La Novela Fantástica (1937) La primera revista de ciencia ficción en lengua española

La novela fantasticapor Carlos Abraham

En el mes de mayo de 1937, los kioscos porteños exhibieron una pequeña revista de tapa a dos colores, titulada La Novela Fantástica. Ni más ni menos que la primera revista de ciencia ficción en español.

 

 

 

Uno de los episodios más fascinantes de la literatura argentina tuvo lugar en 1937. En el mes de mayo, los kioscos porteños exhibieron una pequeña revista de tapa a dos colores, titulada La Novela Fantástica. Compartía las bateas con los diarios Crítica y La Nación, y con las revistas Caras y Caretas y Billiken, quizá empequeñecida debido al gran formato y al prestigio de estas publicaciones. Apareció un solo número, que pasó sin pena ni gloria y fue prontamente olvidado. Sin embargo, algo la hace especial: el hecho de ser la primera revista de ciencia ficción en lengua española.

 

Hasta la presente investigación (publicada originalmente en 2007), era completamente desconocida. Se pensaba que la primera revista hispánica del género había sido la argentina Hombres del Futuro (1947), seguida al poco tiempo por la mexicana Los Cuentos Fantásticos (1948) y la española Futuro (1953). Ello revela tanto la rareza de la publicación como la inexistencia de un trabajo riguroso de búsqueda.

La revista

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Como he mencionado, el título era La Novela Fantástica. Puede parecer poco preciso, ya que no sólo contenía una novela corta sino varios cuentos; también, sus textos no pertenecían a la literatura fantástica sino a la ciencia ficción. Sin embargo, existen razones que lo justifican. En primer lugar, se trataba de una modalidad onomástica común en el período. El uso de las palabras La Novela, más algún adjetivo, era frecuente en la literatura de masas, especialmente en el caso de las colecciones de novelitas de kiosco. Cito algunos ejemplos nacionales: La Novela Semanal (1917), La Novela del Día (1918), La Novela de Hoy (1918), La Novela para Todos (1918), La Novela de la Juventud (1920), La Novela Nacional (1920), La Novela Argentina (1921), La Novela Universitaria (1921) y La Novela Porteña (1922). En segundo lugar, el empleo del adjetivo Fantástica para designar su contenido se debió a su brevedad y a la falta de una expresión más exacta y que fuese de manejo generalizado. El término ciencia ficción, derivado del anglosajón science fiction, sólo apareció en español en 1955, en la colección Ciencia-Ficción de la editorial Minotauro. Previamente se utilizaban designaciones más o menos variables, como fantasía científica, fantaciencia, literatura de anticipación o, como expondré más adelante, narrativa científico-fantástica.

Poseía un formato relativamente reducido, de 21 por 15 cm. Es decir, idéntico al empleado por colecciones contemporáneas como Bambalinas y La Escena, y próximo al posterior formato digest popularizado por la revista Reader´s Digest. Se extendía lo largo de 96 páginas, sin contar las tapas. Bajo el título La Novela Fantástica, figuraba el subtítulo Aventuras Maravillosas, en idéntica tipografía; fue evidentemente agregado para aclarar aún más a los lectores sobre la indole de la publicación. El primer número (como mencioné, el único aparecido) llevaba la fecha del jueves 20 de mayo de 1937. Se anunciaba que los siguientes verían la luz los terceros jueves de cada mes, al precio de 20 centavos tanto en Capital Federal como en el interior. El distribuidor para Capital Federal era Francisco Cavallo, con oficinas en José Mármol 959; no se especificaba el distribuidor para el interior.

No había mención de editor. Sin embargo, la contratapa mencionaba al impresor. Se trataba del Taller Gráfico de Luis Bernard, empresa que estuvo activa entre 1922 y 1942. Figuraban dos direcciones a modo de sedes administrativas. La primera era Billinghurst 623, que correspondía a la empresa de Bernard. Su figuración en ese rol se debía al hecho de que la revista, por su carácter modesto e independiente, carecía de sede propia. La segunda dirección era Mitre 2617, sede del diario El Comercio, del que hablaré más adelante.

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En la primera página, un recuadro enunciaba la orgullosa frase Primera Publicación Científico-Fantástica Mensual Argentina. Lo que prueba que su responsable era plenamente consciente de la revolución que tenía entre manos.

El director

Este responsable figuraba también en esa primera página, bajo el críptico nombre H. C. Zappalorti. Se trataba de Héctor César Zappalorti (1899-1961), un polifacético individuo que viajó extensamente, desempeñó variados oficios y tuvo una prolongada actividad literaria y artística. He conseguido reconstruir su biografía mediante una combinación de investigaciones personales y de entrevistas a su hija, Sofía Zappalorti de Rappa.

El padre de Héctor fue un inmigrante italiano llamado Ettore, que llegó a la Argentina a fines del siglo xix. Se dedicó al comercio, llegando a ser dueño de un corralón y de otros establecimientos menores, y tuvo cuatro hijos: Héctor, Dante, Enrique y Miguel Ángel. En 1918, debido a una acumulación de deudas y a la crisis económica en que se vio sumido el país a consecuencia del fin de la Primera Guerra Mundial (recuérdese que durante el conflicto fuimos un importante proveedor de alimentos), debió vender sus locales. Partió a Nueva York, en busca del sueño americano. A fines de ese año envió dinero para que se le unieran Héctor y Dante, quienes consiguieron empleo como obreros en una fábrica. Dante se estableció definitivamente en Estados Unidos; Héctor, movido por la nostalgia, volvió a Buenos Aires en 1921. Sin embargo, debido a instancias familiares, retornó a pasar otra larga estadía en el país de Lincoln entre 1924 y 1931. Su regreso definitivo se debió al empeoramiento de las condiciones de vida tras la crisis bursátil de 1929.

