Horror, sociedad y deshumanización en Douglas E. Winter

Horror, sociedad y deshumanización en tres cuentos de Douglas E. Winter

por David Monroy Gómez

Quien ve una foto de este abogado avecindado en Oakton, Virginia, bien vestido y elegante, no se imagina la clase de horrores que ha contemplado en su mente, algunos de los cuales ha vertido en textos antológicos y en lúcidas críticas. Su biografía es la de un hombre compasivo y amante de los animales y de la humanidad, aunque en su ficción retrata a esta última en sus peores ángulos.

1. La Madre de Todos los Horrores

De pronto, la tranquilidad de una mañana escolar se ve truncada por disparos. Muchos disparos. Después, cientos de cabezas empiezan a gritar.

La sociedad contemporánea, este modelo de tecnología omnipresente y milagros científicos, ha dado sustento a niños y adolescentes que matan sin tener siquiera una lejana idea de las consecuencias de tomar una vida humana, porque no han sido preparados para el bien ni para el mal (aunque tienden hacia este último). El mundo adulto les ha heredado una situación psicótica altamente agresiva que va más allá de la anecdótica carrera de ratas e incluso más allá de la imagen de una caja repleta de roedores hambrientos.

Se buscan culpables y se apunta con el índice al cine, a la Internet, a los juegos de video, al descuido y la mala educación, a la genética. Asimismo, se reelaboran complejas teorías psicoanalíticas y criminalísticas... La sociedad, finalmente, declara su impotencia. ¿Cómo evitar estos sucesos? ¿Qué factores distinguen a los malos elementos del resto del rebaño? ¿En qué se equivocaron los padres? ¿En qué nos equivocamos todos?

La verdad es que la culpa puede dividirse equitativamente entre los individuos que pertenecen a una comunidad; éstos han permitido e incluso alentado el surgimiento de una sociedad corrompida, que pone como ejemplos a sus miembros más jóvenes figuras de autoridad que han pasado por encima de pueblos enteros, han violado múltiples veces las leyes que dicen defender, y han demostrado una indiferencia criminal ante los hechos de sangre en el mundo, mientras no se cometan en los patios de sus escuelas.

También hay que culpar al contexto canibalístico de la competencia, donde no sobrevive quien no patea al vecino, y al afán material galopante que tasa el valor del dinero, pero no el de la vida humana (o determina éste por aquél). La sociedad actual establece la importancia de las personas por su estatus, su automóvil, su DVD, y el contexto socieconómico determina el exterminio del otro, figurado o literal.

A todo esto hay que añadir los ingentes problemas de la humanidad, que no han hallado solución a pesar de tecnologías y avances tales, que parecen de origen extraterrestre. La pobreza, las diversas injusticias sociales, la contaminación, la carencia de educación, el desempleo...

De este contexto no cabe esperar sino la violencia. El ser humano se ha empeñado en obligarse a sí mismo a vivir hacinado, sin brújula interna, colgado de los paraísos artificiales, empecinado en amargarle la vida al prójimo, inserto en una rutina que va minando su capacidad de entendimiento. Las grandes ciudades, esos espacios de convivencia ideal donde todos podrían prosperar y vivir felices por siempre, se han convertido en recintos cerrados que enloquecen poco a poco a sus desafortunados moradores. Véanse si no los sitios inhumanos para medio vivir que el hombre se ha destinado en los grandes núcleos urbanos, sus lugares de trabajo, sus medios de transporte...

Esta sociedad caótica tiene sus monstruos, sus especiales, abominables criaturas: el psicópata emboscado dentro del burócrata, las hordas de muertos vivientes en calles y avenidas, vampiros de toda clase que esperan el menor descuido... Estas figuras del horror compiten y se combinan tangiblemente con otras: el ladrón, el asesino, el neurótico que pasa del insulto a la pistola...

La sociedad, Madre de Todos los Horrores, da origen al terror urbano.

Por supuesto, no todos los comportamientos que se aprecian en las sufridas aglomeraciones humanas caben en el bote de basura. Sin embargo, la dimensión mítica del Bronx y otros sitios por el estilo se encuentra fundada en la vacuidad y la violencia que nos han vendido los medios, la mala fama, y carecemos de información sobre los probables actos de solidaridad y amor a la vida que se manifiestan en comunidades desesperanzadas, que sólo concebimos como habitadas por seres que se lanzan sobre los cuellos de otros a la menor provocación u oportunidad.

