedición de Drake, quien en 1596 murió de disentería mientras dirigía un ataque a San Juan de Puerto Rico, donde se habían refugiado varios barcos españoles cargados de tesoros.

BUCANEROS EN AMÉRICA (ALEX OEXMELIN, 1678)

Esta no es una obra de ficción, pero su influencia fue tan enorme que no podemos pasarla por alto. Alexander Olivier Oexmelin (hacia 1645 - hacia 1707) fue un hugonote (protestante) francés que sirvió de médico en la flota del pirata inglés Henry Morgan, y en este libro publicado en Amsterdam cuenta sus experiencias, en especial el sangriento saqueo de la ciudad de Maracaibo. Tal vez ningún otro libro del siglo XVII inspiró tantas imitaciones ni fue la fuente de inspiración de tantas historias.

EL CAPITÁN SINGLETON (DANIEL DEFOE, 1720)

El novelista inglés Daniel Defoe (1660-1731) vivió cuando la piratería en América pasaba por su edad de oro. Es el autor del primer clásico de las novelas de piratas, "Vida, aventuras y peripecias del Capitán Singleton", así como de otro clásico de la literatura de aventuras en el mar, "Robinson Crusoe".

En pocas palabras, he aquí el argumento: Bob Singleton se lanza a la vida marinera a los doce años, hace una fortuna, la pierde, se vuelve pirata y se reforma. En la obra se narran en primera persona las dos principales aventuras del personaje central; la que nos interesa es la segunda. Singleton nos cuenta una serie de exitosas correrías piratas por el Caribe, Madagascar y las Indias Orientales. Pero entre su tripulación hay un doctor cuáquero que es la voz de la moderación, William, que termina alejando a Singleton de su vida de asaltante de los mares.

Leída hoy, casi trescientos años después, la novela sorprende porque es difícil resistir la tentación de interpretarla como una historia de amor homosexual. William aleja a su amigo de la vida de pirata, y ambos viven juntos y felices para siempre en Londres, haciéndose pasar por griegos y nunca hablando inglés en público, con Singleton casado con la hermana de William para guardar las apariencias. Es tan particular que no resisto la tentación de creerla un caso real. Aclaro que sin ninguna prueba tangible.

EL FIN DE LA EDAD DE ORO

La piratería en aguas americanas fue una clara expresión de los conflictos geopolíticos y religiosos europeos entre los siglos XVI y XVIII. La España católica era la gran potencia europea de la época, y era dueña de los tesoros de América. Sus principales rivales (Francia, y más adelante los estados protestantes de Inglaterra y Holanda) carecieron hasta bien entrado el siglo XVII del suficiente poder como para imponerle condiciones al orgulloso león ibérico, y entonces recurrieron a la guerra de corso en donde era más débil: en sus aisladas y mal defendidas posesiones del Nuevo Mundo y en sus demasiado extensas líneas de comunicación.

El caso holandés es especialmente interesante. Las Provincias Unidas eran una pequeña república sumida en una guerra de liberación casi permanente contra España desde 1568 hasta 1648. Los corsarios holandeses eran empleados de compañías dirigidas por la clase dirigente del país, respetables burgueses de Amsterdam o Rotterdam que (para nada por casualidad) también estaban dando nacimiento al sistema capitalista moderno. La participación en el botín estaba fijada por contrato, y hasta se preveía un sistema de compensación para los lisiados por heridas en combate.

El negocio era tan fabuloso que pronto hubo quienes (sea que los llamemos piratas, filibusteros o bucaneros) se liberaron de las incómodas sociedades con los estados nacionales y los hombres de negocios y se lanzaron por la suya. Estos aventureros se unieron en sorprendentes hermandades igualitarias que trascendían las diferencias de idioma, raza y hasta de sexo (pues hubo capitanas piratas, como Anne Bonney y Mary Read) en pos de un sueño común: el oro ajeno, claro.

La edad de oro de la piratería americana tuvo lugar en la última mitad del siglo XVII, en coincidencia con la acentuación de la decadencia del poder español. Pero como la ecuación de poder internacional cambió de signo, los piratas, con su molesta costumbre de a veces no hacer distinción de banderas cuando de robar se trataba, dejaron de ser un instrumento necesario y se transformaron en una molestia: hubo leyes inglesas contra la piratería en 1680 y 1699, y en 1716 se lanzó la campaña de exterminio definitiva. Para 1730, ya eran historia.