Esa segunda permanencia fue crucial en su asimilación de la ciencia ficción, ya que durante esos siete años se produjo en los Estados Unidos el florecimiento y la difusión masiva de las revistas pulp. La primera dedicada exclusivamente al terror fue Weird Tales, aparecida en 1923; en ella colaboraban Howard Phillips Lovecraft, Robert E. Howard, Clark Ashton Smith, Robert Bloch y Henry Kuttner. La primera revista dedicada a la ciencia ficción fue Amazing Stories, de 1926, que albergó a Murray Leinster, Otis Adelbert Kline, Garret P. Serviss, Abraham Merritt y, posteriormente, a los tempranos relatos de Ray Bradbury e Isaac Asimov. Ambas revistas fueron seguidas muy pronto por una legión de continuadoras, como Air Wonder Stories (1929), Science Wonder Stories (1929), Wonder Stories (1930), Astounding Stories (1930), Strange Tales (1931) y Miracle Science and Fantasy Stories (1931). El joven Héctor quedó fascinado al ver en los kioscos neoyorquinos esas coloridas y extravagantes tapas, que contenían relatos de un futuro tecnológico y aventurero. Coleccionó y leyó ávidamente estas revistas, en especial Amazing Stories y Wonder Stories. Al retornar a la Argentina en 1931, no sólo trajo consigo numerosos ejemplares, sino que decidió emprender el proyecto editorial de trasplantar esa modalidad literaria a su tierra natal.

Según su hija Sofía, se trató de un hombre que incluso en su edad avanzada mantuvo un gran interés en el futuro de la humanidad y en las temáticas propias de la ciencia ficción. Cito un fragmento de una entrevista:

     

Mi padre, desde que yo era muy chica (yo nací en 1932), me decía que el hombre iba a llegar a la Luna. También decía que se iba a dividir el átomo. Y eso se logró años después, con la bomba atómica. Solía leer una revista de astronomía, Saturno se llamaba, y también era muy admirador de Julio Verne. Era muy fantasioso, recuerdo haberlo visto leyendo un libro llamado El hombre y el mono, y otro titulado La reconquista de Mompracem. Era un hombre nocturno, se quedaba hasta muy tarde escribiendo a máquina, en una Remington, a veces hasta las tres de la mañana.
Tenía muchas revistas de fantasía en un baúl de cuero y madera que usó en sus viajes. Ahí guardaba las cosas que más le interesaban. No recuerdo cómo se llamaban las revistas. Estaban llenas de notas en los márgenes. Recuerdo una tapa con una especie de pulpo negro que salía de un lago. Todo lo que tenía el baúl se arruinó en una lluvia, porque lo habíamos puesto en un galpón después que papá falleció.[1]

En este interés por la temprana ciencia ficción hemerográfica intervinieron dos factores. En primer lugar, sus lecturas juveniles de Julio Verne, quien era uno de sus autores favoritos. No es casual que apreciara especialmente las tres novelas de aventuras espaciales del francés: De la Tierra a la Luna (1865), Alrededor de la Luna (1870) y Héctor Servadac (1877). En segundo lugar, su entusiasmo por el progreso científico y por su rol en el avance de la humanidad, lo cual lo ubicaba en la más clásica vertiente del positivismo decimonónico. Era un admirador de Domingo Faustino Sarmiento y de su labor como presidente, debido a los avances que había realizado, y en su biblioteca poseía muchas de sus obras. También apreciaba a los Estados Unidos debido a sus avances técnicos:

     

Mi padre solía hablar de sus tiempos en la fábrica, cuando vivía en Estados Unidos. Él venía de una familia de trabajadores y conocía del tema, pero lo impresionó ver lo avanzadas y tecnificadas que estaban las fábricas en ese país. Sintió que era como entrar a otro mundo. Como ver el futuro. Y eso que en ese tiempo todavía no había tanta automatización. Siempre mencionaba las cosas que había visto, los rascacielos, la cantidad de automóviles, la rapidez, lo organizado que era todo.[2]

Tras su regreso definitivo al país, ingresó a la Policía Federal Argentina. Al principio fue encargado de la sección de documentación, debido a su conocimiento del inglés y del italiano, y posteriormente llegó a ser oficial inspector, cargo en el que se desempeñó hasta poco tiempo antes de su fallecimiento.

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Paralelamente a esa profesión, realizó tareas más vinculadas al arte. Era aficionado a jazz y al tango, y en el diario El Comercio y en la revista Atlántida (a la cual arribó por ser amigo de su director, Constancio V. Vigil) publicó notas sobre música. En los años treinta y cuarenta tuvo un gran desempeño en el mundo radial, teatralizando tangos de Homero Manzi y de otros compositores para Radio Splendid y colaborando en programas de otras radios. De hecho, fue el primer libretista en realizar esa tarea para los radioteatros locales, inspirado en teatralizaciones de canciones populares que había escuchado en Estados Unidos; posteriormente, otros escritores siguieron sus pasos. También fue autor de numerosas letras de tango, entre las que destacaré Chamberguito criollo (música de Pascual Carabillo), Organito del suburbio (música de Juan Carlos Caviello), Hilachas de ilusión (música de Pascual Carabillo), Garabateando (música de Pascual Clausi) y Cielo de arrabal (música de Roberto Firpo). A fines de los años treinta dirigió la efímera revista Vida Argentina, dedicada al tango y al folklore. Su único libro fue el poemario Soñando[3], que en 1941 fue premiado con un diploma de honor en el Concurso Permanente del Libro Americano llevado a cabo en Cuba.

El detalle de haber sido director de Vida Argentina no es menor. La revista era publicada por Alfredo Angulo, editor especializado en literatura de masas, ya que poseía una colección dedicada a las novelas de Emilio Salgari y otra dedicada a narraciones y poesías gauchescas. Como el formato y la tipografía de Vida Argentina y de La Novela Fantástica son virtualmente idénticos, resulta probable que la maquetación de esta última haya sido realizada por Angulo. La falta de mención editorial sugiere que se trató de una edición costeada por Zappalorti.

En cuanto al impresor, ya he expuesto que fue el Taller Gráfico de Luis Bernard. El recorrido por la biografía de Zappalorti explica esa elección, ya que Luis Bernard fue el impresor de muchas obras de tema policial y militar (entre ellas, las pertenecientes a la famosa colección Biblioteca del Suboficial, financiada por el Círculo Militar). Es muy probable que el desempeño de Zappalorti en la sección de documentación de la Policía Federal haya sido el factor que lo puso en contacto con dicho taller.

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Los textos narrativos

La Novela Fantástica, debido a su reducida extensión, no contenía textos demasiado largos. Estaba compuesta por una novela corta y tres relatos, en su totalidad de autores estadounidenses.