A esta dimensión pertenecen también los horrores tangibles de Tijuana, Ciudad Juárez, la propia Ciudad de México y tantos otros lugares donde la vida vale menos que nada. De estas historias de horror reales, que son las peores, nos queda el testimonio de los cuerpos en calles, casas, edificios departamentales, desiertos...

El horror último de los núcleos sociales enloquecidos lo plasmó genialmente el escritor estadounidense Harlan Ellison en su cuento "El gemido de los perros apaleados", que ya en los lejanos años 60 lanzaba un grito --un alarido-- de alarma ante la violencia urbana y la progresiva pasividad e indiferencia del hombre ante el dolor e incluso la muerte de sus semejantes.

El mensaje de la historia ellisoniana es claro: no ayudes a los otros, no levantes la mano para protestar, no te preocupes.

Sobre todo, no te preocupes: el siguiente eres tú.

 

2. Douglas E. Winter, vida y obra

Quien ve una foto de este abogado avecindado en Oakton, Virginia, bien vestido y elegante, no se imagina la clase de horrores que ha contemplado en su mente, algunos de los cuales ha vertido en textos antológicos y en lúcidas críticas. Su biografía es la de un hombre compasivo y amante de los animales y de la humanidad, aunque en su ficción retrata a esta última en sus peores ángulos.

Douglas E. Winter nació en Saint Louis, Missouri, en 1950. Además de ejercer como abogado en un bufete internacional, es autor de Faces of Fear (1985), Stephen King: The Art of Darkness (1989), y Revelations (1997). El año 2000 vio la aparición de su primera novela, Run. También editó una de las antologías de la serie Night Visions --publicada por Ediciones Roca en español como Visiones nocturnas--, con textos de Stephen King, Dan Simmons y George R. R. Martin. Grijalbo dio a conocer en dos volúmenes, Escalofríos y Pesadilla, su antología Prime Evil (1988).

Ha publicado más de doscientos artículos y relatos en medios disímbolos --sus artículos en Fangoria abarcaban desde los altibajos de la función para prensa de Hellraiser hasta las implicaciones sociales de la saga de Alien-- y ha ganado el Premio World Fantasy. Fue nominado al Hugo y al Bram Stoker.

En cuanto a proposiciones críticas, Winter piensa que el horror no es un género, sino una emoción, y en su tiempo se negó a ser considerado como un splatterpunk más. Ha luchado por dotar al horror literario --al que ha diseccionado, o viviseccionado, si se prefiere, con instrumentos inteligentes-- de un aparato crítico serio y respetable, en lo que coincide con David G. Hartwell (The Dark Descent).

En sus ensayos, Winter deja traslucir una preocupación sociológica (véase su artículo "Las crónicas de Alien", por ejemplo). Este mismo factor, aplicado a la ficción oscura, genera extraordinarios cuentos de horror de tesis (sin que esta etiqueta implique ningún elemento peyorativo). Gracias a su especial posición como crítico y creador, así como amante de los géneros que practica, Winter crea poderosos textos que resuenan en la mente del lector durante mucho tiempo.

Hace falta una antología para apreciar más el arte oscuro de Winter. Mientras algún editor se lanza al ruedo, ya está disponible Run, y el lector interesado puede profundizar en el pensamiento y las preocupaciones winterianas si acude al sitio www.horroronline.com, donde está disponible una jugosa entrevista con el escritor, además del artículo "The Pathos on Genre", del propio Winter.

En las siguientes líneas veremos cómo el escritor retrata en tres de sus cuentos los horrores de la sociedad actual, y cómo plantea literariamente el ámbito urbano-inhumano y sus consecuencias.

 

3. "Splatter": del cine puedes salirte, pero de la realidad no

"Splatter: A Cautionary Tale" se publicó por primera vez en la antología Masques II (1987), de J. N. Williamson, y posteriormente en Silver Scream (1988), de David J. Schow. En español se puede leer en Horror 7, de Ediciones Roca, con el confuso título de "Cine catastrofista". Por supuesto, no tiene nada que ver con esas películas de los años 70, de infiernos en la torre, terremotos o aeropuertos, sino con la sanguinolencia, las tripas y la sangre cinematográfica.

En cuanto a lo formal, Winter divide inteligente y magistralmente el cuento en fragmentos, cada uno de ellos encabezado por el título de una película splatter o gore, desde Apocalypse Domani hasta Zombie.

