Un ejemplo de ciencia ficción doméstica

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Calzado a la medida.
Un ejemplo de ciencia ficción doméstica.

por Dixon Moya

Este artículo es casi una apología de los "relatos domésticos de ciencia ficción", es decir, aquella variante de este tipo de literatura, que se mantiene alejada de las grandes naves espaciales y demás argumentos rimbombantes y presuntuosos.
Un relato de este tipo encara los problemas cotidianos de la gente, que no por pequeños dejan de ser menos importantes.

A Patricia, cuya huella está marcada en mi alma.

Uno de los mejores cuentos de ciencia ficción que he leído en mi vida, pertenece a la pluma del escritor ruso Víctor Saparin, o si lo prefieren Viktor Stepanovich Saparin (1905-1970) y se titulaba "Las botas mágicas" ("The magic shoes", no me pidan que lo escriba en ruso porque no tengo idea). El argumento era tan simple como complejo, un chico, llamado Petja, que como todos los que pertenecen a esa maravillosa edad, gasta sus energías jugando con sus pares en la calle y paralelamente desgasta las suelas de sus zapatos, hasta que un día recibe un sencillo e inesperado regalo, por parte de un hombre mayor, quien ha sido testigo de su brío incansable así como de las penurias económicas de su madre, Antonina Ignatova. Se trata de un par de botas, que seguramente como la mayoría de artefactos de la era soviética no se destacarían por su estética, pero sí por su eficacia. No recuerdo si el autor hace una descripción detallada de los zapatos, pero imagino que eran unas botas pesadas, de puntera cuadrada reforzada y suela gruesa, de color negro o marrón oscuro. Sin embargo, la esencia del relato no descansaba en la superficie sino en el fondo, como diría Aristóteles (hilemorfismo), en el hyle (materia) no en el eidos (forma), en la esencia no en la apariencia. En este caso, en el material en el cual estaban hechas las botas, se trataba de un sustrato eterno, interminable e indefinible, a prueba de cualquier niño. Imaginen, zapatos inagotables, el sueño de todo padre, y por ende de todo esposo, si lo llevamos al plano del calzado femenino que trataremos más tarde.

En mi opinión este cuento, es la muestra perfecta de lo que podríamos llamar los "relatos domésticos de ciencia ficción", es decir, una variante de este tipo de literatura, alejada de las grandes naves espaciales y demás argumentos rimbombantes y presuntuosos, para acercarla a los problemas cotidianos de la gente, que como decía sobre el cuento mencionado, pueden ser tan sencillos como intrincados. Siempre he considerado, que este podría y en cierto modo debería ser uno de los filones para explotar por parte de los autores hispanoamericanos. En ocasiones, nos vemos repitiendo los argumentos descubiertos y trabajados hasta el cansancio por escritores de otras latitudes, olvidando los elementos y sustancias que están a nuestro alrededor. Lo importante, es que esto no es incompatible con la posibilidad de estar a la vanguardia de la ciencia y tecnología, porque nuestra historia reciente o pasada, está plagada de pequeños gigantes inventos, hechos con sueños imaginados en idioma español, como un bolígrafo argentino o una válvula colombiana contra la hidrocefalia.

Volviendo, o mejor sería decir desandando, al tema del calzado, este es un buen ejemplo, de lo importante que son los temas cotidianos en nuestra vida. Puede existir un invento que a pesar de las múltiples variantes, mantenga su espíritu fiel al original modelo? Sin inventor que lo haya patentado, seguramente un hombre recién salido de las cavernas, cansado de los dolores en los pies causados por el suelo agreste y su propia evolución, pues ahora despojado de pelos, su piel estaba expuesta a los peligros del medio, decidió un buen día conseguir una plantilla hecha con hojas fuertes, un pedazo de cuero abrigado y unas lianas que lo amarrarán al pie. Ese día, como dijo una vez el señor Neil Armstrong, la humanidad dio un gran paso. Luego la historia se complicó, sobre todo en materia de calzado femenino, pues es un hecho conocido que la mente de la mujer es compleja y su espíritu difícilmente experimenta satisfacción, sobre todo a la hora de las compras. Sin embargo, debemos reconocer que la mujer transformó una necesidad en arte.