El primer texto de la revista, y también el principal tanto por su extensión como por el hecho de figurar en la tapa, es la novela corta La cara en el abismo, de Abraham Merritt.[4] Narra el viaje de tres exploradores estadounidenses a las selvas del Perú, donde encuentran una extraña raza de seres provistos con una tecnología sumamente avanzada. Por ejemplo, poseen artefactos invisibles, y ejercen el control mental y la telepatía. Han decidido permanecer aislados de la humanidad, pese a que podrían dominarla fácilmente. Ocurren diversas peripecias, durante las cuales descubren que la región está poblada por dinosaurios. Dos de los viajeros mueren debido a su codicia por el oro del lugar; el tercero resiste la tentación. Los lugareños, usualmente estrictos con los visitantes, perdonan la vida al sobreviviente y le permiten regresar al mundo externo. Sin embargo, se ha enamorado de una de las mujeres de esa raza, y la obra concluye describiendo su regreso a las tierras ignotas en busca de su amor.

La primera edición de esta novela corta apareció con el título The face in the abyss el 8 de septiembre de 1923 en la revista estadounidense Argosy. Sin embargo, no fue esa la fuente donde abrevó Zappalorti, sino que utilizó una reimpresión del texto aparecida en la revista Amazing Stories Annual correspondiente al año 1927. Mis pruebas para esa afirmación son tres. En primer lugar, las ilustraciones que aparecen en La Novela Fantástica son las mismas del Amazing Stories Annual, realizadas por el célebre dibujante Frank R. Paul. En segundo lugar, se anunciaba para el tercer número de La Novela Fantástica la publicación de otro texto aparecido previamente en el Amazing Stories Annual: un relato de la extensa serie marciana de Edgar Rice Burroughs. En tercer lugar, la página 92 de la revista argentina incluye una reproducción de la pintoresca tapa de la revista estadounidense, la cual evidentemente debe haber impresionado a Zappalorti.

No me resisto a transcribir el apasionado texto de portada que presentaba la novela, escrito por el director:

     

El tesoro fantástico del desdichado inca ATAHUALPA. La muerta que desintegra al alma y a la materia. Horrorosas transformaciones… ¡VIDA INMORTAL!... Cuatro aventureros perdidos en una comarca misteriosa. Serpientes aladas. Un amor de sacrificio entre un mortal y una joven bella y eterna como el rodar del tiempo. Esto sintetiza LA CARA EN EL ABISMO.

El segundo relato es “El pequeño sobre el planeta Neptuno”, de Clare W. Harris[5] y Miles J. Breuer.[6] Relata el desarrollo de la comunicación entre terráqueos y neptunianos, y el primer viaje humano al octavo planeta. En la escena culminante, los viajeros salvan a un bebé neptuniano de las garras de un monstruo, lo que establece la paz entre ambos mundos. Titulado originalmente “A baby on Neptune”, había aparecido en el número 45 de Amazing Stories, correspondiente a diciembre de 1929. También gozó de un texto de presentación a cargo de Zappalorti:

     

Atrayente novelita interplanetaria, que describe un viaje al más lejano de los planetas de nuestro sistema solar: NEPTUNO, poblado por seres orgánicamente distintos a nosotros (gaseosos), viviendo y muriendo en una atmósfera letal para el poblador de la Tierra; pero en pie de condiciones como raza de capacidad cerebral.

El tercer relato (ya sin texto de presentación debido a la falta de espacio en la portada) es “La justicia que impuso el coloide”, de Harl Vincent.[7] Narra una cruenta guerra futura entre las naciones occidentales y las orientales; éstas últimas están capitaneadas por la Unión Soviética y China, lo que resultó acertadamente premonitorio. Ante el riesgo de extinción de la especie humana, un científico estadounidense crea en su laboratorio un organismo similar a una ameba que puede crecer hasta un tamaño gigantesco y devorar todo a su paso. Una vez colocado en la frontera, un ejército de estas amorfas criaturas (invulnerable ante toda arma) derrota a los orientales.[8] Titulado originalmente “The colloidal nemesis”, había aparecido en el mismo número de diciembre de 1929 de Amazing Stories.

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El cuarto y último relato es un clásico del horror, no de la ciencia ficción: “El caballo de fuego o Metzengerstein”, de Edgar Allan Poe. Ambientado en la Europa medieval, está protagonizado por un joven y perverso noble. Tras uno de sus crímenes, se le aparece un misterioso caballo que parece dotado con habilidades casi sobrenaturales. Se convierten en inseparables. Finalmente, durante un incendio en el palacio, el caballo conduce a su jinete hasta las llamas, como forma final de castigo.

Es el único texto de la revista no tomado de Amazing Stories. Existen numerosas ediciones de Poe, lo que en principio podría complicar el rastreo de la fuente. Sin embargo, he podido identificar con exactitud la edición que usó Zappalorti debido a dos razones: la particular forma binaria del título y las ilustraciones. La única traducción castellana de Poe que utilizó ese extenso título fue la realizada por Enrique Leopoldo de Verneuil para el volumen Historias extraordinarias, publicado en Barcelona en 1887 por el editor Daniel Cortezo. Se trata de una antología de lujoso formato, adornada con numerosos grabados de Fernando Xumetra. Tanto el texto como los grabados de esa edición catalana fueron reproducidos íntegramente en la revista argentina.

Los tres textos incluidos, pese a sus diferencias argumentales (y hasta de género, como en el caso del relato de Poe), tienen en común su carácter moralizador. La cara en el abismo plantea el problema de la codicia, y concluye con la virtud recompensada y la ambición castigada. “El pequeño sobre el planeta Neptuno” muestra como un acto de bondad desinteresada es premiado con la buena convivencia entre dos razas completamente distintas. “La justicia que impuso el coloide” presenta un castigo a las hordas bárbaras del Oriente, a las que se retrataba como guerreras e implacables. Por último, “El caballo de fuego o Metzengerstein” relata el castigo sobrenatural sufrido por un asesino inmune a la justicia terrestre. Asumiendo el riesgo de caer en una hermenéutica biografista, considero posible inferir que el oficio de Zappalorti influyó en el criterio de selección de los textos.