"Splatter" cuenta las historias-paralelas-que-finalmente-se-encuentran de Rehnquist, un fan del horror que termina lobotomizado; la profesora Cameron Blake, activista en contra de la violencia y la pornografía en los medios, y Tallis, novelista autor de Jeremiad.

La anécdota se inserta en el marco de estudio de la Ley H. R. 1762, impulsada por víctimas de la violencia en la realidad --y vehículo del diputado James Stodder, líder del subcomité que lleva su nombre--, y que busca regular o censurar de plano el horror y los actos violentos en literatura y cine.

La campaña por la aprobación incluye una bonita quema de libros dirigida por el reverendo Wilson Macomber, así como el aseguramiento de materiales diversos: las fotos de una actriz asesinada por sus raptores y las ficticias Apoteosi del Mistero, película de Lucio Fulci, y Requiem, novela de Clive Barker, así como una película snuff.

Por supuesto, lo que el subcomité Stodder --formado, adivinamos, por buenos ciudadanos preocupados-- no señala es que en la TV, medio omnipresente entre nosotros, aparecen actos violentos por todas partes, como atestigua Rehnquist: desde las noticias hasta los videos musicales, pasando por los programas de entretenimiento. Esto demuestra el grado de deshumanización e incoherencia alcanzado por las mismas personas preocupadas por las "ofensas a la moral" que las obras artísticas puedan implicar, pero que no dicen una palabra sobre las violencias sociopolíticas y económicas que se ejercen sobre el individuo.

Tras un encuentro-shock de Rehnquist con Cameron Blake, el mal social triunfa: la ley se aprueba y se da paso al control de pensamiento; la obra de Tallis se enfrenta a la censura, y Rehnquist es lobotomizado.

El cuento es un alegato sobre la libertad de expresión y el libre albedrío, a la vez que un divertimento creado por un fan para otros fans, como lo demuestra su alto nivel intertextual, sus guiños al lector.

 

4. "Less Than Zombie": los hermosos muertos vivientes

"Less Than Zombie" apareció en la antología Book of the Dead (1989), de John Skipp y Craig Spector. Paul Sammon la rescató en su extraordinaria Splatterpunks (1990).

El texto es un homenaje-parodia-pastiche al lenguaje y el entorno de Less Than Zero, de Bret Easton Ellis, novela que describe las vidas unidimensionales de un grupo de yuppies de Beverly Hills.

En Less... aparece una escena sintomática: Ellis describe a unos aburridos jóvenes que atestiguan, en la pantalla de un televisor, las lentas torturas que inflige un hombrón negro a una muchachita. Suspende la escena (porque un personaje sale del cuarto, no por pudor) cuando el negro está a punto de introducirle un clavo en la garganta a la chica.

American Psycho

, del mismo autor y su novela más famosa, revela la doble vida del yuppie Patrick Bateman, con abundantes descripciones gore que le valieron a Ellis, en su día, la censura, el repudio y el odio de diversas organizaciones.

Por lo que toca al cuento de Winter, la anécdota se reduce a un estallido de violencia en el seno de un quinteto yuppie de Los Angeles. Las vidas de Skip, DJ, Jane, Deb y el narrador, Bret, se reducen a sexo vacío, giras por clubs de moda, ver MTV, comer en lugares lujosos...

Tras una sesión de video casero con Dawn of the Dead y Zombie, Skip apuñala a Jane en un callejón, "como en la película"; los otros contribuyen al resultado final con ladrillos y patadas. La escena concluye con una cabeza reventada que prefigura la de American History X.

En el desarrollo de la historia, el autor, auxiliado por un lenguaje frío, un lenguaje zombie, da cuenta de la deshumanización y de la carencia de emociones de los jóvenes yuppies. Aun la violencia más extrema contra Jane está ralentizada, es una explosión silenciosa. Estos personajes se han alejado de todo, y ni siquiera la muerte puede despertarlos de su horripilante letargo. Son hermosos muertos vivientes, pero menos que zombies.

Winter demuestra estar emparentado con Ellis más allá de lo anecdótico-paródico, pues ambos observan con alarma cómo los miembros de las élites económicas pueden llegar al supremo horror de la destrucción en su búsqueda de emociones o no-emociones.

Lo más aterrador de "Less Than Zombie" es reconocer que los portadores de la muerte y el caos son personas comunes y corrientes, no mutantes con tres cabezas ni entidades sobrenaturales. Es una historia que bien puede ser ilustración de la tesis del George A. Romero de La noche de los muertos vivientes: "Ellos son nosotros". Nosotros somos el horror.