A partir de este momento, las historias de piratas fueron una más de las formas de cultivar la nostalgia. Paradójicamente, esto fue vital para el éxito masivo del género. Los autores pudieron comenzar a modelar y recrear los personajes a su arbitrio, atribuyéndoles una ferocidad o un espíritu caballeresco más acorde con las necesidades del texto que con la realidad histórica. De hecho, el ennoblecimiento de esta variante marítima del latrocinio facilitaba la identificación del lector con el pirata, operación de éxito casi imposible si el autor se atenía a la historia.

Este giro también tuvo sus aspectos políticos: los autores anglosajones (y luego el cine de Hollywood) se esforzaron por revestir de nobles ideales una actividad cuyo motor siempre fue la mera codicia. Y es que Inglaterra simplemente le debía demasiado a sus lobos de mar. Así surgió el estereotipo del caballeresco pirata inglés que combate por la libertad, contrapuesto al del cruel gobernador español, casi siempre el padre de la única española bonita. Que, obviamente, se derrite por el filibustero.

EL CORSARIO (LORD BYRON, 1814)

Este poema de Lord Byron (1788-1824) fue un best-seller: vendió 10 mil ejemplares en su primer día de publicación. Su protagonista, Conrad, líder de los piratas del Mediterráneo, es una especie de Robin Hood marino; esta identificación de los piratas con la reacción de los desposeídos y los humillados comenzaba a hacer carrera.

EL CAPITÁN NEMO (JULIO VERNE, 1868-1874)

El Capitán NemoJulio Verne (1825-1905) escribió varias historias con piratas como personajes; detengámonos en algunas. En "El archipiélago en llamas" (1884), ambientada a fines de 1827 en el Mar Egeo, aparece un pirata y traficante de esclavos griego, Nicolás Starkos. En "Ante la bandera" (1896), el ingeniero francés Tomás Roch, inventor del Fulgurador Roch, es secuestrado por un misterioso personaje interesado en su terrorífica arma, el "Conde de Artigas", que resulta ser el pirata malayo Kerr Karraje. Éste, líder de la escoria de los siete mares, posee una escuadra pirata que incluye un submarino, y hasta una base secreta en un islote de las Bermudas.

Sin embargo, su pirata por excelencia es el Capitán Nemo, protagonista de obras como "Veinte mil leguas de viaje submarino" y "La isla misteriosa". Las dos novelas presentan a Nemo ("nadie" en latín) en forma diferente, hasta contradictoria. En la primera (publicada por entregas entre 1868 y 1870) es un europeo blanco, bastante cercano al James Mason de la película de la Disney. Verne no quería aclarar demasiado su origen, y su editor Hetzel le cuestionaba esta decisión. El autor le propuso entonces que fuera un expatriado polaco resentido con el imperialismo zarista, pero Hetzel vetó la idea porque necesitaba el mercado ruso...

En la segunda (una obra menor, publicada en 1874) se lee que Nemo es en realidad el príncipe Dakkar, hijo de un rajá indio y sobrino del líder rebelde Tipu Sahib, crecido en el odio al conquistador británico. Tras el fracaso del motín de los cipayos de 1857, se vuelca a la investigación científica y desarrolla un avanzado submarino, el Nautilus. Él y su leal tripulación navegan los mares, combatiendo la injusticia, especialmente la esclavitud. Como vemos, otra ve z los héroes piratas son empujados a esa actividad.

LA ISLA DEL TESORO (ROBERT LOUIS STEVENSON, 1881-82)

Arribamos quizás a la mejor historia de piratas de la literatura, quizás porque no es sólo una historia de piratas: es también (quizá sobre todo) la crónica de un viaje iniciático en el que un niño deviene hombre.

Stevenson (1850-1894) comenzó a escribirla para entretener las vacaciones de su hijastro, y casi sin querer pronto la vio publicada en la revista Young Folks, a fines de 1881. El protagonista, Jim Hawkins, un huérfano hijo de posaderos, se encuentra por obra del azar en poder del mapa que indica la ubicación del tesoro del Capitán Flint, y su protector, el lúcido doctor Livesey, decide ir a buscarlo con la ayuda de un rico caballero, el señor de Trelawney. La antigua tripulación de Flint también quiere el tesoro y logra disimularse entre los hombres de la expedición, que es capitaneada por un experimentado y capaz marino, Smollett. Además de éstos, hay una gran cantidad de brillantes personajes secundarios (el ciego Pew, Billy Bones, Israel Hands, Ben Gunn) y una de las figuras más fascinantes de la historia de la literatura: Long John Silver, cocinero de a bordo de la expedición y (algo que se descubre bien avanzado el libro) antiguo lugarteniente de Flint.