Un detalle extremadamente interesante es que en la página 6 de La Novela Fantástica hay un pequeño recuadro donde se anunciaban los contenidos del número siguiente, previsto para el jueves 17 de junio. Dado que no llegó a ser publicado, el recuadro permite al menos vislumbrar cómo hubiera sido. El primer texto prometido era “Piratas microscópicos” de Harl Vincent, que evidentemente era uno de los autores favoritos de Zappalorti. Titulado originalmente “Microcosmic buccaneers”, había aparecido en la revista Amazing Stories correspondiente a noviembre de 1929. Se mencionaba que estaría ilustrado por Leo Morey; ello quizá sea una errata, ya que en la fuente estadounidense el ilustrador era Wesso. El segundo relato era “Mernos, el planeta que gira entre la Tierra y Marte” de Henry James.[9] Titulado originalmente “Mernos”, había aparecido en la Amazing Stories de febrero de 1929. Figuraba como ilustrado por Frank R. Paul; en este caso, coincidía el ilustrador del original estadounidense con el de la revista argentina. El tercer y último relato era “El monstruo que caminaba bajo la lluvia” de Otis Adelbert Kline[10], con ilustraciones de Frank R. Paul. Titulado “The thing that walked in the rain”, había aparecido en el número de Amazing Stories correspondiente a marzo de 1931.

Otro recuadro, esta vez en la página 60, anunciaba para el tercer número la novela “El sagrado maestro del planeta Marte” de Edgar Rice Burroughs. Se trataba de una traducción un tanto libre del título de “The master mind of Mars”, aparecida en el Amazing Stories Annual de 1927. Era el único texto mencionado, quizá debido a su extensión. Transcribo su entusiasta presentación:

     

¡GRANDIOSO! Por el autor de “Las aventuras de Tarzán”, Edgard [sic] Rice Burroughs, dibujos de Paul. Su notable pluma nos presenta al “Sagrado maestro del planeta Marte”, utilizándolo de ayudante en sus terribles y maravillosas transformaciones marcianas, a un hombre de la Tierra, sólo espíritu, puesto que su cuerpo descansa frío y muerto en la madre Tierra. ¡Miércoles 14 de julio! - ¡Lo que usted esperaba!

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Es posible que esa novela, que presenta un viaje astral de la Tierra a Marte mediante el cual el protagonista puede interactuar y dialogar con los marcianos debido a que su espíritu ha experimentado una especie de materialización, haya interesado a Zappalorti debido a su curiosidad por el espiritismo y por las temáticas teosóficas tan de moda en su época. Según su hija:

Leía muchas cosas de espiritismo. Allan Kardec, por ejemplo. Solía ir a la Escuela Científica Basilio, a una sede que estaba en la calle Sáenz Peña. Le interesaba más que nada la cuestión de los médiums. Cómo un espíritu puede poseer un cuerpo y, así, comunicarse con los vivos. Pero no era un fanático, solamente tenía intriga. Recuerdo haberlo visto leyendo a Flammarion, que hablaba de esos temas. Mi padre era un hombre con muchas inquietudes.[11]

Si bien la revista sólo publicó (y anunció) textos estadounidenses, eso no significa que estuviera limitada a ellos. Zappalorti tenía el proyecto de incluir obras nacionales del género en los números futuros, para lo cual lanzó una convocatoria en un recuadro de la página 64. Hay tres razones para esto. En primer lugar (y por encima de todo), el deseo de crear un movimiento autóctono de ciencia ficción, al estilo del que había conocido en Estados Unidos. En segundo lugar, el hecho de que las revistas que había traído consigo terminarían por agotar su material. Ello hacía imperioso hallar nuevas fuentes para mantener el proyecto a largo plazo. En tercer lugar, la publicación de textos escritos originalmente en español evitaba la labor de traducción.

Lamentablemente, nunca sabremos si la convocatoria logró alguna respuesta. La transcribo debido a su interés:

     

A LOS ESCRITORES: La NOVELA FANTÁSTICA pone en su conocimiento que esta Dirección acepta y abona toda novela inédita, encuadrada al ambiente que explota esta Editorial. Por lo tanto a la espera de ella estamos.

El material complementario

La Novela Fantástica estaba dedicada casi por completo a la narrativa. No había sección de correo, por tratarse del primer número. No había artículos científicos, por la dificultoso de hallar algunos que tuvieran relevancia para la temática futurista de la revista (problema que se agudizaba por el hecho de que el director no tenía una formación científica). Tampoco había reseñas de cine o de libros, debido a la escasez de obras del género. Sin embargo, había algunas secciones dignas de mención, que serán el tema de este subcapítulo.

La revista se abría con un breve prólogo titulado “Dos palabras”. Carecía de firma, pero evidentemente fue redactado por Zappalorti. Debido a su interés y a lo productivo que resultará su análisis, lo transcribo de forma íntegra:

     

Al llegar a ti, lector, cualquiera sea tu condición, edad o sexo, deseamos que tu alma se impregne del saber de los libros, y te remontes a lo más alto de la espiritualidad, penetrando en las regiones excelsas donde las almas superiores viven en contacto con la eterna divinidad creadora.

Cuando pensamos que “las utopías de hoy son las realidades de mañana”, cuando vemos a Verne y otros tantos “alquimistas” del pensamiento, si no superados, al menos realizados; nos tornamos menos desconfiados y, paulatinamente, vamos desechando las fantasías, no por absurdas, sino por viejas…, porque las que estamos constantemente forjando al compás de las velocidades coetáneas son más portentosas, más refinadas; desconformes de sí mismas, en perenne superación.

El espíritu investigador del hombre se ha agudizado tanto que percibe en el más allá sociedades casi perfectas, y que, luego de recorridas cotidianas, vulgares y archiconocidas por todo el ámbito del mundo conocido y por conocer, auscultando en la vida de los planetas y demás mundos siderales, tiene ya casi decidida la colocación futura de los astros, del cielo, de la vida…

Todo esto, fantástico, apasionante a veces, entretenido siempre, irá pasando por las páginas de esta publicación, contemplando los aspectos más inverosímiles de las cosas, recreando a todos, y aportando, a ratos, conocimientos útiles.

Publicaremos, además, producciones en las cuales los hechos del pasado nos mostrarán las transformaciones inmanentes a la vida orgánica de los pueblos; civilizaciones milenarias hermoseadas por ingeniosas fantasías, que, sin ser esencialmente científicas, ilustrarán sobre algunos aspectos interesantes de otras épocas, y, en los jóvenes que las lean, despertarán, posiblemente, el espíritu investigador. La Historia novelada, que tal podría llamarse a este género de obras que incluimos en nuestro plan, lejos de ser un infundio confusionista, es un medio eficaz de introducir a la mentalidad popular en los estrados de la ciencia histórica.

En las cuatro obritas con que iniciamos nuestra labor periodístico-fantástica, logramos presentar reunido lo científico a lo quimérico, es decir la vida misma, en su complejo extraviante de realidad y misterio, en una forma movida y agradable.