 

5. "Loop": el lecho de amor y de muerte*

"Loop" apareció en 1995, en la antología Dark Love, de Nancy A. Collins, Edward E. Kramer y Martin H. Greenberg. En español se puede conseguir en Malignos y macabros (Plaza y Janés), bajo el título "La última cinta".

Un ejecutivo, Delacorte, se obsesiona con la imagen de una actriz de cine pornográfico, y comienza un proceso de adoración que roza lo religioso. Consigue frenéticamente los materiales donde ella aparece, buscando aprisionar la vida de la otra. El conflicto se resuelve tras la muerte accidental y estúpida de la mujer durante una filmación: Delacorte asiste a la proyección exclusiva de un video que sería común y corriente si no implicara la autopsia del objeto de sus sueños húmedos.

Gran tema: la imagen corporal que obsesiona. A mí me sucedió con la publicidad impresa de ciertos productos naturistas: una mujer perfecta en bikini que mira retadoramente a la cámara. Sigámosla.

La actriz que Delacorte persigue es representación de todas las actrices que aparecen y desaparecen sin dejar huella alguna sobre la faz de la Tierra. Carece de nombre, o el suyo está formado por nombres de fantasmas. Carli Prince recorre el camino del submundo porno a lo comercial: videos musicales, anuncios y un papel "en la siguiente película" de Brian de Palma. Sólo tras la muerte, durante la proyección del video de su autopsia, puede recuperar su verdadero nombre, su dimensión humana: Charlotte Pressman.

En el transcurso de la historia echamos una ojeada al mundo del cine porno, al mercado de los cuerpos exigido por la sociedad contemporánea. También, como en las historias anteriores, Winter ofrece atisbos de la violencia de la realidad, y además nos permite observar los cambios que sufre una arquitectura decadente en un contexto igualmente en crisis: los pequeños comercios que son engullidos por la gran ciudad, y los sitios en que se refugian, bajo las sombras de los rascacielos, las almas perdidas en busca de emociones.

El punto central de la historia es la incapacidad de Delacorte --y de la humanidad a la que representa-- para el amor. Las relaciones "reales" no lo satisfacen y lo empujan a establecer un vínculo entre video y sexo, primero, y después entre sexo y muerte, una poderosa obsesión que va más allá de la tumba, más allá de la autopsia...

"Loop" demuestra que la libertad de nuestro cuerpo llega hasta donde el otro cuerpo lo permita o desee, y es imagen fiel de esa soledad inherente al ser humano, que sólo pueden llenar el amor o la muerte.

 

6. Conclusión: esperando el rayo

La de Douglas E. Winter es una narrativa que asiste a la desensibilización progresiva de un cuerpo social, a la despersonalización y deshumanización del individuo. Es un retrato angustiante de los tiempos desesperados en que vivimos, de la inseguridad en que transcurren nuestras frágiles vidas.

Cronista del caos, Winter traza el panorama de una sociedad que bajo cuerpos sanos guarda mentes o almas enfermas. Su ficción ayuda a establecer la distancia entre la noticia de la TV y el horror que implican para nuestras pequeñas existencias los crímenes, los abusos, la violencia.

Winter nos muestra que la masificación es un caldo de cultivo ideal para el horror y para la indiferencia ante éste. La nota roja, crónica oscura de la época, ya no conmueve: es sólo una sección que se lee al mismo nivel que los chismes sobre cantantes y actrices, y que incluso está por debajo del comentario sobre el último partido de futbol en cuanto a importancia. Nos hemos vuelto insensibles. La mediatización destruye el efecto: eso siempre les pasa a otras personas, nunca a uno, nunca a nadie de nosotros.

Asimismo, la ficción de Winter nos recuerda que el verdadero horror no viene del exterior ni es algo a lo que Sigourney Weaver pueda volarle la cabeza con un arma de dos metros de largo. Es algo de dimensión humana, demasiado humana, que nos toca la mano todos los días y que, en el instante menos pensado, pasa del contacto a la dentellada brutal que arranca miembros.

Sobre todo, Winter señala en su trabajo que el horror literario contemporáneo no es sólo tripas y sangre, sino también una invitación a reflexionar. Es un género que nos hace menos brutales y menos insensibles, al contrario de los horrores reales, que nos convierten en seres más torpes e indiferentes, hasta que el rayo cae cerca de nosotros o directamente encima de nuestras cabezas.

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