Cine fantástico español Parte I

APROXIMACIÓN AL CINE FANTÁSTICO ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO

1ª PARTE Los setenta y los ochenta:

por Juan Carlos Martínez
Primer Pase

Cine fantástico, terror, ciencia-ficción y todas las posibles permutaciones y mezclas de estos tres géneros han permanecido tradicionalmente vetados al cine español.

Juan Carlos Martínez - Primer Pase

 

Cine fantástico, terror, ciencia-ficción y todas las posibles permutaciones y mezclas de estos tres géneros han permanecido tradicionalmente vetados al cine español. Una especie de ley no escrita impedía a guionistas en primera instancia y después a productores, embarcarse en proyectos con pretensiones de asimilar los planteamientos propios de este tipo de cine.

Las razones eran principalmente la falta de dinero para llevar adelante de forma digna proyectos de esta envergadura. También fue determinante el miedo atroz a la reacción o ausencia de la misma por parte de gran parte del público español que por sus prejuicios y provincianismo cinematográfico del que hizo gala hasta los noventa, no admitiría la posibilidad de encontrar productos de calidad en estos género cinematográficos.

El "cutre terror" español de los setenta:

Algunos ejemplos hay e incluso hay ciertos autores que se permiten hablar de "fantaterror español". Las escasas aportaciones –tanto en cantidad de películas como en calidad- que hasta finales de los ochenta, hizo el cine español fueron orquestadas por "talentos" como Jacinto Molina, más conocido como Paul Naschy; Jesús Franco (auto presentado como Jess Franco) y ciertas películas directamente engarzadas con el cine de aventuras, realizadas por Juan Piquer en los setenta y ochenta.

La gran mayoría de estas producciones contaban con un presupuesto irrisorio, factura técnica pobre, contenidos tópicos y constante recurrencia a mitos del terror anacrónicos incluso para la época como Drácula, el hombre lobo, etc. Paul Naschy hizo denodados esfuerzos por una cierta regularidad en la producción de cine fantástico y de terror en España pero los resultados fílmicos hablan por si solos: son producciones deficientes desde casi todos los puntos de vista, anecdóticas y tópicas.

Casi no merecería mención Jesús Franco, quien se atrevió volver a la dirección ya en la década de los noventa con Killer Barbies (1997), una película de casquería lamentable. Franco fue un experto en la producción de bazofia condimentada de modo oportunista con dosis de erotismo y desnudos en un intento patético por atraer espectadores a costa de lo que fuera. La época de apogeo de estas películas fueron los años setenta.

Como conclusión, Naschy y Franco constituyeron una rareza en el cine español cuyos resultados son la mayoría de las veces mediocres cinematográficamente hablando. El austero Juan Piquer fue quien intentó dotar de más seriedad al género desde la segunda mitad de los setenta, su gusto por el maquillaje y los efectos especiales artesanales le impulsaron a dirigir cada cierto tiempo una película fantástica mezclada con las aventuras en su sentido más tradicional.

De esta forma transcurrió la mayor parte de la ligera trayectoria del fantástico y el terror en España hasta los años ochenta. Ahora bien, existen muy loables excepciones entre las que justo es reconocer la aportación valiente y seria de un realizador televisivo como Narciso Ibañez Serrador, quien en los setenta dirigió La residencia, una producción inscrita en el terror psicológico con un ambiente claustrofóbico. Pero sobre todo ¿Quién puede matar a un niño? se convirtió por méritos propios en una impactante y aterradora película sobre un pueblo en el que sólo hay niños porque los infantes se han dedicado a asesinar cruelmente a todos los adultos del lugar.

La exigua cosecha de los ochenta

Entramos en una nueva década en la que el cine español batió records ahuyentando al público. Las subvenciones y los temas que no interesaban en absoluto al público español reinaron durante bastantes años. La factura técnica cuando menos austera y un lenguaje cinematográfico y narrativo completamente anquilosado hicieron aún si cabe más extraña la producción de este tipo en España.