Éste es nuestro propósito. Ofrecer al lector unas 100 páginas claramente impresas y prolijamente corregidas, de lectura amena y en parte instructiva.

Precediendo a cada novelita hemos insertado una síntesis de la misma, adelantando al lector una visión de conjunto de lo que en ella se trata, tendiente a prepararlo para las bellas emociones a que, siguiendo el vuelo de la fantasía de sus autores, lo remontará la trama originalísima de todas ellas.

Al final del cuadernillo hemos hecho lugar a un “Diccionario de la Novela Fantástica”, que, en verdad, es un vocabulario de los términos originales y propios de este género de obras y, también, de otras voces o citas más comunes, pero que pueden dar lugar a dudas.

Todas estas novelas compendian el esfuerzo de hombres eruditos, visionarios, que en nuestros días buscan, como los del pasado, como seguirán buscando quizá los del porvenir… el origen de la vida, el por qué, el para qué de este rodar nuestro, a veces tan incomprensible y desconcertante.

Al entregar al público lector este número inicial, creemos que, una vez salvadas las dificultades propias de todos los primeros pasos, llegaremos a brindarle una publicación digna de llenar un lugar, aunque modesto, en su predilección. Para ello contamos con su adhesión, que desde ya esperamos.

En primer lugar, es llamativa la afirmación de que la revista se dirigía a lectores de ambos sexos. En aquellos años, la mayor parte del público de la ciencia ficción (así como el de las publicaciones científicas) estaba formado por lectores de sexo masculino. Si bien es posible conjeturar que se trata de una muestra de amplitud mental por parte de Zappalorti, considero más probable que sea una huella del ámbito de circulación de La Novela Fantástica. Era vendida en los kioscos y tenía el mismo formato de las numerosas publicaciones sentimentales que he mencionado al principio del capítulo, como La Novela Semanal y La Novela del Día. Por ello, era previsible que buena parte de los compradores perteneciera al sexo femenino, y lo último que buscaría una revista en sus inicios era alejar esa lucrativa clientela.

En segundo lugar, la noción de que la ciencia ficción no es una literatura irreal o absurda sino anticipatoria, y que por lo tanto sus postulados, por extravagantes que parezcan, serán confirmados por el paso del tiempo. Se trata de una tradicional justificación del género, que data de los tiempos de Julio Verne. Resultaba especialmente necesaria al tratarse del primero número de una revista consagrada a un género inusual en nuestras tierras. Zappalorti la ilustra con su formulación más conocida, la frase “Las utopías de hoy son las realidades de mañana”, cuyo responsable fue Guillaume Tiberghien[12], pero que luego se convirtió en una expresión casi proverbial.

En tercer lugar, aparece una visión a la vez hedónica y utilitaria de la literatura en el postulado de que las obras publicadas recrearán a los lectores y, también, les aportarán conocimientos útiles. Se trata de un postulado inspirado en Verne y en Gernsback, para los cuales un objetivo esencial de las narraciones de ciencia ficción era “instruir deleitando”. La inclusión de enseñanzas científicas en las tramas hacía que su lectura fuera más provechosa que la de una común novela de aventuras, mientras que las peripecias apasionantes lograban que fueran más llevaderas que los textos científicos. En ese sentido, La Novela Fantástica compartía la preocupación pedagógica de las editoriales socialistas contemporáneas (como, por ejemplo, Claridad), que buscaban instruir a las clases populares; la diferencia residía en que la publicación de Zappalorti presentaba esa instrucción envuelta en un traje narrativo. Un colorido avatar de esta idea aparece en una autopromoción de la página 60:

     

LECTOR: Recuerde que LA NOVELA FANTÁSTICA, por sólo 20 centavos, le brinda el más completo volumen de estudio y comprensión del espacio en sus misteriosos PLANETAS, ASTROS, ASTEROIDES y NEBULOSAS, abrazando tenazmente una fantasía que será realidad al correr de los días.

En cuarto lugar, se insinúa la intención de publicar obras sobre “hechos del pasado”, lo que puede sonar como una suerte de conexión a lo arcaico que haría pendant, simétricamente, con la conexión al futuro. Sin embargo, considero que Zappalorti no tenía en mente la tradicional novela histórica (al estilo del ¿Quo Vadis? de Henryk Sienkiewicz), sino producciones que circulaban en el ámbito de la ciencia ficción contemporánea. Más específicamente, ciertas lost race novels que aparecían en Amazing Stories y que carecían de elementos científicos propiamente dichos, ya que consistían en visitas a civilizaciones congeladas en el tiempo, y que habían medrado en lo profundo de las selvas amazónicas o en las cumbres del Himalaya. Por ejemplo, en uno de los números de la revista que con certeza leyó, el de diciembre de 1929, aparecía precisamente uno de estos textos, la novela Secret kingdom de Allen Sides Kline y Otis Adelbert Kline.

En quinto lugar, aparece la ingeniosa idea de que la ciencia ficción puede ser considerada como el género más realista de la literatura, ya que su mezcla de ciencia y fantasía se asemeja a la vida en sí, en la cual están mezcladas la realidad objetiva y la subjetiva imaginación.

En sexto y último lugar, figuraba la conciencia de que La Novela Fantástica era una publicación pionera y de que, por lo tanto, los primeros pasos serían difíciles. La extrema novedad de los contenidos de la revista podía resultar incomprensible y desconcertante para los lectores no acostumbrados a ese tipo de literatura. Las historias ambientadas en el futuro o en lejanos planetas erna algo para lo que un consumidor de textos costumbristas o gauchescos estaba muy poco preparado. Lamentablemente, en este caso la anticipación resultó profética y la revista terminó cerrando sus puertas por falta de ventas.

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Otro elemento extranarrativo de La Novela Fantástica estaba constituido por las repetidas alusiones a Domingo Faustino Sarmiento. A continuación del prólogo, una página entera estaba dedicada a reproducir un fragmento de uno de sus discursos.[13] Y, en una de las numerosas publicidades que albergaba la revista, aparecía un gran dibujo del Buenos Aires futuro, sobre cuyo horizonte cargado de fábricas se erguía la efigie del sanjuanino, aureolada de zeppelines y aeroplanos. Ahora bien: ¿cuál era el objetivo de abundar tanto sobre el sucesor de Mitre en una revista consagrada a la ciencia ficción? Pues, simplemente, que en aquella época la figura de Sarmiento tenía un peso muy fuerte en el imaginario popular: era un símbolo del progreso, de la civilización, de la lucha por la cultura y el avance constante (recuérdese que anteriormente mencioné que Zappalorti era un devoto lector de Sarmiento). Por lo tanto, resultaba un símbolo adecuado para una publicación orientada hacia el futuro.