Silver, a los ojos del adolescente Jim, es un hombre de coraje y sabiduría de quien se puede aprender cómo vivir, una figura paterna increíblemente seductora, pero también revela ser un pirata con el sentido de la moral de un tiburón. El solo hecho de que uno de los personajes principales sea tan difícil de abordar desde una simplista oposición Bien / Mal hace de "La isla del tesoro" una obra bastante más interesante para un adolescente que, digamos, "Star Wars" y toda su burda metafísica de Fuerzas y Lados Oscuros. Además, es muy entretenida y está brillantemente escrita. ¿Qué más se puede pedir?

LOS TIGRES DE LA MALASIA (EMILIO SALGARI, 1895-1913)

El célebre y desafortunado escritor italiano Emilio Salgari (1862-1911) es autor de varias narraciones de piratas, que pueden ser agrupadas en dos familias: la de piratas del sudeste asiático y la de piratas americanos. Todas tenían en común que eran historias de aventuras, con héroes románticos y audaces que hacían todo lo que su autor (y sus febriles lectores) no podían realizar: luchaban por ideales, en medio de las selvas y el mar, en paisajes exóticos poblados de animales salvajes.

Las historias de piratas asiáticos son "Los misterios de la jungla negra" (1895),"Los piratas de la Malasia" (1896), "Los tigres de Mompracem" (1900), "Los dos tigres" (1904), "El rey del mar" (1906), "A la conquista de un imperio" (1907), "El regreso de Sandokán" (1907), "La reconquista de Mompracem" (1908), "El brahmán del Assam" (1911), "La caída de un imperio" (1911) y la póstuma "La revancha de Yáñez" (1913). Que aquí Gran Bretaña esté retratada como un imperio sanguinario nos acerca más a la verdad histórica; que los héroes sean luchadores antiimperialistas nos explica que el valiente y noble Sandokán haya sido el personaje literario preferido del Che Guevara en su niñez.

Al principio tenemos dos historias diferentes. En "Los misterios de la jungla negra" se cuentan las aventuras de Kamamuri y Tremal-Naik en India y su lucha por expulsar a los invasores británicos. En "Los piratas de la Malasia" se narra la historia del célebre Sandokán. Éste es un noble malayo a quien los ingleses le quitaron su reino y mataron a sus padres. Con la ayuda del portugués Yáñez de Gomera, se refugia en la isla de Mompracem, cerca de Borneo. Sus hombres son, como escribe el autor con maravilloso estilo, "malayos, dayakos de la isla de Borneo, siameses, cochinchinos, indios, javaneses, duguises, tagalos de Filipinas y negros; todos famosos por su audacia y ferocidad: una verdadera legión de demonios en espera de una orden para embarcarse en las naves y lanzarse a la lucha". Sandokán se enamora de "la perla de Labuán", lady Mariana, la sobrina de Lord Guillonk, el comandante de la flota británica en los estrechos malayos, y el libro es la historia de su lucha por hacerse con el amor de la bella inglesita.

En posteriores novelas nos enteramos que Mariana muere de una enfermedad tropical y asistimos a la amistad de los Fab Four del sudeste asiático (Sandokán - Yáñez - Kamamuri - Tremal-Naik), amistad que los lleva a combatir contra los tenebrosos Thugs en el reino indio de Assam y a la coalición de los ingleses, holandeses, españoles y el Sultán de Varauni en las Indias Orientales.

EL CORSARIO NEGRO (EMILIO SALGARI, 1898-1908)

Aquí tenemos toda una dinastía de piratas, expresada en "El corsario negro" (1898), "La reina de los caribes" (1901), "Yolanda, la hija del corsario negro" (1905), "El hijo del corsario rojo" (1908) y "Los últimos filibusteros" (1908).

