Para comprender la vida publica de Jesús 2P – JJ Benítez Vs

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Anonimo

Para comprender la vida publica de Jesús 2P – JJ Benítez Vs. LU

Por Ewy:

Documento: http://www.urantia.org/spanish/es_docs/doc136.html

LA SEGUNDA DECISIÓN

Habiendo aclarado su línea de conducta en relación con todas las personalidades de todas las clases de las inteligencias por él creadas, hasta donde se la pudiera determinar en vista del potencial inherente a su nuevo estado de divinidad, Jesús dirigió sus pensamientos sobre sí mismo.

¿Qué podía él, ahora plenamente consciente de que era el creador de todas las cosas y de todos los seres existentes de este universo, hacer con estas prerrogativas creadoras en las situaciones recurrentes de la vida con que se enfrentaría inmediatamente al regresar a Galilea para reanudar su obra entre los hombres?

En efecto, ya, allí mismo donde se hallaba en estas colinas solitarias, se le había presentado a la fuerza este problema en cuanto a conseguir comida. Al tercer día de sus meditaciones solitarias, el cuerpo humano sintió hambre. ¿Debía acaso ir en busca de alimento como cualquier común mortal, o bien ejercer simplemente sus poderes normales creadores, y producir allí donde se encontraba alimento apropiado para nutrir su cuerpo? Esta gran decisión del Maestro os ha sido descrita como una tentación —como un reto de supuestos enemigos, desafiándolo a que «mandara que estas piedras se convirtieran en panes»

Así pues estableció Jesús otra línea de conducta uniforme para el resto de su obra terrenal. En lo que se referiría a sus necesidades personales, y en general, aun en sus relaciones con otras personalidades, eligió deliberadamente, en ese momento, seguir la senda de la existencia terrenal normal; se decidió firmemente en contra de una línea de conducta que trascendiera, violara, o alterara las leyes naturales por él establecidas.

Pero no podía prometerse a sí mismo, tal como ya le había advertido su Ajustador Personalizado, que estas leyes naturales no pudieran, bajo ciertas circunstancias concebibles, resultar considerablemente aceleradas.

En principio, Jesús decidió que la obra de su vida se organizaría y procedería en conformidad con la ley natural y en armonía con la organización social existente.

El Maestro eligió por ende un programa de vida que equivalía a una decisión en contra de milagros y prodigios. Una vez más se pronunció a favor de «la voluntad del Padre»; una vez más puso todas las cosas en las manos de su Padre del Paraíso.

La naturaleza humana de Jesús dictaminaba que el primer deber era la auto preservación; ésa es la actitud normal del hombre natural en los mundos del tiempo y del espacio, y es, por consiguiente, una reacción legítima de un mortal de Urantia (La tierra).

Pero las preocupaciones de Jesús no se limitaban tan sólo a este mundo y sus criaturas; estaba viviendo una vida destinada a la instrucción e inspiración de las muchas criaturas de un vastísimo universo.

Antes de su esclarecimiento bautismal había vivido en perfecta sumisión a la voluntad y orientación de su Padre celestial. Enfáticamente decidió continuar en esa misma implícita dependencia mortal de la voluntad del Padre.

Se propuso seguir un curso no natural —decidió que no procuraría la auto preservación. Eligió continuar con su línea de conducta según la cual se negaba a defenderse.

Expresó sus conclusiones en las palabras de las Escrituras conocidas a su mente humana: «No sólo de pan vivirá el hombre, mas de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Al llegar a esta conclusión sobre el apetito de la naturaleza física tal como se expresa en el hambre de alimento, el Hijo del Hombre hacía su declaración final sobre todos los demás instintos de la carne y los impulsos naturales de la naturaleza humana.

Tal vez podría usar su poder sobrehumano para ayudar a otros, pero para sí mismo, nunca. Y se mantuvo fiel a esta línea de conducta por siempre y hasta el fin, cuando de él se dijo con sarcasmo frente a la cruz “Pudo salvar a otros y no puede salvarse a si mismo” — ciertamente y porque no lo quiso.

Los judíos esperaban a un Mesías que hiciera aun mayores maravillas que Moisés, de quien se decía que había hecho manar agua de la roca en el desierto y que también había alimentado con maná a sus antepasados en el desierto.

Jesús conocía la clase de Mesías que esperaban sus compatriotas, y tenía todos los poderes y prerrogativas para equipararse con sus más ardientes esperanzas, pero decidió en contra de tan magnífico programa de poder y gloria.

Jesús consideraba semejante curso de acciones milagrosas esperadas como un retroceso a los tiempos antiguos de magia ignorante y a las prácticas depravadas de los hechiceros salvajes.

Quizás, para la salvación de sus criaturas, se aviniera a acelerar la ley natural, pero transgredir sus propias leyes, ya fuese para su propio beneficio o para deslumbrar a sus semejantes, eso no lo haría. Y la decisión del Maestro fue final.