La publicación se completaba con dos elementos que permiten comprender cabalmente el mundo de su creador, así como sus intenciones. Se trata de las publicidades y del diccionario.

Las publicidades eran numerosas, y en su mayor parte estaban relacionadas con el ambiente radiofónico. Ello resulta lógico, considerando que Zappalorti era un asiduo del mismo. Figuraban anuncios de antiguos programas de Radio Porteña, como Marilyn y Porteñismo; de un curso de reparador de radio que no requería título secundario, y de una empresa de electrodomésticos especializada en radiofonía. La única excepción era una publicidad de máquinas de escribir. Algo que empleaba todas las noches para su labor literaria. Todas estas publicidades eran un reflejo lacónico del mundo del director, un retrato en pequeño del variado ámbito de sus intereses y pasiones.

Las dos páginas finales estaban ocupadas por un curioso glosario, titulado “Diccionario de La Novela Fantástica”, donde se elucidaba el significado de algunos términos científicos aparecidos en los relatos, como átomo, electrón, nitrógeno, Urano, coloide, protoplasma y dinosaurio. Era una consecuencia de dos de las premisas del prólogo: el énfasis en la intencionalidad didáctica y el temor a que los lectores se sintieran desconcertados ante textos que abundaban en situaciones insólitas y alejadas de su experiencia cotidiana. El uso de un glosario ayudaría, al menos, a mitigar su desconcierto ante ciertos términos de uso poco frecuente.

El contexto socioliterario

Un punto esencial en todo análisis literario es la consideración del contexto social y literario en que se produce un texto. Ello es especialmente significativo en el caso de la literatura de masas, donde las obras no eran redactadas con fines de expresión estética o siquiera con propósitos de transmisión de ideas, sino que su objetivo era la venta. Las obras no eran fruto de un autónomo impulso creativo del autor, sino que solían ser escritas por encargo, en base a los parámetros fijados por la editorial. Parámetros, de nuevo, no originados en razones estéticas sino comerciales. Por ejemplo, las novelas debían tener una extensión fija para encajar con las dimensiones estándar de una colección, o (en la narrativa policial) debía haber un mínimo de dos asesinatos, o había prohibición de toda referencia sexual o política.

La Novela Fantástica difundía un género perteneciente a la literatura de masas. Por lo tanto, no podía aspirar a figurar en el circuito promocional de la “alta literatura”: reseñas en periódicos y revistas literarias, presentaciones formales en salas públicas, entrevistas en medios gráficos, distribución en librerías, acceso privilegiado a las vidrieras de dichas librerías, participación en certámenes, etcétera. Su circuito era otro: la venta en los escaparates de los kioscos (en los cuales debía competir por la atención de los paseantes con revistas de mayor tamaño y de tapa más atractiva), la obligación de retirar los ejemplares no vendidos al concluir el mes (en vez de mantenerlos por tiempo indefinido, como en las librerías), el anonimato de la falta de reseñas y de presentaciones, y otro largo etcétera.

La revista tenía un target determinado implícitamente (también podría decirse inexorablemente) por su formato físico y por su metodología de distribución. Era el mismo de sus hermanas La Novela Semanal y La Novela de Hoy: la población trabajadora y/o estudiante que salía o volvía de sus hogares, en un trayecto en tren, colectivo o tranvía que podía durar una hora, y que (en un tiempo sin celulares) necesitaba una distracción durante el tedioso viaje. Ese grupo constituía la mayor parte del lectorado de literatura de masas, y sus requisitos modelaban rasgos como la brevedad de los textos y el tamaño manejable de las publicaciones, que a menudo debían ser sostenidas con una única mano mientras la otra se empleaba para el maletín o la cartera. No es casual que una gran editorial del ramo, Acme Agency, hubiera instalado un kiosco propio en la estación Retiro y otro en la estación Constitución. Un segundo grupo, de menor relevancia comercial, estaba formado por los lectores que los sábados compraban un libro o revista para leer el domingo en el hogar. Dado que La Novela Fantástica aparecía los jueves, es evidente que apuntaba al primero.

Ahora bien, toda publicación de literatura de masas debe tener presente el horizonte cultural de sus lectores, ya que determina las expectativas de satisfacción y los umbrales de tolerancia de éstos. Es decir, sus intereses en cuanto a entretenimiento, y los puntos en que el entretenimiento cesa y se convierte en esfuerzo, en incomprensión o en aburrimiento (o en las tres cosas a la vez). Las novelitas de kiosco exitosas tenían fórmulas bien estudiadas, que repetían una y otra vez a fin de contentar a su público: finales invariablemente felices, personajes angélicamente buenos o diabólicamente malvados, un estilo sencillo y abundante en diálogos, tramas estereotipadas, ausencia de términos ininteligibles, etcétera. La Novela Fantástica no encajaba en este probado esquema. Los textos no abundan en finales felices (por ejemplo, en La cara en el abismo el protagonista no consigue el amor de “la chica” y debe abandonar para siempre la comarca); los personajes suelen carecer de una polaridad definida (en “El pequeño sobre el planeta Neptuno” no hay malvados; en La cara en el abismo abundan los grises: ningún personaje es enteramente defendible o condenable en el plano moral); el estilo, sin ser complejo, no era tan sencillo como el de las publicaciones sentimentales; las tramas eran insólitas y novedosas, y abundaban los tecnicismos y las referencias a temas científicos. No es sorprendente que la revista sólo haya alcanzado el primer número.

Ni siquiera coincidía en el plano genérico con sus colegas exitosas. Las dos grandes vertientes del público estaban constituidas por el lectorado femenino, que consumía textos sentimentales, y por el masculino, que consumía textos humorísticos, policiales o de aventuras. La ciencia ficción, por aquel entonces, era un nicho demasiado estrecho como para sostener la existencia de una publicación periódica.[14]

¿Cómo logró La Novela Fantástica ver la luz, siendo que contradecía todas las fórmulas establecidas de éxito? Debido a no haber sido planificada en el seno de una editorial, lo cual (en ese período) hubiera llevado a su inmediato rechazo, sino en un emprendimiento independiente, no sujeto a una evaluación comercial objetiva. Es decir, se trató más del fruto de un interés personal que de un negocio.[15]

La huella de Amazing Stories

Como he expuesto, la mayor parte de los textos de La Novela Fantástica (tanto los publicados como los anunciados) provenía de la revista Amazing Stories; la única excepción fue el solitario cuento de Poe. La dependencia es tan extrema que incluso es posible considerarla como una suerte de versión local de la pionera revista de Hugo Gernsback. Esto no sólo ocurrió a nivel de los textos, sino también en ciertos detalles formales.