Emilio di Roccabruna, señor de Ventimiglia, se convierte en bucanero para vengar la muerte de uno de sus hermanos, traicionado por el noble flamenco Wan Guld, quien es elevado por su villanía al cargo de gobernador de Maracaibo. Otros dos hermanos que lo acompañan en su venganza, el Corsario Verde y el Corsario Rojo (título de una novela previa del norteamericano James Fenimore Cooper) también caen víctimas de Wan Guld, por lo que el Corsario Negro jura exterminar a toda su familia. Unos días después hace prisionera a una bella dama, Honorata, de la que pronto se enamora, y que resulta ser nada menos que la hija del pérfido flamenco. Con el corazón en pedazos por la enésima pérdida debida al traidor, Emilio la abandona en una chalupa en medio del mar.

Cuando llega la hora del cara a cara entre Emilio y Wan Guld, la embarcación donde se enfrentan estalla en pedazos. Los fieles lugartenientes Carmaux y Van Stiller logran salvarlo, y los tres, a la deriva, llega a una isla donde hallan sana y salva a Honorata, convertida en reina de los caribes de la isla, que la creen una diosa. El amor marca el fin de las correrías del Corsario, que retorna a Italia a casarse con su amada y a ser padre de una hija, Yolanda, quien pese a su nombre (más propio de una comadre de barrio que de una pirata) sería a su turno una bucanera más.

EL CAPITÁN HOOK / GARFIO (J. M. BARRIE, 1902-1911)

Peter Pan, el célebre niño que no quería crecer, tenía un archienemigo, el capitán Hook ("garfio", en inglés, y a la vez juego de palabras con el célebre navegante inglés James Cook). El pirata fue "contramaestre de Barbanegra" y "el único hombre al que John Silver temió jamás". Tenía un gancho de hierro en lugar de mano derecha, cortada por Peter Pan y devorada por un cocodrilo. La extremidad fue tanto del gusto del reptil que lo sigue por todo el mundo esperando más... En el final de la primera novela el cocodrilo se termina dando el gusto, pero Hook es tan eficaz como villano que en las secuelas vuelve de alguna manera u otra.

El escocés James Matthew Barrie (1860-1937) hace aparecer a Peter Pan y Hook en un episodio de su obra "El pequeño pájaro blanco" de 1902. Dos años después adaptaría el episodio para teatro en "Peter Pan, o el niño que no quería crecer". En 1906, la historia de Peter Pan que aparece en "El pequeño pájaro blanco" fue publicada con el nombre de "Peter Pan en los jardines de Kensington". En 1911 apareció la novela final, "Peter y Wendy".

EL CAPITÁN BLOOD (RAFAEL SABATINI, 1922-1936)

Cuando el cine comenzaba a asentarse como espectáculo de masas aparece esta novela de aventuras del escritor ítalo-británico Rafael Sabatini (1875-1950), el creador de célebres personajes como Scaramouche y de otras novelas de piratas como "El halcón de los mares" (1915) o "El cisne negro" (1932).

Buena parte de la inmensa popularidad de este personaje de Sabatini se debe a la adaptación cinematográfica de sus aventuras, con un perfecto Errol Flynn en el rol central. El doctor Peter Blood, médico irlandés, es apresado por su participación en la rebelión de 1685 contra el último rey católico de Inglaterra, Jacobo II, y es enviado como esclavo a Barbados (hasta aquí, todos hechos reales, salvo la existencia del doctor, cuyo apellido en inglés significa, muy convenientemente para un médico y aún más para un pirata, "sangre"). Blood escapa y se vuelve otro ejemplo de un personaje que debe su vocación de pirata a una caída en desgracia de la que desea vengarse. Tras una serie de combates con los españoles de costumbre, en 1688 se produce en Inglaterra la Gloriosa Revolución, que acaba con el absolutismo y da paso a la monarquía parlamentaria, y entonces los rebeldes de antaño, con Blood entre ellos, tienen la oportunidad de recobrar la respetabilidad. La inspiración de Sabatini fue la vida de Henry Morgan tal como la relata Oexmelin (bien que con las adaptaciones del caso para que podamos considerar a Blood como un noble héroe).

Sabatini escribió dos novelas más con su personaje (no son secuelas, sino episodios de la vida como pirata): "El retorno del Capitán Blood" (1930) y "Las fortunas del Capitán Blood" (1936).