El pie humano, más que un órgano es una herramienta, más que una obra estética es una construcción de refinada ingeniería, que desafía las leyes sobre resistencia y equilibrio. La mujer es consciente de eso, los pies no están hechos para ser exhibidos, son utilitarios, así que permanentemente exige artefactos que cubran esta parte del cuerpo. A diferencia de otros órganos cuyas vestimentas, necesitan cada vez menos material, como las blusas, faldas o pantalones, los pies parecieran ir en contravía, e incluso como en el caso de las botas que llegan hasta las rodillas, colonizan nuevos territorios escapando de su área de acción. Es cierto que existen zapatillas descubiertas, que dejan libres los dedos, lo cual sería más lógico, pero siendo sinceros en pocos casos se ven bien, mantener un pie inmaculado y bello, no sólo requiere una buena herencia genética, sino extremos cuidados que escapan a las posibilidades socioeconómicas, de la mayoría de mujeres. No todas las damas tienen la posibilidad de calzarse bien, ni siquiera de calzarse, lamentablemente aún hay miles que siguen siendo perseguidas por la ignorancia y la miseria.

Pero retomando el paso, la mujer le ha aportado mucho a la industria del calzado, posiblemente desde la cenicienta con su zapatilla de cristal hasta doña Imelda de Marcos con sus miles de pares de zapatos, los diseñadores han tratado de innovar y crear en una materia que pareciera no tener mayores posibilidades. Las señoras transformaron la función de un pequeño elemento llamado tacón, diversificando sus posibilidades, convirtiéndolo en símbolo paradójico, al mismo tiempo de elegancia e incomodidad, de ascenso social y complejo de inferioridad, de seducción y peligro, pues en malas manos, o malos pies, puede ser un arma letal, o por lo menos sirve de castigo a los malos bailarines, como quien esto escribe. Hace poco acompañé a mi esposa a un almacén de zapatos, ubicado en el barrio bogotano Restrepo, famoso por su tradición de calzado, allí en medio del olor característico del cuero nuevo y lustrado, me llamaron la atención unas botas para mujer, cuyos tacones estaban situados no como es la costumbre finalizando el talón, sino en la mitad del mismo. Aunque no me gustaron, porque es difícil aceptar lo que va contra lo establecido, no pude dejar de admirar a quien tuvo la ocurrencia de cambiar de lugar, así fuera unos pequeños centímetros, aquel elemento que ha estado en el mismo sitio durante cientos o miles de años. Sin lugar a dudas, y quizás aunque su creador no fuera consciente, se trataba de una modificación crucial.

Si nos atenemos a la ciencia ficción, podemos especular y pensar que quizás algún día, una mujer primorosa y elegante, entre a un sofisticado establecimiento sin vitrinas, más parecido a un consultorio médico que a un almacén de calzado, en donde un especialista tome con delicadeza sus pies, los introduzca en un reducido cubículo y luego con su computador u ordenador tome todas las medidas correspondientes, en las tres dimensiones conocidas. Más tarde con el modelo virtual, recreará las posibilidades en cuanto a material, diseño, color, tacones y demás accesorios a gusto de la cliente. Cuando al término de los minutos o las horas, la señora esté por fin decidida y otorgue su visto bueno, el operario ingeniero oprimirá un botón verde, en donde se lee "enter", accionando una inmensa máquina que mezclará sustancias, texturas, cortará y pegará, para que al final mediante un sonido agudo como un pito, o una voz electrónica pregrabada, anuncie que los zapatos están listos. Al cabo de unos meses, la misma señora tratando de pasar desapercibida, sobre todo para vecinas y conocidos, llevará los mismos zapatos a un estrecho local, entregándoselos a un hombre con lentes redondos y manos negras por su trabajo, pidiéndole que los remonte, es decir, que le cambie las tapas a los tacones. El hombre, tal vez de los pocos zapateros que existan, pertenece a ese gremio de los artesanos que a pesar de los cambios tecnológicos, se resiste a desaparecer. Seguramente será un día entre semana, porque es bien sabido que los zapateros no trabajan el lunes.

Dixon Moya.

Bogotá, febrero de 2002.

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