Una primera huella está constituida por la frase de portada que rezaba Primera Publicación Científico-Fantástica Mensual Argentina. Una declaración perfectamente autoconsciente de su carácter iniciático, que evidencia que Zappalorti había constatado la ausencia en nuestro país de una publicación especializada en la ciencia ficción, y por lo tanto venía a llenar esa laguna. Se trata de un concepto muy similar al expuesto en los primeros editoriales de Amazing Stories (especialmente “A new sort of magazine”, correspondiente al primer número de abril de 1926), que declaraban enfáticamente la circunstancia de ser la primera revista consagrada por completo al género.

Una segunda huella es la presencia de un prólogo. Por aquel entonces, ninguna revista argentina de literatura de masas contaba con una sección similar, sino que se limitaban a publicar los relatos directamente tras el índice (y, en ocasiones, sin siquiera un índice). Amazing Stories se había destacado entre las revistas pulp de los años veinte por incluir editoriales al principio de cada número, con el objetivo de presentar a la revista, definir el género, polemizar con otras publicaciones, meditar sobre los vínculos entre fantasía y ciencia, destacar ciertos autores, etcétera. La inclusión de “Dos palabras” en la revista de Zappalorti revelaba la observación atenta de ese modelo.

La tercera es la presencia de un relato de Poe. Su inclusión, que puede parecer extemporánea, se debió al hecho de que Amazing Stories solía publicarlo con frecuencia por considerarlo un precursor de la ciencia ficción. Por ejemplo, en el primer número de la revista estadounidense figuraba “The facts in the case of M. Valdemar”; en el segundo, “Mesmeric revelation”; en el cuarto, “The sphinx”; en el decimotercero, “The ballon hoax”; en el decimosexto, “Von Kempelen and his discovery”.

La cuarta es la convocatoria a los autores locales. Era un rasgo que no figuraba en las revistas argentinas del período, como Fantomas (1925), Tipperary (1928), Aventuras (1929), Magazine Azul (1933) o Rojinegro (1938), debido a que abrevaban abundantemente de publicaciones estadounidenses bien establecidas. En cambio, era común que los números tempranos de Amazing Stories incluyeran avisos que solicitaban a los lectores el envío de textos, ya que aún no existía un circuito firme de escritores especializados en la ciencia ficción y a largo plazo resultaba inviable la publicación continua de clásicos tan difundidos como Verne, Wells y Poe. Zappalorti, enfrentado a la misma situación, empleó el mismo recurso.

La quinta es la puntillosa mención textual de los ilustradores de cada cuento. De nuevo, era un rasgo insólito en las revistas argentinas de literatura de masas de aquella época. También de nuevo, provenía de Amazing Stories, que al principio de todas las narraciones incluía invariablemente el nombre del ilustrador junto al del autor.

La sexta es la mención detallada de los contenidos de los números futuros. He examinado todas las revistas pulp argentinas de los años treinta, y en ninguna figuraba este rasgo. Era constante, en cambio, en Amazing Stories, que al ser una publicación reciente y de un género poco usual tenía que “enganchar” al público con la promoción del material venidero.

La séptima es el resumen preliminar de los textos. Como mencioné, en la portada había breves textos que presentaban a La cara en el abismo y a “El pequeño sobre el planeta Neptuno”. En el interior de la revista, cada narración estaba precedido por un miniprólogo que condensaba el contenido (por supuesto, sin revelar el final). Era algo necesario para que el lector inexperto entendiera mejor las historias y no terminase desconcertado ante la novedad de sus tramas. El rasgo también figuraba en Amazing Stories, que contenía presentaciones de las obras tanto en el índice como al principio de cada una.

La octava y última es de carácter tipográfico. Los anuncios internos de La Novela Fantástica (como los contenidos de los números futuros o la convocatoria a los autores nacionales) figuraban dentro de recuadros, mientras que en otras revistas locales aparecían sin ese recurso de separación, limitándose a un tamaño más pequeño de letra. Se trataba de otra influencia de Amazing Stories, que siempre presentaba sus anuncios internos dentro de prolijos recuadros.

El elemento artístico

En su mayor parte, las ilustraciones de La Novela Fantástica eran las mismas que aparecían en las revistas estadounidenses de donde fueron tomados los textos. Por ejemplo, “El pequeño sobre el planeta Neptuno” tiene los dibujos de Hans W. Wesso[16] que habían acompañado al texto en su edición original en la revista Amazing Stories. “La cara en el abismo” posee las ilustraciones que Frank Paul[17] realizó para el Amazing Stories Annual, y lo mismo ocurre con “La justicia que impuso el coloide” provisto con imágenes realizadas por Leo Morey.[18] En cuanto a la tapa, provenía de una ilustración interna de The face in the Abyss, realizada por Frank R. Paul para el Amazing Stories Annual de 1927. La única diferencia era que el original estaba realizado en blanco y negro, y en la revista argentina se le agregó una modesta coloración en rojo y azul, a fin de volver más vistosa la tapa.

En la segunda página, figuraba un frontispicio que mostraba a una mujer vestida con gasas y rodeada de planetas, bajo el cual figuraban las palabras “Aventuras maravillosas”; se trataba de una ilustración fija de las portadas de Wonder Stories, otra publicación de Gernsback.[19] Su autor era, de nuevo, Frank R. Paul. Sin embargo, en la revista argentina, figuraban al pie del dibujo las iniciales H. C. Z. ¿Un intento de Zappalorti de atribuirse el mérito, o simplemente un descuido?

A lo largo de la revista había diversas ilustraciones menores, tomadas de una multitud de fuentes. He logrado identificar dos. La primera, que figura en la tapa y en una página interna, mostraba a un hombre enfrentando una criatura extraterrestre de forma serpentina. Se trata de una imagen proveniente de la historieta “Flash Gordon” de Alex Raymond, que había sido publicada a partir de 1935 bajo el título “Las hazañas del hombre relámpago” por Crítica Aventuras, un suplemento semanal a colores del diario Crítica. La segunda, que figura en una página interna, muestra a un hombre volando sobre la espalda de un ganso. Se trata de un grabado proveniente de El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia[20] de Selma Lagerlöf.