LA VIUDA CHING (JORGE LUIS BORGES, 1933-34)

El texto "La viuda Ching, pirata" apareció el 26 de agosto de 1933 en el suplemento sabatino del vespertino porteño Crítica. Borges (1899-1986) lo publicaría posteriormente en "Historia universal de la infamia", en 1935.

En este "ejercicio de prosa narrativa", como dice el propio Borges en el prólogo del libro, el autor argentino se toma algunas libertades con respecto a la historia real y perpetra una deliciosa chinoiserie, complaciéndose en remedar el estilo involuntariamente hilarante de las traducciones literales de la literatura china. (Si desean conocer la historia real y entienden inglés, puede interesarles este vínculo: http://www.beaglebay.com/women_pirates.htm).

Ching es un almirante pirata que es envenenado por sus aliados cuando se enteran que fue sobornado por el gobierno imperial chino para abandonar sus actividades. Su viuda toma el mando de los piratas con mano de hierro y los lleva a una campaña en la que el éxito les sonríe repetidas veces. El emperador Kia King (Jia Quing según las traducciones de hoy) ordena aplastarlos en 1809. La viuda Ching (al mando de una fuerza de 60 juncos y 40 mil piratas) destroza una primera expedición. Pero en 1810 decide rendirse en las vísperas de una batalla decisiva en el delta del Xi-Jiang, cerca de Macao, Hong Kong y Guangdong, la antigua Cantón. La viuda se entrega, es perdonada, y envejece dedicada al contrabando de opio.

EL MONJE, RASPUTÍN Y CORTO MALTÉS (HUGO PRATT, 1967-68)

Podría argumentar que "La balada del Mar Salado" de Hugo Pratt (1927-1995) tuvo una edición novelada en 1998, pero en realidad está aquí, como digno cierre de esta lista, porque es una excelente historia de piratas, más allá de su carácter de historieta.

"La balada..." apareció entre 1967 y 1969 en la revista italiana "Sargento Kirk", y es el punto de partida de la saga de uno de los mejores personajes de la última parte del siglo XX: el indómito aventurero Corto Maltés.

En los meses previos al desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, Corto se desempeñaba en el Pacífico Occidental como pirata bajo el mando del Monje, un misterioso personaje que asolaba las rutas comerciales "desde las Gilbert hasta las islas de sotavento" y que, al comenzar el conflicto bélico, se ha asociado con los alemanes para combatir a sus enemigos (franceses, británicos, japoneses). El monje tiene hasta bandera (un estilizado caballito de mar) y su propia Mompracem o La Tortuga, una pequeña isla llamada apropiadamente Escondida, más o menos ubicada en los 169 grados de longitud oeste y los 19 de latitud sur, cerca de la isla de Niue.

El argumento es complejo; el foco cambia varias veces, de Corto a su amigo / enemigo Rasputín, de El Monje a los primos náufragos Pandora y Caín Groovesnore (una especie de Jim Hawkins doble), del melanesio Cráneo al teniente de navío alemán Slutter y al maorí Tarao.

POSDATA 2005

En este comienzo del siglo XXI no abundan las novelas de piratas que dejan huella, tal vez porque, como dijo Pratt, "en un mundo donde todo es electrónico, donde todo se encuentra calculado e industrializado, no hay lugar para un tipo como Corto Maltés". El éxito de "La maldición del Perla Negra" en el cine demuestra que el entusiasmo por las aventuras de los lobos del mar no ha desaparecido sino todo lo contrario; empero, si hubiera llegado el momento de visitar el último puerto, no estaría de más citar un hermoso poema de Stevenson ("Para el comprador indeciso", en el prefacio a "La isla del tesoro").

"Si los cuentos que narran los marinos / hablando de temporales y aventuras, de sus amores y su odios / de barcos, islas, perdidos Robinsones / y bucaneros y enterrados tesoros / y todas las viejas historias, contadas una vez más / de la misma forma que siempre se contaron / encantan todavía, como hicieron conmigo / a los sensatos jóvenes de hoy / ¿qué más pedir? Pero si ya no fuera así / si tan graves jóvenes hubieran perdido / la maravilla del viejo gusto / por ir con Kingston o con el valiente Ballantyne / o con Cooper y atravesar bosques y mares / bien. ¡Así sea! Pero que yo pueda / dormir el sueño eterno con todos mis piratas / junto a la tumba donde se pudran ellos y sus sueños".



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