Pero citemos algunos ejemplos. El primero es el intento de hacer cine fantástico cubriendo lo que se estimaba como la mayor deficiencia de estas películas: el presupuesto. En 1985, Fernando Colomo, director caracterizado por sus comedias "madrileñas" urbanas y de enredo, dispuso de bazas en principio fuertes para sacar adelante lo que podía ser un hito en el cine español moderno. Se trataba de una historia con el rimbombante título de El caballero del dragón, ambientada en España durante el medievo que contaba la llegada de un extraterrestre en su nave. Contó con el mayor presupuesto conocido jamás en una película española hasta la fecha, un protagonista muy popular como era el cantante Miguel Bosé.

El caballero del dragón

estaba llamada a ser un gran éxito y la demostración de que en España se podía hacer cine con efectos especiales de calidad y desprovista del halo de serie B (o Z) de casi todas sus predecesoras. Actores de peso nacional e internacional (Fernando Rey, Klaus Kinski, Harvey Keitel), la banda sonora del gran compositor José Nieto, millones invertidos en diseño de producción... todo esto no bastó para levantar la película. El elegido para manejar estos instrumentos no era el adecuado, le venía grande el proyecto.

Colomo ha demostrado a lo largo de toda su carrera, ser eficaz en su campo de la comedia semi costumbrista urbana, pero también muy limitado visual y narrativamente. No tiene inspiración para usar la paleta de cinematográfica puesta a su disposición: cámaras, luz, decorados... Además fue un error ambientar la historia en la Edad Media, pues esto restaría interés al público para ir a verla. La inversión no se recuperó y la película quedó en el pozo del olvido.

Mientras, Juan Piquer Simón seguía empeñado en hacer un "quiero y no puedo", es decir, realizar cine fantástico copiando de mala manera los patrones estéticos del cine norteamericano de este género. El resultado era el de películas frías, insulsas y aburridas y que siempre sabían a poco. Slugs, muerte viscosa (1988), es un buen ejemplo. Quizá por renegado, siguió incluyendo en el reparto actores desconocidos de nombres anglosajones, ¿por qué? Quizá para engañar al público y que pensara que no era una película española, pues en aquella época, entre la mayoría de los espectadores, casi estaba mal visto ver cine español.

Bigas Luna en 1987, se marchó a EE.UU. para rodar una película con producción española ¿por qué marchar allí a producir, si además los costes son mayores? De nuevo el miedo a hacer cine fantástico ambientado en España en ambientes verosímiles y cotidianos. Gran error que desde décadas antes, arrastraba este cine en España, por no tomarse en serio a si mismos, hacían todo lo posible por no ambientar sus historias y personajes en España. Justo lo contrario de los noventa, donde por fin se desterraron lastres soportados por tantos años.

El caso es que Luna rodó Angustia, cinta de factura técnica impecable, inquietante y con pasajes desagradables próximos al gore light. Era la historia de un cine en el que se proyecta una película de terror. El horror y la sangre de la pantalla saltan a la realidad causando estragos. Pero ya en 1980 Luna se atrevió en este espinoso terreno con Renacer, un guión interesante para una película sobre sectas y su poder que protagonizaban entre otros Dennis Hopper y Francisco Rabal.

En los ochenta hacer cine fantástico o de terror en España era ir contracorriente en dos vertientes: primero contra las corrientes de la agonizante industria española (que sobrevivía a base de subvenciones otorgadas según criterios arbitrarios muy discutibles) en la cual los mismos profesionales rechazaban de plano este que ni se planteaban abordar. En segundo lugar, el público tenía un prejuicio negativo con el cine español y si encima le ofertan una película fantástica, de ciencia-ficción o terror, pues incluso se iba a tomar a broma. Para ver historias de esta clase ya tenía un buen montón de películas norteamericanas con mucho más dinero, bien hechas formalmente y que gustaban.

Así recorremos estas dos décadas en las que la marginalidad es la nota dominante en estas películas. Una época de atomización total con pocas y dispersas películas producidas y la mayor parte de las veces en coproducción con otros países. Directores con pocas ideas y que bien por su incapacidad o por falta de medios no eran capaces de vestir de calidad las películas. Aunque, como hemos visto, excepciones muy honrosas las hay.

En la segunda parte de este estudio abarcaremos las prolífica y muy interesante década de los noventa en la que nos topamos por fin con valentía para que este cine se tome en serio a sí mismo, se haga bien y encima guste al público, o al menos no cause ridículo.

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