Jesús se condolía de su pueblo; entendía plenamente cómo habían sido conducidos a esperar al Mesías venidero, cuando «la tierra producirá diez mil veces más frutos, y una vid tendrá mil pámpanos, y cada pámpano producirá mil racimos, y cada racimo producirá mil uvas, y cada uva producirá un barril de vino».

Los judíos creían que el Mesías inauguraría una era de milagrosa abundancia. Durante mucho tiempo se nutrieron los hebreos de tradiciones de milagros y leyendas de prodigios.

No era él un Mesías que venía para multiplicar el pan y el vino. No venía para ministrar tan sólo las necesidades temporales; venía para revelar su Padre celestial a sus hijos terrenales, mientras trataba de conducir a estos hijos para que con él hicieran el esfuerzo sincero de vivir haciendo la voluntad del Padre celestial.

Con esta decisión, Jesús de Nazaret demostraba para un universo espectador, cuán tonto y pecaminoso es prostituir los talentos divinos y la capacidad dada por Dios para el engrandecimiento personal o para beneficio y gloria puramente egoístas.

Había sido ése el pecado de Lucifer y Caligastia. Esta gran decisión de Jesús ilustra dramáticamente la verdad de que la satisfacción egoísta y la gratificación sensual, de por sí solas, no pueden dar la felicidad a los seres humanos evolutivos.

Hay valores más elevados en la existencia mortal —maestría intelectual y avance espiritual— que trascienden de lejos la gratificación necesaria de los apetitos e impulsos puramente físicos del hombre.

Las dotes naturales de talento y habilidad del hombre deberían aplicarse principalmente al desarrollo y ennoblecimiento de sus más elevados poderes de mente y espíritu.

Jesús revelaba así a las criaturas de su universo la técnica de un camino nuevo y mejor, los valores morales más elevados del vivir y las satisfacciones espirituales más profundas de la existencia humana evolucionaría en los mundos del espacio.

LA TERCERA DECISIÓN

Habiendo tomado pues sus decisiones sobre los asuntos relacionados con el alimento y la administración física de las necesidades de su cuerpo material, el cuidado de su salud y de la salud de sus asociados, aún quedaban otros problemas por resolver.

¿Cuál sería su actitud al enfrentarse con situaciones de peligro personal? Decidió ejercer una vigilancia normal sobre su seguridad humana y tomar precauciones razonables para prevenir el fin prematuro de su carrera en la carne, pero decidió que se abstendría de toda intervención sobrehumana cuando sobreviniera la crisis de su vida en la carne.

Al tomar esta decisión, estaba Jesús sentado a la sombra de un árbol, sobre un saliente rocoso, y a sus pies se abría un precipicio. Se daba plena cuenta de que podía deslizarse del saliente y arrojarse al espacio, sin que nada le sucediera que lo lastimara, siempre y cuando revocara su primera gran decisión de no invocar la interposición de sus ayudantes celestiales en la continuación de su obra en la tierra (Urantia), y siempre y cuando abrogara su segunda decisión respecto a su actitud hacia la auto conservación.

Jesús sabía que sus compatriotas esperaban un Mesías que estuviera por encima de la ley natural. Bien le habían enseñado esa Escritura que dice: «No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. En las manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra».

¿Se justificaría una presunción de esta índole, este desafío a las leyes de gravedad de su Padre, para protegerse de heridas o, acaso para ganar la confianza de su pueblo mal enseñado y desorientado? Pero este curso de acción, por más gratificante que fuera para los judíos a la espera de un signo, sería, no una revelación de su Padre, sino un dudoso juego con las leyes establecidas del universo de los universos.

Si entendéis todo esto y sabéis que el Maestro se negó a desafiar las leyes de la naturaleza por él establecidas en cuanto a lo que se refiriera a su conducta personal, sabéis con certidumbre que él nunca caminó sobre las aguas ni hizo ninguna otra cosa que constituyera un insulto a su orden material de administrar el mundo; pero, por supuesto, recordad siempre que aún no se había encontrado la manera de librarlo completamente de la falta de control sobre el elemento de tiempo en conexión con los asuntos encomendados a la jurisdicción del Ajustador Personalizado.

Durante toda su vida terrenal Jesús fue constantemente fiel a esta decisión. Aunque los fariseos lo provocaron pidiéndole un signo, o aunque los espectadores en el Calvario le desafiaron a que descendiera de la cruz, se adhirió firmemente a la decisión que en esa hora tomó en la montaña.

LA CUARTA DECISIÓN

En otra entrega.
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No hay Blancos y negros sino distintas tonalidades de Gris – Me llaman el Hombre Gris del Sur.

Espero que les haya gustado.

Un abrazo de Ewy.

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