El único dibujo realizado por un artista argentino no correspondía a un relato sino a una publicidad. Figuraba en un aviso del Ateneo Técnico y Comercial, donde aparecía el ya mencionado retrato de Sarmiento rodeado de aviones y dirigibles. Fue realizado por Ángel Bonelli, un ilustrador muy activo en el período, responsable de las tapas de numerosas novelas de Emilio Salgari publicadas por el editor Alfredo Angulo.

Conclusión

La Novela Fantástica fue un extraño y único producto cultural. Fue un intento de trasplantar a nuestro país algo que fascinó a un muchacho argentino en su viaje más extenso e iniciático: la ciencia ficción, un género literario que descubrió en los abigarrados kioscos neoyorquinos de los años veinte. Quizá la aventura y la extrañeza que aparecían en esas revistas reflejaban, para ese jovencito, la aventura y la extrañeza que sintió al llegar en un cosmopolita barco de pasajeros a la principal ciudad de Estados Unidos, al deambular por sus ajetreadas avenidas, bajo la sombra de los recientes edificios Chrysler y Empire State, donde tal vez cruzó sus pasos con un autor de cuentos de horror llamado Lovecraft, quien por aquel entonces residía en la ciudad que no duerme junto a su esposa Sonia Green.

Este arriesgado intento de innovación literaria no tuvo éxito. Sin embargo, fue la punta de lanza de un género que en décadas posteriores conocería una gran difusión en nuestro país. Por ello, y por sus intrínsecos méritos literarios, considero que es importante recordarla. Y, también, por ser lo único que perdura de los sueños de un hombre de un ya lejano ayer.

 


[1] Entrevista realizada por Carlos Abraham, en Berazategui, el 11 de febrero de 2008. La tapa a la que Sofía Zappalorti se refiere es la de Amazing Stories de diciembre de 1929.

[2] Entrevista realizada por Carlos Abraham, en Berazategui, el 11 de febrero de 2008.

[3] Buenos Aires: Edición del autor, 1940.

[4] Abraham Merritt (1884-1943) fue un escritor estadounidense que desarrolló una prolífica obra en los campos de la literatura fantástica y de la ciencia ficción, siendo publicado principalmente en revistas pulp. Sus principales trabajos son The moon pool (1919), The ship of Ishtar (1924) y Burn, witch, burn! (1932).

[5] Clare Winger Harris (1891-1968) fue una escritora estadounidense que en los años veinte publicó una decena de relatos en revistas de ciencia ficción como Amazing Stories, Weird Tales, Amazing Stories Quarterly y Science Wonder Quarterly. Eso establece otra primacía para La Novela Fantástica: no sólo fue la primera revista de ciencia ficción en lengua española, sino también la primera en publicar a un autor de género femenino.

[6] Miles John Breuer (1889-1947) fue un médico estadounidense que escribió profusamente en revistas como Amazing Stories y Argosy. Es recordado principalmente por sus colaboraciones con Jack Williamson.

[7] Harl Vincent fue el seudónimo del estadounidense Harold Vincent Schoepflin (1893-1968), autor de numerosos relatos de ciencia ficción aparecidos en los años veinte y treinta en revistas como Amazing Stories y Air Wonder Stories.

[8] El relato no explica cómo esas criaturas acéfalas pudieron ser orientadas para atacar exclusivamente a los orientales, en vez de agredirse mutuamente o de destruir a sus creadores. Tampoco explica cómo pudieron ser detenidas tras la victoria, dado que eran invulnerables ante toda arma.

[9] Seudónimo de L. C. Kellenberger, autor sobre el que no existen otros datos.

[10] Otis Adelbert Kline (1891-1946) fue un novelista y agente literario estadounidense. Durante los años veinte escribió numerosas novelas de ciencia ficción ambientadas en Venus, así como relatos de horror y de aventuras selváticas. Gran parte de su obra apareció en las revistas Argosy y Weird Tales.

[11] Entrevista realizada por Carlos Abraham, en Berazategui, el 27 de mayo de 2008.

[12] Estudios sobre religión, pág. 47. Madrid: Imprenta de Manuel G. Hernández, 1873. Traducción de José Calderón Llanes.

[13] Se trata del célebre “Discurso pronunciado por el Presidente de la República D. Domingo F. Sarmiento, en honor de la bandera nacional, al inaugurar la estatua del general Belgrano”, pronunciado el 24 de septiembre de 1873.

[14] No debe olvidarse tampoco que la ciencia ficción, incluso en Estados Unidos, no fue un género demasiado popular durante los años veinte, treinta y cuarenta. Por supuesto, había varias revistas del género y sus tiradas eran aceptables, pero no se comparaban a las asombrosas cifras de las revistas sentimentales, policiales y de vaqueros.

[15] Debe tenerse en cuenta que Zappalorti, hacia 1937, aún era un hombre con poca experiencia en el mercado literario, y posiblemente no estaba familiarizado con las estrategias de las grandes editoriales de literatura masiva.

[16] Hans W. Wesso fue el semiseudónimo de Hans Waldeman Wessolowski (1894-1961), artista alemán emigrado a Estados Unidos en 1914. Trabajó en numerosas revistas de ciencia ficción, entre las que destacan Amazing Stories, Astounding Stories y Strange Tales.

[17] Frank Rudolph Paul (1884-1963) fue un ilustrador austríaco que también emigró al nuevo continente; tuvo una larga trayectoria tanto en revistas pulp como en comics. Fue el principal ilustrador de las primeras Amazing Stories.

[18] Leo Morey se llamaba en realidad Leopoldo Peña Morey (1899-1965), y fue un dibujante peruano que, como los anteriores, se radicó en Estados Unidos; participó en pulps como Amazing Stories y en revistas de historietas como Startling Comics y Thrilling Comics. Durante los años veinte vivió en Buenos Aires, donde ilustró algunas tapas de la colección Biblioteca de Crítica.

[19] De hecho, Aventuras maravillosas es una traducción casi directa de Wonder Stories.

[20] Barcelona: Editorial Cervantes, 1926.

 

Nota de QuintaDimension.com: Las imagenes que ilustran este artículo fueron tomadas de AHIRA Archivo histórico de revistas argentinas. Alli mismo se puede acceder a una copia escaneada de LA NOVELA FANTASTICA.

La novela fantastica

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